Una vez, alguien del público, molesto frente al disparatado monólogo que ensayaba el recién iniciado humorista que había olvidado su línea, le grita -palabra más, palabra menos-: “¡Cuánto inflas!”. Sin saberlo, acababa de bautizar al genio de la comedia.
"¡A sus órdenes jefe!"
Cantinflas es, con diferentes nombres y diversos atuendos, siempre el mismo. Nos presenta en sus películas, un modo de ser del mexicano pobre y escasamente instruido de la época. Del “pelado”, en la jerga mexicana. Para decirlo con palabras de Carlos Monsiváis, del que “nada lleva y nada tiene, el carente de piel, el que nunca tuvo con qué cubrirse, el paria a quien el diminutivo reduce a su nivel exacto por inofensivo: el peladito.”
El personaje de Mario Moreno pone en cuestión ese respeto excesivo, ese temor reverencial que México profesa hacia “la autoridad”, cualquiera que sea su nombre; hacia el “licenciado” que inunda bancos, universidades y edificios públicos, hacia el “maestro” o el “doctor” a quien así debe llamársele si ha recibido ya esos “ascensos”.
Embajadores, diputados, militares, profesores, y sacerdotes fueron blanco de sus sátiras. Allí estaba la médula de su insolencia. Allí y en el modo inmensamente tierno en que la ejercía: la ingenuidad fue el rasgo típico de su personaje, que lo metía en problemas y lo hacía salir airoso.
"Si se necesita un sacrificio... renuncio a mi parte y agarro la suya."
Hizo de la ignorancia y la incoherencia, su arma letal. Sin poder “vencer” “con- venciendo”, Cantinflas lo hacía con- fundiendo. Esa fusión era la maraña en la que envolvía al interlocutor, generalmente una autoridad.
En la película “Si yo fuera diputado” (1951), Cantinflas, en el papel de un peluquero que se postula para diputado, conversa con un contrincante, “don Próculo”, arquetipo de político conservador y practicante del fraude. Lo acusa de no saber qué es la democracia.
“¿Y a poco usté sí lo sabe?”, contesta el hombre. “Pos me lo imagino”, responde Cantinflas y explica: “Democracia, mire usté, según la lengua española traducida al castellano quiere decir demos, como quien dice dimos y si dimos con qué nos quedamos y cracia viene siendo igual, porque no es lo mismo don Próculo se va a las democracias que demos cracias que se va don Próculo”.
Y más adelante, en tono encendido, para agradecer a sus electores: “¡Pueblo que me escucha, aquí me tienen delante de ustedes y ustedes delante de mí, y es una verdad que nadie podrá desmentir! (… ) Y ahora me pregunto ¿y porque estoy aquí? (...) ¡estoy aquí porque no estoy en ninguna otra parte y porque ustedes me llamaron… ! ”
Así y a lo largo de la película, pone de cabezas el razonamiento que viaja en uno de los discursos más respetados de la época: el parlamentario. Del mismo modo desolemnizaba la retórica judicial – tema frecuente en sus películas-, disparaba sus dardos de ironía contra las absurdas prácticas policiales y ponía en ridículo sermones y discursos diplomáticos y proselitistas.
Tal vez la clave del “cantinflismo” sea la sátira de la tradición, de lo que parece estar allí desde siempre y para siempre. Llevando adelante la parodia de lo imparodiable, de lo que se nos enseña como serio y ajeno, Mario Moreno logra decir lo que todos quisieran pero nadie puede.
Todo esto, bajo el camuflaje de la inocencia: Cantinflas oculta las intenciones de un módico Quijote bajo el disfraz de un inofensivo y raso Sancho Panza. Con la victoria del antihéroe de modesto origen y de instrucción casi inexistente, son cientos de miles los que ganan.
Su humor no se quedó detrás de la pantalla. Contaba su hijo que en una reunión con el rey Juan Carlos de España, el monarca le dijo al cómico que era “un gran placer conocer a Cantinflas en persona, porque nada más lo conocía en la pantalla”. Cantinflas retrucó: “Caray, si viera que para mí es mayor el placer de conocer un rey en persona, porque nomás los conocía en la baraja”.
¿Un crítico o un portavoz del régimen?
El humor tolera, simbólicamente, dos funciones: adormecer o azuzar. El de Cantinflas es un caso difícil.
Para algunos, Mario Moreno protagonizó un humor altamente combativo de las fisuras más dolorosas que atravesaba el modelo de país que se instalaba.
Otros analistas, en cambio, detectaron que por debajo de la crítica mordaz a la injusticia de su tiempo, había una incómoda legitimación del régimen. Es que Cantinflas casi no propone la lucha, al contrario: le rehúye.
Unas de las plumas que abordaron el tema, fue la de Roger Bartra en su libro “La jaula de la melancolía”.
Allí el sociólogo mexicano señala que “la gran popularidad de Cantinflas se debe a que, con sus burlas, hace también una crítica de la injusticia social; por ejemplo, cuando le preguntan si el trabajo es cosa buena, contesta: ‘Si fuera bueno, ya lo hubieran acaparado los ricos’. Pero es una crítica conformista – acusa Bartra- que propone la huida y no la lucha, el escurrimiento y no la pelea.
(El mexicano) se vuelve un ser torcido, alambicado, evasivo e indirecto”. Luego explica, “A diferencia de Chaplin (con quien, recordamos, Cantinflas fue varias veces comparado) cuyo vestido de etiqueta revela una utópica voluntad de cambio, en Cantinflas no hay ninguna aspiración a superarse. Y no quiere un mundo mejor ni en sueños” Y remata Bartra: “El verbalismo confuso de Cantinflas no es una crítica de la demagogia de los políticos: es su legitimación”.
Otros distinguen más de un Cantinflas, el primero, que deslumbró en los años 30 en momentos en que la revolución mexicana ya había culminado su fase de mayor violencia material y reclamaba un orden institucional que comenzaba a construirse con perfiles ciertamente corporativos.
En ese contexto, la crítica de Cantinflas a esa sociedad que venía, era realmente inquietante. El “decir mucho sin decir nada”, era una denuncia de los vicios más repugnantes de la democracia: la demagogia, la burocracia, la corrupción estatal y sindical, el sectarismo que eterniza el poder en las mismas manos de siempre.
Explica Monsiváis en su obra “Los ídolos a nado”: “En el régimen de Lázaro Cárdenas (1934-1940) la izquierda ya está en el poder, y en los sketches teatrales el lenguaje demagógico y redentorista se presta a la maravilla para volverlo un hacinamiento de vocablos que aplastan por su falta de sentido. Burlarse del discurso proletarizante desde la gloriosa insensatez le resulta fácil a un virtuoso del desatino.”
Pero hubo otro Cantinflas, posterior, más cercano a las elites de poder, al PRI, y a una visión de la injusticia social con mayor resignación y, para muchos, con una inadmisible “tolerancia”.
En contraste con el Cantinflas de los 30, este otro parecía ofrecer la caridad en lugar de la justicia, y, en el puesto de la lucha, la propuesta de “actuar correctamente” y acomodarse al mundo tal como está. La incorrección política que implica toda interpelación al poder, desde este ángulo, se vuelve un espejismo.
Moraleja: un jugoso interrogante para nada fácil de despejar: ¿cuándo la sátira es revolucionaria y cuándo es legitimadora?
Cantinflas conquista en sus películas, una de las formas del poder: el discursivo. Lo hace por momentos, en victorias esporádicas que tienen la fugacidad de la palabra hablada y la fragilidad de la pulseada que se pierde al primer descuido. Gana la discusión sin tener los medios racionales para hacerlo. Gana por confusión y por cansancio. Pero es el único poder que alcanza. Más allá de las variaciones, la película termina y el mundo sigue siendo igual.
Parece que se ha ido
El 20 de abril de 1993, México recibió la amarga noticia: Mario Moreno, el “cuate” criado en el humilde barrio de Tepitos que hizo reír a generaciones enteras, había muerto.
El velorio duró tres días. La gente hacía largas colas en la Alameda Central para darle el adiós último y definitivo a ese “peladito” que tanto había dejado en el corazón de México y de Latinoamérica.
Los mensajes de condolencias se propagaban por la prensa internacional.
Todos quisieron decir algo, desde el presidente de la nación hasta escritores de renombre como Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, pasando por mandatarios de otros estados. “Adiós Chato” decía entre lágrimas la gente que caminaba bajo la lluvia. Fue inevitable pensar en el velorio de Pedro Infante, como inevitables fueron las comparaciones.
Lo que dictó Cantinflas, poco antes de morir no fue un epitafio, como pensó; fue una sentencia que, a veinte años de su partida, se viene cumpliendo al pie de la letra: “Parece que se ha ido, pero no es cierto”.