¿Por qué no decirlo? Hay ecos lejanos del director estadounidense David Lynch en las novelas de Sergio Bizzio: esa mezcla misteriosa, y hasta inquietante, para fusionar atmósferas tan disímiles como lo cotidiano, con lo soñado.
Sus libros -llenos de fabulación poética y fantasía- conjugan un escandaloso modo, donde sus personajes tejen y destejen los episodios de sus aventuras; desafiando la comprensión exhaustiva del lector. Esa audacia en la que la extravagante imaginación se encuentra siempre escapando de los registros convencionales, le ha ganado un lugar entre los mejores narradores de su generación.
El suyo es un estilo trabajosamente cristalino, que pone en jaque las operatorias de los géneros. Su propuesta, como todo verdadero disidente de la aparatosa tradición literaria, las supera al apostar por la construcción de sus propios códigos. Allí está el núcleo de su licencioso poder creador, donde por momentos la narración es un torrente que salta de un registro a otro, moviéndose con total libertad. No en vano.
Además de novelista Bizzio es poeta, guionista, dramaturgo, músico y uno de los más originales directores de cine que ha dado la Argentina en los últimos tiempos. En él nada es previsible. Todo cambia, fluctúa como la vida misma. Pero concentrémonos -si es posible- en el Bizzio de su última y esperada novela.
En "Borgestein" (Mondadori), un psiquiatra abandona la ciudad y se recluye en una pequeña casa en la montaña. Lo hace huyendo de uno de sus pacientes: el peligroso Borgestein, que piensa asesinarlo. Asimismo el protagonista atraviesa una etapa amorosa complicada: su matrimonio parece desmoronarse. Allí está una de las múltiples líneas narrativas, porque la novela es un flexible fresco de tramas cruzadas entre el lirismo descarnado y el relato de suspense, ofreciendo imágenes de una plasticidad lisérgica casi palpable.
Como consecuencia, hablar del "argumento" es incurrir en un escabroso reduccionismo. En Bizzio no hay "temas" 'per se'. Sí, en cambio -como ocurre en sus libros "Aiwa", "Planet" y "En esa época", para citar tres ejemplos decisivos-, brota la desbordante fantasía y la lúcida insolencia que otorga a personajes e historias desopilantes; esa mágica y contagiosa vitalidad que atrapa a sus incondicionales lectores, del principio al fin.
-"Borgestein", más que un guiño al autor de "El Aleph", me hizo pensar en "Frankenstein" de Mary Shelley. ¿Cómo se decidió por ese título sugestivo?
-No sé, apareció de pronto y me pareció muy divertido. Es un título casi tan bueno como "Frankenstein", aunque no tanto como "El Aleph".
-"Borgestein" -como buena literatura- está minada de desvíos, digresiones y miradas hacia atrás. ¿Es difícil mantener ese tono de caos organizado con que se escribe un libro de esta naturaleza?
-Gracias por decir que es buena literatura. Escribir no es difícil, lo difícil es encontrar el tiempo, un día después de otro, durante meses, sin demasiadas preocupaciones cotidianas, sin urgencias económicas, sin reclamos filiales o amorosos, sin compromisos sociales, sin otra diversión que la de escribir.
"La vida sería llevadera si no fuera por las diversiones", decía Oscar Wilde. Ese es el verdadero caos que hay que organizar. Yo creo haberlo resuelto bastante bien: me encierro y desaparezco. Cuando vuelvo a la vida está todo impago, vencido, ofendido; pero tengo una novela.
-Si bien cada libro es único e irrepetible, ¿cree que éste dialogue con algún otro de su producción?
-No lo sé, y no creo que deba ser yo quien atienda a esos susurros, si es que los hay. Tengo, eso sí, un pequeño capricho privado, que es la repetición de una frase, a veces de dos frases, que pasan de una novela a otra, como un zurcido. Un hilo finísimo, casi invisible, con una latita en cada extremo.
-En su caso particular, al comenzar a escribir, su estilo revela una fluidez en las frases y un desinterés más o menos calculado por el argumento. ¿Hay que desconfiar de lo que se denomina "trama"?
-No hay ninguna necesidad de desconfiar de la trama. ¡Uno tiene cosas tanto más importantes de qué ocuparse mientras escribe! "Borgestein" tiene un comienzo y un final, como todos los libros del mundo, y entre esos extremos pasan algunas cosas, episodios más o menos breves, pinceladas de observación, peripecias, algunas intrigas...
Pero yo prefiero siempre que el texto ofrezca al lector la posibilidad de volver atrás a paladear alguna frase o algún detalle, más que atraparlo con la historia e impulsarlo a "ver qué pasa". Prefiero que se demore, convertirlo en un lector lento, minucioso y crepitante.
-Entre otras cosas, la novela retrata con sumo detalle la paranoia. El temor del psiquiatra por ser atacado una segunda vez por su paciente se revela en los detalles ominosos, en los múltiples recaudos que se toma en tratar de no ser descubierto por el psicópata...
-Bueno, el protagonista de la novela es un psiquiatra al que uno de sus pacientes, Borgestein, apuñala una noche a la salida del consultorio. Ese intento de asesinato lo hace cambiar de vida. Deja a su mujer, deja su trabajo y se va a vivir a una casita en la montaña. Pero no está ahora menos solo de lo que estaba antes del ataque de Borgestein. Su mujer y él hacía ya un año y medio que no se veían despiertos. Cuando ella, una actriz de teatro muy exitosa, llegaba a casa, él dormía.
Y cuando él se levantaba a la mañana, dormía ella. Así que no sólo huye de Borgestein. Huye también de una mujer dormida, e incluso del hombre dormido en el que se ha convertido para ella. En la montaña se encuentra inmediatamente cómodo y a gusto. Es una soledad "verdadera".
Hasta que un día su mujer llega de visita. Es la primera vez, en más de un año, que la ve despierta y en posición erecta. ¿Borgestein podría haberla seguido? Sí: ¿por qué no? La relación con su mujer empieza a recomponerse poco a poco, pero ahora Borgestein podría andar por los alrededores, esperando una oportunidad. Esa amenaza ya no se disipa. Creo que flota y se percibe en toda la novela.
-Más de una vez, la obsesión que tiene el personaje por aplacar el ruido de la cascada, me hizo pensar en "El desierto de los tártaros", de Dino Buzzati; y en "La madriguera", aquel relato largo de Kafka; o inclusive "Esperando a Godot", de Beckett. A lo que me refiero es a la alegoría como figura retórica...
-Me gustan mucho las tres obras que mencionás, sobre todo "El desierto de los tártaros". Yo trabajé muchas veces con el tema del encierro. En "Realidad", en "Rabia", en "En esa época", y en otras. Ahora, con "Borgestein", eso parece haberse invertido. Sigue siendo un encierro, pero es un encierro al aire libre, un encierro abierto. No pensé, ni pienso, en ninguna alegoría; pero me atrajo mucho la idea de un hombre que lucha contra el sonido de una cascada.
La ventana de la casa en la montaña, a la que se muda el protagonista, enmarca una cascada hermosa, que golpea contra una hoya y produce un ruido que al principio parece no advertir pero que poco a poco se vuelve ensordecedor.
Y como él no está dispuesto a retroceder, decide rellenar la hoya con piedras a fin de amortiguar el golpe del agua. Pasa meses enteros acarreando piedras de los alrededores y arrojándolas en la hoya. Esa imagen era muy poderosa para mí.
Un psiquiatra que pasa del rumor enloquecido de sus pacientes al rumor enloquecedor de una cascada. "¡Cuidado, la piedra que echaste a rodar cuesta abajo te aplastará si no te apartas!". No recuerdo quién escribió eso, pero bien podría haber sido el epígrafe de la novela.
-Hablemos de Gualicho, ¡qué personaje más singular y simpático! Un loro adicto a las descargas eléctricas generadas por la corriente de un enchufe... Asimismo oficia de elemento para incorporar cierta dosis de humor al relato, ¿no?
-Creo que sí. Me divertí mucho escribiendo esas escenas. Pero no fue algo que incorporé con un propósito determinado. Yo escribo de forma bastante aleatoria: cualquier cosa que leo, cualquier cosa que veo o que me cuentan puede terminar en lo que escribo, no solamente lo que se me ocurre a mí.
De hecho, lo del loro adicto a la electricidad es algo que me contó mi mujer. Un conocido nuestro tiene un loro adicto a la electricidad en su casa de Munich. Ella lo vio. Así que ese loro existe y es alemán.
-El pasaje de Kio, esa velocidad con que se ramifica el flashback me recordó a Copi. El modo de condensar acontecimientos en apenas breves líneas.
-Copi era desaforado, no solamente genial. La historia de Kio (una violinista colombiana, de origen japonés, de la que el psiquiatra estuvo enamorado antes de conocer a su mujer actual, y que muere en un accidente) es un relato adentro de la novela, una nota dramática en la partitura, ésa es su función y no me parece que hubiera sido acertado expandirla o descomprimirla. Es una piedra en el zapato del protagonista. Algo que no se ve pero se siente siempre.
-Usted es autor de novelas que tienen comienzos fuertes. Sin embargo, creo que esa intensidad se ha mantenido, en este caso, a través de todo el texto, es decir, jamás decae. ¿Le preocupa el suspenso cuando va hilvanando las frases de cada libro que escribe?
-En este caso no estaba interesado en el suspenso en particular, sino más bien en una cierta tensión, en una serie de amenazas: hay un puma hambriento rondando la casa, hay una periodista que publica información sobre el paradero del protagonista, hay curiosos que se acercan a mirar su trabajo en la cascada, y por supuesto también está Borgestein, que podría aparecer de un momento a otro…
-Usted fue amigo de Jorge Di Paola, Miguel Briante y, desde luego, continúa siéndolo de Daniel Guebel. ¿Qué es lo que más extraña de Fogwill?
-A Fogwill yo lo extraño completo. Fuimos muy amigos. Vivió un año entero en mi casa. Y fue siempre el primero en leer lo que yo escribía, desde mi primer libro hasta el último, excepto "Borgestein". A veces hojeo la novela y me pregunto cómo la hubiera leído. Sé qué páginas le hubieran gustado y por cuáles hubiéramos discutido. Durante la escritura de "Borgestein" corregí varias cosas que su voz desaprobaba al otro lado de la línea. Por supuesto, no me refiero solamente a la línea de teléfono. Fogwill sigue ahí. Fue el mejor y más generoso lector que conocí, y lo sigue siendo. ¡Todavía lee y opina!
-Se sabe, puesto que lo dijo en más de una ocasión, que a la hora de escribir no tiene mucha simpatía por los grandes temas. No es el único que piensa así, tenemos el caso de Guebel, Aira. Ahora bien, ¿qué temáticas le gusta leer en otros autores?
-No tengo temáticas preferidas. Me gustan las historias perversas de Kawabata, los relatos ingenuos de Le Clezio, que leí por primera vez esta semana, las mini-mitologías de Raymond Rousell... La lista es larguísima.
-Antes de finalizar, hay algo curioso que me gustaría preguntarle. Entre las muchas y diversas cosas que hizo en su vida, gracias a usted se conoce la única entrevista al poeta Héctor Viel Temperley. ¿Podría referirse a ese acontecimiento?
-Sí, es el único reportaje que le hicieron, y no alcanzó a verlo publicado. Todavía hoy me da rabia lo que pasó. Fue así. Viel llevaba siempre un hacha en el baúl del auto. Cuando veía un árbol caído, bajaba y se ponía a hachar. Lo hacía como ejercicio. Un día estaba hachando en los bosques de Palermo y se desmayó.
Tenía un tumor en la cabeza. En esa época escribió "Hospital Británico". Ya había publicado por lo menos dos libros gloriosos, "Legión Extranjera" y "Crawl". Yo trabajaba en una revista que se llamaba "Vuelta Sudamericana" y que salía una vez por mes. Le propuse un reportaje. Se alegró como un chico. Fui a su casa y hablamos un rato largo y yo grabé y desgrabé y, antes de llevarlo a la redacción de la revista, se lo fui a mostrar por si quería corregir algo. No tocó ni una coma. Estaba contentísimo. Siempre me llamó la atención lo contento que estaba por un reportaje.
El día del cierre de ese número me entero que el editor había pasado el reportaje para el número siguiente. Le conté que Viel estaba muy enfermo, que ese era el único reportaje que le habían hecho en su vida y que tenía muchas ganas de verlo publicado. Pero no hubo caso. Levantó el reportaje y puso otra cosa en su lugar. Ahora Viel iba a tener que esperar treinta días más. Durante ese tiempo su salud se deterioró.
Había hecho un tratamiento con rayos, estaba muy débil y siempre en cama. Yo empecé a visitarlo con regularidad. Y, cada vez que llegaba, lo primero que hacía él era preguntarme: "¿Y? ¿sale?". Murió apenas unos días antes de la aparición de la revista, con el reportaje publicado.
-Usted parece nunca detenerse. Lo veo entusiasmado. ¿En qué está trabajando ahora?
-En una película que filmé unos meses atrás. Ahora estoy haciendo el sonido. Se llama "Bomba", y es la historia de un adolescente que se zambulle en el único taxi libre que ve en un embotellamiento, y que resulta ser un coche bomba. El conductor es Jorge Marrale. El pasajero es Alan Daicz. También hay una pequeña participación de César Aira, como presentador de un libro de historietas. Espero estrenarla a principios del año que viene.
-¿Qué prefiere, escribir o filmar?
-Las dos cosas. Cuando filmo, filmar. Cuando escribo, escribir. Y podría agregar: cuando no sale, salir.