Andrés Cáceres convive con el arte de Mendoza. Su casa, la misma donde lo recibieron sus padres al nacer, es un museo habitado por las pinceladas de hombres y mujeres dedicados a embellecer retazos de mundo.
En la entrada, dos filas de esculturas que reconoce a la perfección. Enredados en las paredes, la obra del mendocino Julio César Ovejero -radicado en España desde hace años-, del maestro Luis Quesada, del prolífico José Bermúdez o del lasherino para siempre Alfredo Ceverino. También la imagen robusta de una figura salida de las manos de Vivian Magis y un revuelo de nombres que a su recuerdo vuelven entrañables e intactos.
Andrés está ahora jubilado. Atrás quedaron los días de cierre obligado de cuando escribía las críticas de artes plásticas y literatura locales para este diario, impulsado por el entonces subdirector Antonio Di Benedetto. O las corridas a las que se vio expuesto durante 45 años en diversas áreas de la administración pública cuando trabajaba como responsable de prensa.
Al periodismo cultural recurre de vez en cuando en un tiempo que alterna con la vida en familia, la música clásica y la comunión a la que arrastró su teclado hace diez años, cuando sin saber bien cómo y hasta dónde pobló el vacío de un ausente: "El gran ausente. Dos niños índigo en la Argentina de Perón y la Libertadora".
A esta novela se refiere Andrés en el living de su casa al tiempo que su mujer, Mary, amasa unos bizcochos que llegarán más tarde con una taza de café. "Fueron diez años de trabajo", comparte, que escribió cuando pudo mientras trabajaba, y en los momentos libres desde que disfruta del retiro profesional.
La historia parte del relato de Nito, un niño superinteligente perteneciente a una familia de clase media, peronista y católica en las décadas del '40 y del '50 en Mendoza. En primera persona, el pequeño al principio y el adulto después formará su visión de mundo, tan ligada al desprecio por la injusticia social como a derribar la existencia de un Dios impuesto contra toda voluntad.
En un esfuerzo por dotar a la novela de un realismo que para Cáceres resultaba necesario, se sumergió en la Biblioteca General San Martín y en el Archivo del Diario Los Andes hasta dar con el material preciso que lo anclara a lo acontecido: noticias de la época, discursos de Perón y hasta las publicidades que por entonces circulaban a pesar de su furia. La radio comunicaba el resto y así el niño abría las primeras ventanas a un mundo habitado por una curiosidad insaciable.
La vida de Nito es en gran parte la historia de Andrés, hijo de un italiano angustiado y de una almacenera huérfana que buscaba la belleza en lo cotidiano. Peronistas por convicción, aunque con diferencias por parte de algunas de sus hermanas, la familia Cáceres tuvo agua por primera vez gracias a Evita. "Es lo más vitalista que has escrito hasta ahora", fue la devolución del escritor Luis Villalba; "Novela política e histórica, El gran ausente pinta una época y la pinta íntima", sostuvo Julio Rudman luego de recorrer las 460 páginas editadas por Dunken.
-¿Quiénes son los dos niños a los que se refiere en la novela?
-Nito soy yo y Jorge Aníbal es mi hermano, que se suicidó a los 19 años. A ese pendejo atrevido no le interesaba la vida para nada... En cuanto a Nito, más que ser yo, es quien hubiera querido ser de pequeño. Además teníamos seis hermanas: una bien gorila, otra progresista, otra interesada en la religión, otra en filosofía y así, con todas las ignorancias y los prejuicios de la época, ¿no? Siento que nos tocó un barrio bien particular porque a 100 metros de aquí había extranjeros y a esa inmigración hago referencia en la novela, cuando noto el sufrimiento del desarraigo. Frente a esos departamentos estaba la Unidad Básica Peronista, a la que tenía prohibido ir a pesar de ser peronistas porque Evita nos dio el agua.
-¿Cómo vivió estos diez años de escritura?
-En el camino fui escribiendo otras cosas, cosas cortas, incluso publiqué Ritual de la Memoria en 2004, un poemario dedicado a Madres de Plaza de Mayo. Con la novela seguí a ponchazos intentando sortear un problema difícil de resolver para el escritor: la continuidad de tiempo, para lo cual se necesita entrar en clima y recordar muy bien lo escrito anteriormente para no cometer equivocaciones. Cuando me jubilé, hace cinco años, pude dedicarme full-time a la novela. Cuando terminé sentí mucha angustia y el temor de que el resultado no sirviera para nada. Fue entonces que se la di a leer a mis amigos y cuando Fernández Cordón me dijo que era una gran novela y luego se la pasé a Rudman y la recepción fue positiva me quedé más tranquilo.
-¿En qué trabaja actualmente?
-Estoy buscando un nuevo paradigma ético mediante la toma de pelo de las creencias, entonces me imagino que Dios habla consigo mismo y se admira y se horroriza de lo que dicen los religiosos que él les ha dicho. Después empiezo a juntar en el supuesto cielo a Perón con Borges, por ejemplo, en una especie de ensayo paródico.
-¿A qué hace referencia el título: El gran ausente?
-El gran ausente surge por la bronca que en un principio le tenía a mi padre, a quien no lograba entender. Él estaba ausente porque estaba ausente de sí mismo; jamás volvió a Italia ni a ver a su gente. Cuando murió fui consciente de la angustia que debe haber vivido toda su vida, luego de que lo dejara su primera mujer y no volviera a ver a sus hijos de ese matrimonio -salvo a uno-. Mi padre vivió en Buenos Aires, se jugó todo, quedó en la calle y cuando se dedicó a repartir bebidas conoció a mi mamá, menor de edad y pretendida por su cuñado. Entonces la raptó, la trajo a Mendoza y la dejó al cuidado de un paisano. A los 18 años mi madre le envió la trenza que se había cortado para comprometerse con él.
-¿Cómo vivió el peronismo su familia?
-Con mucha alegría, con mucha esperanza pero no en forma homogénea. Una de mis hermanas repetía las barbaridades que le decía su patrón y que se hablaban en la época. Cuando Perón se puso contra la Iglesia le dijeron degenerado, comunista, que le regalaba motos a las chicas para acostarse con ellas; se llegó a decir que Evita le sacaba sangre a los niños negros para ponerse porque tenía leucemia. Después cuando cae fue tal la propaganda que empezaron a mostrar todo lo negativo, no se podía mencionar a Perón, no se podía mencionar a Evita, y eso caló mucho en la sociedad.
-¿Y en usted?
-Yo empecé a ver todo lo que me hubiera gustado que hiciera, aunque hizo bastante: hambre cero, analfabetismo cero, reforma agraria, nacionalización de la banca y Estado laico. Fue así que me metí en el Partido Comunista buscando soluciones, aunque a poco menos de cumplir un año ahí, me fui.
-¿Tenía los recuerdos frescos de su historia y la de su familia?
-Tenía todo muy fresco y si bien los hechos son reales, muchos de los diálogos son conjeturales. Muchas veces lloré como loco recordando el pasado, sobre todo en relación a mi padre y a la ausencia de Dios, porque yo era muy creyente.
Aunque también disfruté del proceso, sobre todo escribiendo la parte en la que me refiero a la música y a las charlas peliagudas con mi hermano, con quien hablábamos de filosofía, teología y psicología. Yo terminé no creyendo y él murió creyendo; él creía en la inmortalidad del alma y yo lo pongo en duda.
-¿En qué cree usted?
-Yo me pregunto lo siguiente: si Dios creó al mundo, quién lo creó a él, una pregunta inadmisible para una respuesta que no existe. Entonces me voy a Sartre, que me da una mínima certeza: si Dios existe o no, no interesa, lo importante es que no interviene. Y quizá esa sea su máxima sabiduría: no intervenir…
-¿Qué le ocurrió después de Frondizi, período en el que termina la historia de la novela?
-Me metí en los grupos de tarea del peronismo y al notar que ellos tenían una preparación que yo no, me metí en Ciencias Económicas. Como no me gustó, alguien me invitó a que fuera a las clases de Filosofía y Letras que se daban en la calle Las Heras al 400. Fui y al escuchar una clase de literatura del profesor Ruiz Díaz, comprendí que eso era lo mío.