21 de enero de 2017 - 00:00

Cuando el silencio es elocuente

El título parece un contrasentido: el ‘silencio’ queda definido, en sus dos primeras acepciones, como “abstención de hablar” y como “falta de ruido”; nos da la idea de ausencia y del resultado de quedarse callado. En cambio, el adjetivo ‘elocuente’ queda vinculado al sustantivo ‘elocuencia’, que equivale a la facultad de hablar o escribir de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir; también, a la eficacia para persuadir o conmover que poseen las palabras, los gestos, los ademanes y cualquier otra acción o cosa que dan a entender algo con viveza. ¿Por qué unir, entonces, dos conceptos que aparecen, por definición, como contradictorios?

Sencillamente, un aspecto es el significado frío que figura en los diccionarios, pero otro es el valor significativo que toma el sustantivo ‘silencio’, cuando en los hechos manifiesta por sí mismo una emoción o una conducta que lo transforman en elocuente. Veámoslo en algunos ejemplos:

El silencio puede ser equivalente a prudencia, cuando el que lo guarda no arriesga una opinión, sino que calla para no comprometerse, para no quedar mal, para no recibir críticas. Si bien puede aceptarse ese silencio esporádicamente, ante una situación determinada, es censurable cuando se transforma en una actitud corriente e indica cobardía, falta de sinceridad y de compromiso. En estos casos, el silencio nos habla de tibieza y de comodidad.

El silencio puede indicar complicidad o, dicho de otro modo, el cómodo "callar es consentir". Hay quienes guardan silencio por obsecuencia, para no mostrar disenso respecto de la autoridad, aunque en el interior de sí mismos piensen diferente. Denunciar implica salir del apoltronamiento y marcar lo que es incorrecto, lo que es ilícito, lo que debe dejar de funcionar equivocadamente. Vienen a mi memoria los versos de la canción "Honrar la vida", de Eladia Blázquez: "Merecer la vida no es callar y consentir tantas injusticias repetidas… Es una virtud, es dignidad y es la actitud de identidad más definida. "El silencio es salud" reza un viejo eslogan que se repite en muchos sitios; pero, ¿es salud? Lo será cuando se logre el justo medio, el equilibrio: debe balancearse con la palabra medida, nunca violenta, de modo de hacer realidad aquello de "ser el amo de tus silencios y no el esclavo de tus palabras".

Guardar silencio puede señalar obediencia, pero también miedo al autoritarismo. La obediencia no debe ser ciega, sino aceptada, consensuada, acatada ante la verdadera autoridad. Recuperemos la etimología de 'autoridad': proviene de 'auctoritas' y, a su vez, del verbo latino 'augere', que significaba "crecer". Por eso, guardamos silencio cuando respetamos la autoridad moral, científica, política del que está ante nosotros, porque su persona nos ayuda a crecer o porque es un ejemplo para imitar. Pero no debe confundirse con el autoritarismo, que es el que consigue el silencio por temor y que no permite voces de disenso o ideas contrarias; allí el silencio indica que nos han acallado, que nuestra palabra está anulada.

El silencio puede señalar hostilidad y rabia contenidas, algo así como el volcán inactivo aparentemente que, de golpe, puede entrar en erupción y causar daño.

El silencio puede ser sinónimo, a veces, de sufrimiento; otras, de falta de actividad y de omisión voluntaria o involuntaria de palabras, de pasividad y represión de emociones y pasiones, de resignación e impotencia, de vergüenza y tristeza.

Pero, también, el silencio forma parte del ocio creativo: señala, entonces, la pausa necesaria para la reflexión, para el estudio, para la investigación, para la introspección, para el amor, para la entrega…

Quedémonos con los aspectos positivos del elocuente silencio; llevémoslo a los instantes de nuestras vidas en que seamos mejores con él y después de él. Administremos sabiamente nuestros silencios, como debemos hacerlo con las palabras. Convirtamos en realidad aquellos versos de Octavio Paz:

“Así como del fondo de la música/ brota una nota/ que mientras vibra crece y se adelgaza/ hasta que en otra música enmudece/, brota del fondo del silencio/ otro silencio, aguda torre, espada/, y sube y crece y nos suspende/ y mientras sube caen/ recuerdos, esperanzas/, las pequeñas mentiras y las grandes/, y queremos gritar y en la garganta/ se desvanece el grito:/ desembocamos al silencio/ en donde los silencios enmudecen”.

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