18 de octubre de 2012 - 10:56

Cómo evitar la agresión de perros y gatos

Para prevenir los efectos indeseables de una conducta violenta, en tu gato o perro, lo imprescindible es educar en torno a la ‘tenencia responsable’ de un animal de compañía. Qué es la agresión y cómo se manifiesta.

La conducta agresiva de un animal de compañía es siempre indeseable, y además de generar heridas y las otras consecuencias lamentables, tiene efectos quebrantadores en el vínculo humano-animal.

Un animal agresivo es una amenaza física para los dueños, la familia, el vecindario y otros animales (entorno social); y también para el ambiente (entorno físico). La agresión es incompatible con los objetivos para los cuales lo adoptaron: los sorprende, y a veces eso lleva a que nieguen el problema y justifiquen las reacciones del animal.

La situación entonces empieza a ocasionar dificultades en las relaciones humanas, familiares y/o sociales, y empiezan a excluir de su vida a las demás personas por temor a los “accidentes”. Le pierden la confianza al animal, y se sienten culpables y/o defraudados de cómo actúa su perro o su gato: “Lo criamos, lo atendimos, le dimos todo: comida, caricias, paseos, juguetes. No hicimos nada para que respondiera de esta manera”. Perciben una falta de reconocimiento por parte del animal, ante todo lo que han hecho por él.

Entonces la situación incrementa los problemas y angustias personales, en vez de disminuirlos como generalmente ocurre con la interacción y/o convivencia con animales con un buen comportamiento. Empiezan a perder el control del animal, que supera el límite de lo tolerable para ellos; llegando a tener que tomar la decisión de apartarlo del núcleo familiar.

Qué es la agresión y cómo se manifiesta

Dejemos en claro que agresión es toda conducta amenazante o peligrosa que lleva hacia el daño o destrucción de alguna entidad que le sirve de blanco. Y hay ciertas conductas con rasgos de agresividad que resultan normales para el comportamiento de la especie.

En los felinos y caninos la agresión es parte constitutiva de su repertorio de comportamiento normal, pero como resulta inadecuada para la convivencia con el hombre, y con otros animales en el entorno doméstico, esas reacciones se han atenuado significativamente a lo largo del proceso de domesticación.

Sin embargo no se encuentran erradicadas, y pueden presentarse cuando el animal se encuentra en un determinado contexto, y frente a un estímulo que la desencadene. La agresión es el resultado de la interacción de componentes innatos que predisponen (estímulos disparadores, patrones de acción) y componentes adquiridos que determinan (habituación, condicionamientos, procesos cognitivos) la expresión de esa conducta.

Tipos de agresiones

Hay distintos tipos de agresiones en función del estímulo disparador, el contexto de presentación, el objetivo y los actos que lo componen.

Por lo tanto, y al igual de lo que sucede con otros problemas de conducta, es el producto de causas multifactoriales; que también incluyen patologías físicas, y mucho más frecuentemente, patologías de comportamiento; que derivan de alteraciones primarias de los mecanismos de adaptación del animal, y que se manifiestan con reacciones agresivas injustificadas y explosivas como signo de enfermedad.

El problema en el animal que muerde no comienza allí, sino desde el momento en que gruñe, muestra los dientes o manifiesta una postura amenazante. Incluso cuando manifiesta una postura miedosa puede terminar desarrollando una conducta agresiva, como producto de ese miedo.

De esto queda claro que la raza no es de por sí el único factor que determina conductas agresivas en el animal. Es decir, que no existen razas peligrosas sino individuos peligrosos.

Las razas sólo nos indican perfiles de conducta, dados por características comparativas, que presentan la mayoría de los individuos adultos de ese grupo; en relación con los aspectos morfológicos, fisiológicos y comportamentales, como la reactividad, la excitabilidad y la capacidad de entrenamiento, etc.

En cada caso, estas peculiaridades encontrarán mayor o menor posibilidad de desarrollo, según el tipo de influencia ambiental que reciba ese individuo desde aún antes del nacimiento. Por ejemplo: un animal que presenta un gran tamaño y una gran fortaleza, si tiende a manifestarse muy activamente e intenta imponerse durante las interacciones, necesita que su dueño preste mayor atención, esté mejor preparado para comunicar adecuadamente, ponerle límites a su conducta y establecer reglas claras de convivencia; desde cachorro.

Frente a la misma situación, pero en el caso de un perro de pequeño tamaño, si bien para el dueño la talla del animal no es un obstáculo, si no actúa de manera adecuada, también se puede volver agresivo. Según las estadísticas, las razas que presentan mayores casos de agresividad son medianas y pequeñas. Por supuesto que las consecuencias de la agresión, por parte de un perro de gran tamaño, son mucho más graves o fatales, y son los únicos que ocupan las primeras planas de los medios de comunicación. Quiero dejar en claro que la agresión presentada por un canino mediano o pequeño, o por un felino, también deben ser seriamente consideradas.

La agresión animal: tema de salud pública

Las mordeduras son un problema de salud pública, ya que producen lesiones físicas y psicológicas en el mordido, lucro cesante y numerosos gastos para los afectados y para la economía sanitaria.

Uno de los elementos centrales para modificar esta situación es el establecimiento de políticas sanitarias que apunten a concientizar a la población sobre lo que implica una tenencia responsable, con un trabajo conjunto entre los organismos pertinentes y los profesionales veterinarios.

Desde ésta perspectiva existen centros de zoonosis en los que, hace ya un largo tiempo, se han comenzado a tener en cuenta los mecanismos responsables de la agresión en los carnívoros domésticos.

El concepto de una tenencia responsable apunta a observar la propiedad de una mascota como un cúmulo de beneficios, pero también de responsabilidades. Dentro de éstas se incluye comida, albergue, atención a su salud y a su comportamiento; garantizando seguridad para el animal y para todos los que lo rodean.

Es necesario trabajar en esa línea desde el momento en que una persona se dispone a adquirir un animal de compañía. Esto no significa que el propietario deba ser un experto en etología, para ello están los veterinarios que son facultativos que se han formado para poder prevenir, diagnosticar y tratar estos problemas. Pero el responsable del animal debe estar preparado para prestar atención a los detalles que pueden indicar la posibilidad de una disfunción.

Lamentablemente es habitual que concurran a nuestros consultorios personas angustiadas porque su perro, o gato, ha mordido y manifiestan un absoluto desconocimiento sobre cómo se llegó a esa situación. Al indagar, uno descubre que no es la primera vez que el animal tiene esa actitud, sino que en anteriores ocasiones no había producido una herida tan severa. Por eso la estrategia es formar al dueño en el cuidado de su animal, logrando que asista al consultorio antes de que el problema ya se encuentre muy avanzado.

Un perro o gato correctamente socializado, estimulado, controlado y jerarquizado, no va a manifestar ningún problema de agresión. Afortunadamente esa es la situación para la inmensa mayoría de nuestros animales de compañía.

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