"No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie."
Walter Benjamin
"No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie."
Walter Benjamin
En la historia del hombre frecuentemente el poder ha exigido del arte para consolidarse, o el arte del poder. Ambos se han necesitado en una correspondencia en que los conceptos de libertad, de comodidad, se han diluido en horizontes intraducibles.
Hay un pasaje ya muy conocido de la novela de Ricardo Piglia, "Respiración Artificial" (1980) en el cual se narra un posible encuentro entre Hitler y Kafka en el Café Arcos de Praga al cual concurría el escritor, en febrero de 1910. Quizás, la inquietante y maldiciente relación entre el arte y el totalitarismo se encuentra esbozada durante el desarrollo de varias páginas en el músculo de la tensión narrativa pigliana.
Desde los antiguos griegos, el arte ha estado ligado al poder político. En aquellos tiempos los artistas escapaban a la conceptualización actual de "artistas". Eran servidores de los reyes, sin ninguna otra intención que entretener o adornar con sus obras el espacio cotidiano de la realeza. Frecuentemente, esa convivencia estaba sustentada en el convencimiento del origen divino del arte otorgado por esa cualidad de sortilegio que muchas veces rodea a éste.
La propia categorización de artistas tampoco estaba definida: la figura del autor toma cuerpo recién en la Edad Moderna. Estos antiguos oficiantes de lo bello debían, probablemente sin la íntima culpa, especial agradecimiento a quienes lo sostenían económicamente, o en su defecto, a quienes servían.
Pero recordemos que también hubo gobernantes ligados al oficio taumatúrgico de la infinitud. Por ejemplo muchos emperadores de la Antigua Roma: tanto como Adriano, Marco Aurelio, Alejandro Severo y, por supuesto el enigmático Nerón, vieron en las artes una dedicación especial.
Tal vez el ejemplo más perdurable es el del último emperador, embelesado con su propio histrionismo queriendo hacer de Roma un decorado de la antigua Grecia donde él sería el único actor. Si bien el nombre de Nerón ha estado y sigue estando relacionado con la imagen de un desquiciado en el poder, Flaubert decía en una carta: "Admiro a Nerón, es el hombre culminante del mundo antiguo."
Sus escritos, entre los cuales se encuentra la magnífica, La consolación a Livia, tiene versos brillantes. Y como un delicado toque de caos final recordemos que cuando su secretario Epafrodito está próximo a apuñalarlo ayudándolo en su suicidio, las últimas palabras del emperador, según Dión Casio, fueron: "¡Qué artista muere conmigo!", como un actor que ve bajar el telón de su actuación final.
Pero realmente el período más singular y cruento de la historia que sigue dando mucho material de estudio es la época de la Alemania nazi. Hemos oído decir que los soldados alemanes en una pulcra monotonía del terror después de torturar a los prisioneros judíos, demoraban su alma en la exquisitez de Mozart, de Beethoven o leyendo a Goethe.
Pero vayamos hacia la simiente increíble de la dictadura nazi: Adolph Hitler.
En su libro "Mein Kampf", sostiene que su estancia de juventud en Viena fue determinante para su futuro político y su visión del mundo. Había viajado a dicha ciudad porque "Sólo me afligía una cosa: mi talento para la pintura parecía superado por mi afición al dibujo". Sin embargo, al querer ingresar a la escuela pública de pintura de la ciudad de Kafka, fue rechazado.
Esto no le cayó nada bien al futuro Führer de Alemania. Leemos: "Estaba tan plenamente convencido del éxito de mi examen que el suspenso me hirió como un rayo que cayese del cielo". Parece ser que el director le dijo con infinita crudeza que era un inepto para el dibujo y le sugirió, quizás a modo de consuelo, que tenía cualidades para la arquitectura. Imaginemos por unos segundos a aquel hombrecillo delgado e insignificante sosteniendo entre sus manos al odio, el cual, aplicado con voluntad metódica lo llevaría años después, a ser el líder único de la Alemania que conquistaría media Europa posteriormente.
Citemos el capítulo II de "Mi lucha", "Las experiencias de mi vida en Viena"; desde los primeros párrafos suena esa música de tumba que perdura en los párrafos que van construyendo el significado latente de la destrucción y la locura del espanto. El joven Adolph se pasea por la callecitas de Praga deteniéndose aplicadamente en los edificios monumentales y esto es una de las características del arte fascista de todos los tiempos (se puede leer una interesante investigación sobre este tema en las páginas de La Escuela de Frankfurt).
Resumiendo, Hitler fue un artista fracasado en Praga, pasó mucho hambre, tuvo trabajos despreciables y vio a familias enteras degradarse por la pobreza. De allí en más su carrera hacia el poder, lamentablemente, sería una de las páginas más imperecederas de la historia.
Por otra parte, fue también un ferviente admirador de Wagner.
Las reuniones del partido nazi estaban precedidas casi siempre por su música, más específicamente por la admirable ópera Rienzi, der letzte der Tribunen (Rienzi, el último de los tribunos) y, cuentan los franceses, cuando Hitler daba algún mensaje a la Francia ocupada, iniciaba el mismo con música wagneriana. Por otra parte, Hitler se fue rodeando de gente relacionada con el arte. Casi todos los jerarcas nazis eran artistas bohemios o escritores fracasados.
El guía espiritual que inspiró a Hitler fue el poeta Dietrich Eckart, también dramaturgo, notable traductor de Ibsen e introdujo al Führer en el círculo wagneriano de la casa de Wahnfried, en Bayreuth y también frecuentó el círculo nietzscheano de la hermana de Nietzsche, Elisabeth Forster-Nietszche, cuyo marido fue un reconocido antisemita que había intentado formar una colonia aria en Paraguay.
Pero sin duda el personaje más oscuro y no por eso menos enigmático del Tercer Reich era Joseph Goebbels. Éste había estudiado historia de la literatura con el judío Friedrich Gundolf, autor de un extenso poema llamado "César, hombre y leyenda" (1924), donde se exponía la historia narrada como un poema épico, en el cual la cronología y los hechos habían sido reemplazados por mitos y leyendas y conducidas por un héroe único; sin duda que ese poema ya era todo un programa estético del fascismo que haría mella en aquellos hombres. Goebbels era autor de una pieza teatral, El vagabundo y de una extraña novela semiexpresionista, Michael.
Para los líderes de la Alemania nazi, la multitud era una masa informe que debía ser moldeada para obtener una obra de arte. Goebbels decía en una carta al director de orquesta Wilhelm Furtwängler en abril de 1933 que ellos daban forma a la política alemana moderna, "nos sentimos artistas a quienes les ha sido confiada la alta responsabilidad de formar a partir de la masa en bruto la imagen sólida y plena del pueblo." Estos jerarcas del terror eran, bajo la mirada objetiva moderna, hombres cultos.
También Mussolini podría considerarse como otro allegado al arte. En su juventud había escrito una novela anticatólica, "La amante del Cardenal", una obra de teatro sobre Napoleón, Campo di Maggio, además de ensayos y páginas de recuerdos. Ávido lector de Nietzsche –al igual que Hitler-, Barrès y D'Annunzio. En 1922, inaugurando una exposición del grupo plástico Novecento, el dictador italiano dijo: "Hablo como artista entre los artistas, pues el político trabaja sobre el más difícil, el más duro de los materiales, el hombre."
El entrecruzamiento del arte y el poder dictatorial crea en la reciente historia del siglo XX de la Alemania la más factible maquinaria de convencimiento popular que se tiene registro.
Recordemos que Hitler fue querido y defendido por gran parte del pueblo alemán hasta las últimas consecuencias. Sus "puestas en escena" dirigidas a la multitud utilizando el arte junto con los avances tecnológicos fueron deslumbrantes. Sus actos de Nuremberg fueron, como dice Sebreli, "tal vez la expresión más original y uno de los momentos cumbres del arte nazi."
Tal es así que el mismísimo escritor Drieu La Rochelle dijo: "Era una belleza aplastante, no había experimentado semejante emoción después de los Ballets Russes."
Volviendo a la lúcida novela de Piglia, en otro párrafo dice: "Kafka hace en su ficción, antes que Hitler, lo que Hitler le dijo que iba a hacer. Sus textos son la anticipación de lo que veía como posible en las palabras perversas de ese Adolph, payaso, profeta que anunciaba, en una especie de sopor letárgico, un futuro de una maldad geométrica." Sabemos que muchas obras de Kafka, tales como las novelas "El Castillo", "El Proceso", o el relato largo "La colonia penitenciaria", etc., desarrollan con sistemático desdén la más formidable maquinaria del mal y de la asfixia del ser humano por un sistema gigantesco que lo comprime y lo convierte en insecto insignificante.
Seguimos leyendo la novela de Piglia: "La palabra Ungeziefer, dijo Tardewski, con que los nazis designarían a los detenidos en los campos de concentración, es la misma palabra que usa Kafka para designar eso en que se ha convertido Gregorio Samsa una mañana, al despertar." Las obras del esmirriado escritor judío resultan, sin quererlo, un espejismo pesadillesco de lo que vendría luego de unos años en Europa con al advenimiento del nazismo.
En el súbito desierto atroz de la historia, muchas veces asoman afortunadamente miles de ejemplos que marcan el enfrentamiento entre el arte y alguna forma de totalitarismo: aquí el arte es entendido como resistencia, como esa fisura por donde puede drenar la fuerza instituyente de otro sistema de valores en oposición al sistema reinante. El arte en los tiempos totalitarios puede golpearnos con la violencia de la luz en el páramo oscuro del mundo del horror. No obstante eso, esa fuerza anti sistema puede transformarse en otro sistema que se impone y vuelve a osificarse en su significado primigenio.
A modo de conclusión uno se pregunta hasta qué punto la sensibilidad por degustar o apreciar el arte, nos ha convertido en mejores seres humanos o no.
Como hemos visto, el arte ha acompañado muchas veces en la historia de la humanidad procesos aciagos y brutales, teniendo en cuenta que ha sido y es considerado como la expresión estética más alta del ser humano en la cual la conceptualización de lo bello tiene un peso preponderante.
Y para saber apreciar lo bello es necesaria una sensibilidad desarrollada. Ahora bien, ¿ésta es sinónimo de delicadeza? ¿La sensibilidad se traduce necesariamente debilidad? ¿En una cualidad femenina? Estas preguntas a veces se han afianzado en el saber popular como un atributo de la condición artística.
No obstante, la capacidad de absorber y degustar estéticamente de una obra de arte, está ligada sin duda a la entera facultad de admirar el mundo que nos rodea, de dejarse sumergir en esa otra forma de conocer que proporciona el arte; ese mundo organizado a mi medida y a mi espacio.
Arte y totalitarismos convivieron y convivirán, pero no olvidemos que la especulación estética es propia del ser humano y la memoria de la humanidad descansa en el ingenio universal que vive como una luminosidad replegada en cada obra de arte; y esto yace en el imperio íntimo de cada uno de nosotros.