26 de marzo de 2016 - 00:00

Belgrano Rawson: “Los escritores somos cuentapropistas”

Desde “No se turbe vuestro corazón” hasta “Vamos fusilando mientras llega la orden”, Eduardo Belgrano Rawson ha construido una obra narrativa lúcida, visceral y bella. El 7 de abril, el escritor puntano brindará la conferencia inaugural en el Festival Nac

Dijo Saccomanno que dijo Peter Handke: “La literatura se está yendo al carajo. Y la responsabilidad es de los escritores”. Hay, entre el palabrerío fútil, autores que se convierten en faros. Pacientes labradores de relatos que trabajan en dos planos -el de la macro historia y el de las historias personales- con original y seductora fluidez. Belgrano Rawson es un escritor para los oídos. Leerlo es escuchar. Con su potencia coloquial nos arroja al meollo de la cuestión. Sus novelas y cuentos pueden ser historias íntimas o públicas; pueden amasar la vida secreta de nuestra América en las empanadas de su tía.

“Vení llorado”, por ejemplo, empieza así: “Mi tía, que también tiene su historia, está cansada de poner la oreja para las tragedias ajenas, sobre todo a partir del Cacerolazo, cuando el país quedó culo arriba y la gente no hacía más que contar miserias. Todo el mundo se cree en derecho a atosigarla con su operación de la próstata o el último asalto que padeció. Total que la buena mujer, cuando te ofrece su casa, sólo pone una condición: que no la usen de paño de lágrimas. ‘Te espero a las ocho’, dice, ‘pero vení llorado’. No quiere que el llanto de los parientes le arruine sus empanadas.”

Hay un llanto. Uno que es más profundo y que va por debajo del humor criollo, de la frase chispeante, de los saltos escénicos. El modo de somatizar en palabras las tragedias, las grietas, los absurdos que entretejen la realidad.

Porque Rawson ha escrito de la guerra. Ha sido periodista. Y la mordida de la realidad le ha dado la dimensión justa para entender que la única posibilidad de mejorar el espejo está en la ficción.

Vive en El Durazno (en su San Luis natal). “A mil trescientos metros sobre el nivel del Mal”, dice el escritor que también fue guionista de historietas y que ahora se asoma al cine.

-Si tuvieras que realizar una historieta con la realidad argentina de los últimos años hasta hoy, ¿de qué género sería?

-¡Hermana, somos un país muy berreta! Sería difícil dar con un género que nos refleje. No creo que la historieta sea el más apropiado. Si yo fuera Fellini, agarraría por otro lado.

Entre 1975 y 1987, Belgrano Rawson realizó varios viajes a Tierra del Fuego. En uno de ellos cruzó a pie y a caballo la Península Mitre, completamente deshabitada, junto a una expedición de biólogos argentinos.

Luego de rastrear los relatos clandestinos de los olvidados (su novela “Fuegia” trata sobre el exterminio de los indígenas en esa zona), comenzó la enorme tarea de buscar y ficcionar las “Noticias secretas de América”.

-¿Cómo crear la "novela de lo real"? ¿Qué diálogo hay entre el novelista y el cronista en tu interior?

-Planteada así, la pregunta me supera. Pero si te referís a “El Sermón de la Victoria”, mi “novela de la vida real”, podría decir que se trata de una historia verdadera, contada por un periodista fuera de forma, acerca de un chico que fue a dar a la cárcel por un crimen que jamás ocurrió. Todo empieza en el colegio donde yo iba y sigue donde vivo ahora, el Valle del Agua Hedionda. Los personajes figuran con sus auténticos nombres.

“Pongamos que conocés a una chica a la vuelta del colegio, que la llevás a su casa y se despiden en la vereda. Que al otro día desaparece y la gente sale a exigir justicia. Que se desata la cacería y una noche tocan tu puerta. Que te torturan y confesás lo que sea, admitiendo que la enterraste. Que vas a dar a la cárcel y tu familia queda en la ruina. Que caen presos tu viejo y tu hermana, sin olvidar a la amiga que te presentó a la chica. Que se llevan a la madre de la amiga, acusándola de abortera. Que tus hermanos van perdiendo el trabajo, pues tu nombre se ha convertido en una mala palabra. Que tus hermanitos dejan la escuela y a la más pequeña la echan de la escolta de la bandera. Que te pescás el sida en la cárcel y que otro preso te da un puntazo y terminás en el hospital. Pongamos entonces que nueve años después, ella vuelve lo más pancha, pues sólo se había ido de casa.” De ese modo comienza “El sermón de La Victoria”, la obra basada en un hecho tan cruel como absurdo de su provincia natal.

Cuando se enteró del caso del chico Madaf, Belgrano Rawson lo invitó a su casa, lo alojó y lo grabó. “Lo hicieron mierda al pibe, lo destruyeron...”, le contó a Saccomanno. También le relevó su procedimiento de narrador. No la “chance facilonga” de transcribir las pilas de casetes y ya. Sino “desconfiarle a la linealidad de los hechos, traducirla a través de la complicación. Encontrar esos momentos no por cotidianos, intrascendentes: una anécdota, la brisa que agita el pelo de la chica que monta la bicicleta del protagonista. ‘Los detalles, los divinos detalles’, les decía Nabokov a sus alumnos de literatura”.

Porque tanto el periodista como el novelista saben que no hay una única verdad y que es precisamente la ficción la que nos para en una lectura subjetiva y eficaz: una lectura en la que estamos dentro.

-¿Cuál es tu visión -hoy- de la relevancia cultural de los escritores de las provincias?

-No creo que tengamos relevancia. Tampoco los de la Capital, me parece. Los escritores somos cuentapropistas. ¿Usted conoce algún cuentapropista relevante?

Pues este cuentapropista pronto viajará a Mendoza. El 7 de abril, a las 20, en la Plaza San Martín de San Rafael, Eduardo brindará la conferencia inaugural en el Festival Nacional de Literatura que aterriza en el sur mendocino. Su título es "La pasión de contar"

-¿Qué te interesa que suceda en el Filba?

-Siempre es grato encontrarse con los lectores y con gente que no puede parar de contar. Y mucho mejor si ocurre en Mendoza. Para los puntanos, cuando yo era chico, eso era como ir a California.

-¿En qué proyecto estás embarcado ahora?

-Hago peliculitas. Es bastante divertido. Estoy trabajando en una serie que se llama Fotonovela. Me gustaría llegar a los 24 episodios. Ahora voy por el sexto.

Su productora, llamada Indigentes Sono Film, tiene una consigna clara: “filmar lo que sea con lo que venga”.

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