¿Qué es lo que tenían aquellos cronistas del suburbio que daban siempre en el blanco? La palabra reflejaba con cruda certeza el dolor del marginado y la desesperanza de quienes apenas tenían de dónde aferrarse.
¿Qué es lo que tenían aquellos cronistas del suburbio que daban siempre en el blanco? La palabra reflejaba con cruda certeza el dolor del marginado y la desesperanza de quienes apenas tenían de dónde aferrarse.
Como Roberto Arlt, cuando en su aguafuerte sobre las muchachas solteras ya no tan jóvenes, que buscaban novio, pintaba con trazo fuerte y grueso: "Porque te pareces a un náufrago, que lanza al aire su último cohete, mientras que el barco pasa en la oscuridad. Si falla esa señal?". Las llamaba "mujeres crepusculares" en su observación poética, su crónica profunda del barrio y la ciudad.
Evaristo Carriego, de tradicional y acomodada familia entrerriana, heredó el nombre de su bisabuelo, abuelo y padre. El primero en portarlo fue José Evaristo Carriegos Godoy, militar y funcionario nacido en 1791, quien participó en las milicias revolucionarias de 1810. Lo legó a su hijo, Carriego de la Torre, quien también participó en política, y éste al suyo, el estanciero Carriego Ramírez, padre del poeta.
Evaristo Francisco Estanislao llegó al mundo el 7 de mayo de 1883 y vivió unos pocos años en su Paraná natal, ya que su familia debió trasladarse a Buenos Aires por las obligaciones de su padre. Desde los seis años su lugar fue el barrio de Palermo, la tierra de sus musas y a la que plasmó en sus versos.
En la calle Honduras al 3784, el domicilio donde permaneció hasta su muerte, funciona actualmente la biblioteca y centro cultural que lleva su nombre, con un extenso catálogo de poesía, y donde permanece en exhibición la pluma con la que escribió su breve obra.
Allí también se lo recuerda con homenajes, como en su provincia natal y otras tantas, a exactamente cien años de su fallecimiento, acaecido el 13 de octubre de 1912. La Feria del Libro de Oberá, en Misiones, que se realizó a mediados de año, estuvo dedicada a su figura.
El impulsor definitivo de sus escritos y leyenda fue Jorge Luis Borges, amigo de su padre, quien con el ensayo "Evaristo Carriego", un retrato poético publicado en 1930, llevó al entrerriano a la definitiva inmortalidad, dejando atrás la crítica que en su momento lo despreció.
Luego vino el reconocimiento del bandoneonista Eduardo Rovira, con su tango "A Evaristo Carriego", más conocido en la versión de la orquesta de Osvaldo Pugliese.
Las desterradas
"¡Qué tarde regresas! ¿Serán las benditas / locuaces amigas que te han detenido? / ¡Vas tan agitada! ¿Te habrán sorprendido / dejando, hace un rato, la casa de citas? / ¡Adiós, morochita! Ya verás, muchacha, / cuando andes en todas las charlas caseras: / sospecho las risas de tus compañeras / diciendo que pronto mostraste la hilacha", escribía en su poema "La que hoy pasó muy agitada", editado tras su muerte, en los "Poemas póstumos" de 1913.
Una situación similar, en la que la mujer que osaba quebrar las reglas sociales se condenaba a un ostracismo irreversible, describía en su célebre "La costurerita que dio aquel mal paso", expresión que trascendió ampliamente su obra y se volvió metáfora popular sobre casi cualquier equívoco, más allá del sentido original.
"La costurerita que dio aquel mal paso / y lo peor de todo, sin necesidad / con el sinvergüenza que no le hizo caso. / Después según dicen en la vecindad / se fue hace dos días. Ya no era posible / fingir por más tiempo. Daba compasión / verla aguantar esa maldad insufrible / de las compañeras, ¡Tan sin corazón!", rezaban los versos que en ningún momento explicitaban el motivo de la fuga, de tan vergonzante y humillante que era tal cuestión para una dama de albores del siglo veinte.
El tema fue retomado y transformado en varias ocasiones: Nicolás Olivari, ya a mediados de la década del veinte, torcía el destino de la protagonista en el poema homónimo, al que introducía con idénticos versos y luego agregaba: "Bueno, lo cierto del caso / es que no le ha ido del todo mal / Tiene un pisito en un barrio apartado / un collar de perlas?". La parodia mutaba la tristeza en jugarreta y la piedad se convertía en sorna.
En la misma época, en el tango escrito por Federico Mertens y Rafael José de Rosa y musicalizado por Antonio Scatasso, el traspié de la trabajadora llevaba hasta la muerte a sus padres: "Costurerita, encanto de los viejos / Nacida para orgullo del hogar, / A pesar de santísimos consejos / Te dejaste engañar".
Por su parte, José Andrés González Pulido, el fundador de la compañía "Chispazos de Tradición", adaptó la historia para el teatro, en una muy exitosa puesta.
En 1926, José Agustín Ferreyra, con el guión de Leopoldo Torres Ríos basado en el verso de Carriego, dirigió el film mudo del mismo nombre que el poema, protagonizado por María Turgenova.
Mucho más cerca en el tiempo, en 1987, Rubén Brenner tomó el verso original de Evaristo en su disco "Se llamó Carriego", donde además de "La costurerita?" musicalizó ocho poemas más y un vals de su propia autoría. Brenner es hijo de Ben Molar, el notorio difusor del cuatro por cuatro y productor estrella de la música argentina, quien, claro, intervino también en esta placa.
La herencia de Carriego es evidente, por fuera de su "costurerita". Pintó el barrio, el suburbio, el marginal, la mujer trabajadora y los ambientes sórdidos del arrabal, invisibles en la literatura "culta". Borges lo reivindicó, en su propia fascinación por la Buenos Aires de esquinas en penumbras, farol y compadritos.
"Yo creí durante años haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses", prologaba Jorge Luis en su ensayo.
"¿Qué había, mientras tanto, del otro lado de la verja con lanzas? ¿Qué destinos vernáculos y violentos fueron cumpliéndose a unos pasos de mí, en el turbio almacén o en el azaroso baldío?". Las respuestas, en gran parte, las encontraría en este poeta.
Poeta del suburbio
"El barrio le admira. Cultor del coraje, / conquistó, a la larga, renombre de osado, / se impuso en cien riñas entre el compadraje / y de las prisiones salió consagrado", escribía Carriego en "El guapo".
En su corta vida (falleció a los veintinueve años) vio sólo un libro publicado, sus "Misas herejes" de 1908. Otra importante parte de su obra se editó tras su desaparición física.
Entre lecturas de poesía, novelas románticas y textos históricos, con el corazón atendiendo a Almafuerte, comenzó a desarrollar su literatura desde muy joven, en su adolescencia. A sus veinte, estableció un fuerte vínculo amistoso con el catalán Juan Más y Pi, a quien conoció en los círculos intelectuales que debatían y difundían las ideas anarquistas en el diario La Protesta y otras publicaciones.
"En la gran copa negra de la sombra que avanza / quiero probar del vino propicio a la añoranza / Quiero beber el vino que bebiéramos juntos", le dedicó en "A Juan Más y Pi".
Carriego había visto frustrada su carrera militar por sus problemas de vista y encontró en el periodismo el oficio desde el que impulsar su creciente interés por la producción literaria. Caras y Caretas cobijó sus primeras publicaciones e impulsó su nombre en el mundillo cultural de la época.
Pero la bohemia no sólo tenía su epicentro en las redacciones. Como no podía ser de otra manera, un café, el "Brasil", en la vieja y angosta calle Corrientes, era el punto obligado de reunión. Su dueño lo rebautizaría informalmente como "Los inmortales", por lo que habría sido sugerencia del mismo Carriego.
La leyenda, impulsada por la revista Papel y Pinta, cuenta que el poeta, al observar que lo que menos se hacía allí era comer (las tertulias estaban regadas de poesía y charlas que se prolongaban durante horas) sus parroquianos debían ser inmortales. Otras versiones indican que el cambio de nombre fue una propuesta de Florencio Sánchez.
Pero lo cierto es que en ese ambiente, frecuentado por Alfredo Palacios, Roberto Payró, Martín Malharro y un largo etcétera (es decir, lo más granado de la intelectualidad y el arte de principios del siglo pasado), Carriego difundió su poesía y se relacionó con quienes después lo recordaron como un férreo defensor de sus ideas y un apasionado interlocutor. Vicente Martínez Cuitiño evocó luego esos años en su libro "El café de los inmortales".
Hombre de su tiempo, su obra, que también abarcó el teatro y la narrativa breve, vio segada su proyección por una enfermedad que lo postró y finalmente le produjo la muerte, tempranísimo fin que lo privó de otro destino. Borges señala que murió de tuberculosis, pero otras crónicas indican que fue de peritonitis.
La crítica contemporánea no fue elogiosa con él, pero el tiempo hizo su justicia, con el aporte del ensayo borgeano que le dio una fama impensada en su momento. A un siglo de su fallecimiento, se lo recuerda ahora como uno de los primeros poetas del suburbio porteño, de sus hombres y mujeres comunes, con sus alegrías, privaciones y penas.
Como en "La viejecita": "Luz de pesares, propios o ajenos, / sobre la pena de su faz mustia, / dejan estigmas, de dolor llenos, / entristeciendo su misma angustia, / su misma angustia que ha compartido, / como el mendrugo que no la sacia / con esa niña que ha recogido, / retoño de otros, en su desgracia".