25 de julio de 2013 - 22:36

Amantes en el aire

Lo supe desde los títulos iniciales. Esto no iba a ser una buena película, pero voy a fingir que estoy en un cine, en una sala con otros, que no me queda otra que seguir adelante. No podía dejarla, por respeto y también por amor. Tantas alegrías nos dio la Pedro … verdaderamente merece nuestras loas a la mostra camp que es.

Entonces, dispuesta y consciente, uno a uno sufrí cada momento de eso. No pude mirar los créditos finales sin indignación, preguntando por qué alguien haría una película como ésta, que necesidad, que orgullo extraño llevo a su director a estrenarla y no detenerse antes, quizás luego de terminar el guión o, si distraído, pudo creer que los personajes mejorarían el libreto, debió detenerse cuando eso no sucedió al final del rodaje.

Estoy hablando de “Los amantes pasajeros”, la última película de Pedro Almodóvar, con un título desperdiciado a una obra que le queda grande y que peca de literal.

Un vuelo de pasajeros que tienen como destino México, se encuentra varado en el aire por un desperfecto en el avión. La clase turista dormida y la primera, poblada por un grupo de personajes escandalosamente estereotipados, se relacionan con una tripulación con las mismas características.

La vuelta a la comedia y a la estética pop no llegan a ser suficiente (aún con el estilo marcado de Almodóvar) para sostener noventa minutos. Con un libreto tibio, desprovisto de esencia, con personajes confusos y poco participativos que básicamente muestran que no tienen nada para decir.

Tampoco los gags cómicos poco originales son suficientes para mantener al espectador en esta barbaridad de historia que sucede íntegramente dentro de un avión. Podría ser una obra de teatro y quizás así pudiera resultar un poco más llevadera, pero de seguro no encantaría a nadie.

La película salió este mismo año y los críticos se divirtieron mucho dándole, con esperanza creo que no tardará en aparecer la pose “no-entiendo-porque-no-te-gustó-la-ultima-de-Almodóvar”.

Si tenemos en cuenta que es su película número diecinueve y antecedida por la aclamada y perfecta “La piel que habito”, menos aún se puede entender su existencia.

Pero a veces sucede. Se podría decir que los buenos directores cuando hacen malas películas las hacen muy bien mal.

Teorizando un poco, “Los amantes pasajeros” podría haber sido forjada a voluntad, como el hijo idiota que con su sola presencia produce el brillo y lucimiento de sus hermanos. ¿Existirá una palabra (en alemán) para eso? Para las malas películas que Woody Allen hizo entre sus mejores obras o para la seguidilla de discos malos de los Stones previos a “Some Girls”.

Si no existe, debería haber una palabra destinada a las obras malas y torpes, a las personas feas y mediocres, cuya existencia está destinada a resaltar la belleza y funcionalidad de los demás.

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