Lo conocemos, también, por las historias que lo construyen, en casi un siglo de vida: la emoción estremecedora de haber abrazado a su hijo, perdido en medio de la cordillera de los Andes, luego de aquel trágico accidente del avión que transportaba a un equipo de jugadores uruguayos. La experiencia que lo llevó a convivir en el leprosario de Albert Schweitzer, en África y ser perseguido en el Congo, por pensarlo comunista. O aquellos encuentros más felices y anecdóticos con enormes como Dalí, Picasso, Warhol, Piazzolla, Vinicius de Moraes, el Che Guevara y Perón, entre una larga y prestigiosa lista.
Hay allí, indudablemente, un aire de mundo y arte que se respira y nos envuelve. Infinidad de libros, objetos, recuerdos y pequeñas obras rodean el living circular, frente a un gran hogar encendido. Nos llama la atención, sobre la mesa, una caja de fósforos intervenida con fibrón por el artista (dato que toma aún más va-amos camino al Tigre; la tarde es una de esas que se niegan a la llegada de la primavera y el tránsito, extrañamente, nos deja fluir.
El destino es “Bengala”, una casa de la que todos allí hablan, pues alberga gran parte de la obra y la vida del artista, y en la que ahora él nos espera para charlar y acompañar la presentación de una nueva etiqueta, ilustrada por sus manos, para Bodega El Esteco.
Hemos oído hablar mucho de él; lo conocemos por su obra, una incesante búsqueda que desde la pintura ha sabido manifestar el espíritu y los colores vibrantes del candombe o el tango; y que desde la arquitectura de Casa Pueblo (en Uruguay) ha sido comparada con la organicidad de Gaudí.
Lo conocemos, también, por las historias que lo construyen, en casi un siglo de vida: la emoción estremecedora de haber abrazado a su hijo, perdido en medio de la cordillera de los Andes, luego de aquel trágico accidente del avión que transportaba a un equipo de jugadores uruguayos. La experiencia que lo llevó a convivir en el leprosario de Albert Schweitzer, en África y ser perseguido en el Congo, por pensarlo comunista. O aquellos encuentros más felices y anecdóticos con enormes como Dalí, Picasso, Warhol, Piazzolla, Vinicius de Moraes, el Che Guevara y Perón, entre una larga y prestigiosa lista.
Llegamos entonces a “Bengala”, que ya está preparada para el evento, y que se esconde, como un tigre (de allí su nombre), tras una mata de verdes tropicales. De un lado, una casa de madera que nació en el otro siglo; en sus palabras “una casa digna de Hemingway”; y del otro, una que se erige como escultura habitable, digna de Páez Vilaró.
Mientras lo esperamos, nos animamos a contemplar algunos rincones de esta pequeña prolongación de Casa Pueblo, que ilustra perfectamente la hermandad de los cielos entre la República Oriental y el Río de la Plata. Varias son las señales de ese espíritu inquieto y agradecido. Cada pasaje es un homenaje: a su familia, a sus amigos, a sus referentes. Nos encontramos con placas como “Pasaje Rubén Rada”, “Rincón Jaime Roos”, “Fogón Horacio Guaraní”, “Placita Annete Deussen” (su actual mujer) o “Rincón Astor Piazzolla”.
Hay allí, indudablemente, un aire de mundo y arte que se respira y nos envuelve. Infinidad de libros, objetos, recuerdos y pequeñas obras rodean el living circular, frente a un gran hogar encendido. Nos llama la atención, sobre la mesa, una caja de fósforos intervenida con fibrón por el artista (dato que toma aún más valor, cuando nos enteramos que allá por el 40, uno de sus primeros trabajos en una fábrica argentina, fue colocar las cabecitas de los fósforos).
Pues bien, él nos recibe con el abrazo y la calidez, que son expresión de su grandeza. Feliz por la ocasión, amaga a buscar más leña, pero finalmente se sienta con nosotros.
Carlos Páez Vilaró es un hombre en cuya mirada se encierra una vida sin descanso. A través de sus ojos, y de su quebrada voz podemos viajar, como en una serie de diapositivas, hacia otros universos y fragmentos de historia. Con algunos de ellos, intentamos encontrarnos ahora, en nuestra charla…
-Noventa años, tantos caminos recorridos, personajes e historias vividas, ¿cómo lo encuentran?
-Estoy feliz de haber llegado a esta juventud. Quiero volver a vivir. Cuando un hombre cumple noventa años entra en una geografía de las reflexiones. Es una vida…no estás hablando ahora con un hombre, estás hablando con un siglo (risas).
-Y vaya siglo…
-Y… fue una cosecha, porque como un atrevido fui siempre al encuentro de lo inesperado. Encontré soluciones muy lindas y amigos en todos los caminos. Aprendí que somos una familia entera; no importa si eres de Nigeria, Kuala-Lumpur, o Tahití; ese tipo que va caminando es hermano tuyo, podés darte el gusto de abrazarlo sin conocerlo. Con esa filosofía fui haciendo vida, andando.…
-Siempre sin descanso…
-Mi mayor descanso es el trabajo. Esa pasión que tengo por hacer cosas es la que me llevó a transitar entre el arte y la aventura. No soy arquitecto, no estudié música tampoco soy pintor, en el fondo soy nada. Nada más que un hombre, con pasión para expresarse. Me he zambullido en el océano sin saber nadar, tratando de llegar a la otra orilla pero deseando no llegar nunca.
-Sin embargo, llegó a la orilla y armó una vida también de este lado del río…
-Así es. Tengo casi setenta años de mi relación con Argentina. Entré en el´41 a trabajar en la fábrica de fósforos en Avellaneda. El primer trabajo de los uruguayos en Argentina es la tentación. Ustedes nos quieren como hermanos menores; no se dan cuenta porque lo sienten en el alma, pero el uruguayo cuando quiere salir a trabajar piensa en Buenos Aires. Allí las puertas se abren mágicamente. Muchísimos uruguayos, incluyéndome, hemos hecho acá toda la gran escalera.
-Habiendo vivido tantas y tan variadas experiencias, ¿qué cosas lo sorprenden?
-A mí me sorprende, por ejemplo, que la juventud no tome las riendas de la política. Creo que la gran esperanza de este país, de Uruguay y del mundo está en la juventud. Lo más importante para los jóvenes es el intento; el intento es mucho mejor que el hallazgo, si tú no intentas no logras nada. Siempre pienso que los jóvenes pueden cambiar todo, son más audaces, están más decididos, tienen más imaginación, son más atrevidos, se tiran al océano sin saber nadar.
-¿Cuál ha sido su mejor momento artístico?
-Siempre digo que el próximo. No creo tener mérito como para ser reconocido como un gran pintor porque no lo soy. Si hay algo difícil en mi vida es poner la firma sobre un cuadro y decir “está terminado”.
-Es muy autocrítico…
-En el fondo soy un fanfarrón porque cuando termino hablo con los cuadros. Me gusta mucho lo que hago, estoy muy feliz y termino muy cansado, en la noche caigo derrotado.
-¿Cuánto tiempo pasa en el atelier?
-Yo te diría que vivo en el atelier, si pudiera tendría una cama y una almohada comodísima (risas). Ayer por ejemplo me dormí pintando un cuadro nuevo que terminé esta mañana.
-Sus pinturas y sus murales han manifestado mucho el sentir popular y en algún punto, también la crítica social. ¿Se siente identificado políticamente con la izquierda?
-Muy identificado. Toda la pintura mural mía es un gesto para que el arte quede en el pueblo. Siempre quise acercar el arte a lo popular.
-Ha intentado en la música, la pintura, la arquitectura…¿qué le queda por intentar?
-Crear un arte para no videntes, porque no es posible que un hombre ciego no pueda tener la chance de vivir con colores.
-¿Y cómo planea seguir?
-Pidiendo perdón por los errores cometidos, sonriendo ante algunos logros obtenidos y en definitiva, preparándome para un largo viaje, en el que seguro voy a encontrar murales para pintar.