Inspirada en el nombre de la cantimplora que daba de beber a los soldados españoles en otra época, la clásica caramañola que impuso la familia Rutini para su bodega La Rural en la década del ‘30 como un formato innovador para la industria cumple sus primeros 80 años de vida con un lugar entre quienes disfrutan del vino que ni sus mentores podrían imaginar.
Definitivamente convertida en un ícono distintivo de la legendaria marca San Felipe, había salido al mercado en 1934 como continente del San Felipe Blanco, un blend semillón-ugni blanc-chenin blanc.
Hoy, con más de 600 mil cajas, está entre los productos más vendidos en su rango ($ 36 sugerido al público) en comercios y vinotecas del país, con un formato tan clásico que en 8 décadas sólo tuvo un par de retoques de imagen, pero se amplió a 4 versiones que siguen comercializándose en Argentina y crece en exportaciones.
“Al momento de su lanzamiento se buscaba presentar en el mercado nacional un vino fino que definiera la expresión más elevada de La Rural, haciéndolo a la vez fácilmente reconocible a los consumidores a través de un colorido envase de vidrio innovador, exclusivo y único.
Actualmente, es una de las marcas de mayor venta sostenida en su segmento tanto en góndolas como en vinotecas”, rescata el director comercial de la firma, Enrique Coscia.
Pasado y presente
Desde principios del siglo XVIII, los viñateros de la región alemana de Franconia (Baviera) empleaban un tipo de botella que inspiró el diseño de San Felipe Caramagnola. De un vidrio verde oscuro, la llamada bocksbeutel se imponía entre los clientes más refinados y exigentes de la Europa de la época, la realeza y hasta artistas y escritores, como el poeta Wolfgang von Goethe.
De allí “importó” la idea Ítalo Rutini (hijo de don Felipe, el fundador de La Rural), ya al frente de la bodega en 1933 junto a sus hermanos, Francisco y Oscar. La propuesta original había sido de su cuñado, Luis Riva, quien además de colaborar en la presentación comercial le encargó al dibujante e ilustrador, Alejandro Sirio, un diseño único que, además, se adaptara a la difícil superficie de la caramagnola.
Sirio cumplió la consigna; el packaging que se haría famoso sale a la luz en los primeros meses de 1934, y resiste sin corroerse el paso del tiempo: de hecho recién en 2002 se aggiorna por última vez.
Para entonces, el árbol genealógico de San Felipe Caramagnola había crecido. Primero con un primer blend tinto (cabernet sauvignon-malbec-merlot), en 1976. Y extendiéndose desde diciembre de 1999 gracias al San Felipe 12 Uvas (cabernet sauvignon, cabernet franc, malbec, merlot, syrah, bonarda, sangiovese, barbera d'Asti, pinot noir, tempranillo, chardonnay y chenin blanc) pensado para celebrar la llegada del nuevo milenio según la tradición española de comer granos de uvas en Nochevieja. Hasta ahora, la rama más reciente es el Rose de Malbec.
En gran medida responsable de haber logrado una participación de mercado estimada en el 20%, para el director enológico de La Rural, Mariano Di Paola, el secreto de la vigencia de la caramañola está en una evolución que trasciende fronteras comerciales.
“Está en todas las mesas y vitrinas del país, un clásico. Después de 80 años puede explicarse en una combinación del inconfundible formato y una calidad que mejoramos constantemente a pesar de que en materia de costos duplica a la botella tradicional”, analiza Di Paola, no sin ilustrar orgulloso cómo trascendió fronteras: “En 2004, en un restaurant parisino pedí un vino distinto. Y me trajeron un San Felipe Caramañola”.
Hoy se exportan unas 30 mil cajas de San Felipe entre Francia, Colombia, México, Perú y Paraguay. Y según el mentor de los vinos de La Rural“siempre estamos pensando en nuevas variedades para la caramañola. Y tengo muchas ganas de hacer una edición especial; habrá que ver”.