La historia es corta: euforia mezclada con cerveza, banderas y gritos en ambos idiomas: español y flamenco. El pequeño de la familia, Lucas, sabe nombres claves: Di María, Mascherano, De Bruyne y Lukaku.
La historia es corta: euforia mezclada con cerveza, banderas y gritos en ambos idiomas: español y flamenco. El pequeño de la familia, Lucas, sabe nombres claves: Di María, Mascherano, De Bruyne y Lukaku.
Aunque los dos primeros ya no serán mencionados en lo que queda del Mundial de Rusia, los dos últimos están a punto de marcar parte de la historia.
Es viernes, temperatura perfecta de verano, no hay lluvias anticipadas.
Nada puede ser mejor, todos los belgas se han aprovisionado con suficiente cerveza y esperan ansiosos el terrible encuentro.
El partido comienza, solo 13 minutos de juego y Bélgica queda en shock. El corazón comienza a palpitar con mucha ilusión. No han pasado más de 30 minutos y el padre de la familia, Kristof, (de origen belga) grita en perfecto español: ¡¡Golazoooo!!
Más gritos, muchos nervios, ilusión, mensajes de aliento desde Argentina. El tiempo que nunca pasa, pero por suerte hay un arquero que parece imbatible frente a los remates de los brasileños.
Final del partido, los belgas que se caracterizan por no mostrar fácilmente sus emociones, salen eufóricos a las calles, bocinas, luces, gritos…
Lo increíble acaba de pasar: Brasil se va de la copa y Bélgica, después de 32 años, renueva sus ilusiones de levantar por primera vez la Copa del Mundo.