Los viajes a San Juan en la década del 90 por algún tema vinculado al ciclismo, aunque Antonio Matesevach hacia un tiempo que se había retirado de la actividad, tenían para quien esto escribe un encanto y un afecto especial porque permitían el reencuentro con esa leyenda del pedal protagonista de épicas hazañas y de recordadas victorias en las rutas de Cuyo, del país y del mundo.
Quién además en su triunfo más espectacular y conmovedor había hecho posible el increíble milagro de volver a correr después de aquel brutal y criminal accidente que en 1967 casi le costó la vida cuando se preparaba para participar junto a Delmo Demastro, Luis Breppe y Juan Cavallieri en los Juegos Deportivos Panamericanos de Winnipeg, Canadá, clasificatorios para el Mundial de Holanda de ese mismo año y de los Juegos Olímpicos de México de 1968.
Las crónicas de la época recuerdan que una luminosa mañana del 16 de junio de 1967, cuando los integrantes de la cuarteta argentina habían salido a rodar por la Autopista 102 para familiarizarse con el recorrido de los 180 kilómetros de la prueba de resistencia por equipos que se correría un par de días después, el "Payo" debió ser hospitalizado con toda urgencia al ser atropellado violentamente por un automovilista fuera de control que de manera irresponsable conducía en estado de ebriedad a más de 110 km de velocidad.
Ingrato episodio que lo marcó para siempre porque le pudo cortar la carrera, que hasta lo pudo dejar inválido, que lo obligó a retirarse durante cinco temporadas y que le dejó incluso la pierna derecha 4 centímetros más corta.
Tremenda adversidad de la que se recuperó luego de 13 complicadas operaciones por su increíble vitalidad, gran fortaleza física y enorme temple y fuerza espiritual. "Está vivo, está vivo… No lo toquen, no lo muevan" fue el desesperado pedido de Delmo Delmastro cuando se advirtió que había signos vitales en el cuerpo del "Payo" que permanecía inmóvil e inconsciente sobre esa carretera canadiense con la pierna derecha completamente destrozada.
Sus mismos compañeros se cruzaron de acera, detuvieron un vehículo particular, y con gran esfuerzo lo acomodaron en el asiento trasero para trasladarlo al Deer Lodge Hospital, donde quedaría internado.
El propio Delmastro, al que se recuerda como ganador del Primer Cruce Los Andes tras un intenso y colosal duelo con Ernesto Contreras en enero del 67, no dejaba de repetir mientras le sostenía la cabeza con sus dos manos: "Aguantá Payo… Por favor, aguantá".
En ese hospital, donde permaneció tres meses internado, se le practicaron las dos primeras operaciones que permitieron la reconstrucción de su pierna derecha. Además los médicos de aquel país controlaron muy a tiempo el preocupante cuadro.
Matesevach siempre reconoció que aquellos fueron días muy difíciles, en los que sólo podía hacerse entender con su mirada, gestos o ademanes hasta que después pudo comunicarse, hacerse entender a través de una nutricionista residente en ese centro asistencial, Mildred Johnston, la única que hablaba español.
A su regreso a la Argentina continuó internado un año y medio más en el hospital Fernández de la Capital Federal donde le hicieron otras 11 operaciones, incluidas las de la pierna izquierda para extraerle tejido óseo muy necesario para los injertos que recibió. En aquellos viajes, que ahora evoco con nostalgia, el "Payo" me recibía con un fuerte apretón de manos y con un mate cocido en su negocio de bicicletería a la entrada de la ciudad, rodeado de viejos amigos que diariamente pasaban a saludarlo.
También conversábamos en el velódromo del Parque de Mayo donde era un espectador de lujo al que se consultaba permanentemente por sus conocimientos y experiencia.
En esos gratos encuentros, cuando hacía un repaso de su esforzada trayectoria, en la que compartió alegrías y tristezas, y en la que se convirtió en un deportista muy querido en nuestro medio, Antonio solía comentar agradecido: "Pienso que tengo el corazón partido al medio porque una mitad está conmigo acá en San Juan donde nací, me formé y crecí como ciclista en una tierra de campeones y la otra se quedó en Mendoza donde volví a correr después de aquella amarga experiencia que pudo dejarme en una silla de ruedas. En Mendoza fui siempre muy feliz, corrí con alegría, con ganas y me sentí muy seguro. Dejé gratos recuerdos, excelentes amigos, muy buenos compañeros y me llevé la gratitud, el reconocimiento y el apoyo de la gente. Para mí, por ser sanjuanino, resultó siempre el mayor honor que el pueblo mendocino me recibiera y apoyara con tanta devoción y cariño".
Todo ese afecto, admiración y respeto que se ganó entre los paisajes, los viñedos, la montaña y la infinita geografía mendocina quedó demostrado en aquel interminable abrazo con su amigo Ernesto Antonio Contreras en una inolvidable reunión de mayo de 2006 que sirvió de presentación al libro Pedaleando del fotógrafo Santiago Pizarro y del redactor Rodolfo Mikkan en la sede del Círculo de Periodistas de la calle Godoy Cruz.
El "Payo" viajó expresamente desde su provincia y una cerrada ovación de los pedalistas presentes acompañó su ingreso al colmado salón donde el "Cóndor de América", su noble y leal adversario de antiguas luchas, le tributó la honrosa bienvenida para que se sintiera en su propia casa. Se lo recuerda en los años 80 con el equipo Pirelli de Chila y después con los colores de IMPSA, la empresa de don Luis Menotti Pescarmona, junto a Juan Carlos Carmeno, Ramón Fernández, Manuel Cayetano Cortez, Quique Pérez y Videla.
"Fuerte, entero, dominante, en solitario o en pelotón, dueño de la fuga, líder absoluto. Cuerpo y mente en perfecto equilibrio, dientes apretados, músculos tensos, peón de equipo o punta de lanza, solidario con sus compañeros, en el llano o las alturas, con su inconfundible melena rubia al viento. El "Payo", el del milagro, el único, símbolo de la fe y del amor al ciclismo" según la descripción de nuestro diario en un trabajo periodístico editado en febrero de 2009.