No estoy acostumbrada a las llamadas telefónicas, a los mensajitos, a los mails, no me acostumbro a nada, todo me sorprende siempre y mucho más las llamadas que me exigen, en medio de la noche, explicaciones. Trabajo, me levanto temprano en la mañana, comprenda, quizás el deseaba ser asesinado; yo creo en su inocencia porque Tomy nunca hizo nada. Hacer nada transforma a la gente en inocente, al menos eso es lo que me enseñaron en la escuela.
El psiquiatra trabaja sobre todo con personas que se sienten deficientes como organismos vivos, y desde un punto de vista objetivo, la mayoría de ellas son física y mentalmente deficientes; pero vestidas con una piel bien acolchada se transforman en zorras y zorros de una idoneidad asombrosa para sobrevivir y para evitar la supervivencia del otro.
Tomy, cuya cola pequeña y larga no fue el orgullo de sus padres y si el objeto de burla de los otros zorros, siempre tuvo los hombros un poco caídos, los ojos desparejos, una risa ridícula o estúpida, en fin, Tomy no era de ninguna forma agradable a la vista. Su estado permanente de existencia podría ser descripto de la siguiente forma: es una tarde de primavera, Tomy atraviesa el Distrito más populoso seguido de una no tan pequeña muchedumbre o turba burlesca o burlona, la mayoría niños, cachorros y enanitos (ninguna criatura más mala hay en el bosque que ellos).
Se encuentra Tomy frente a frente con otro zorro seguido por una muchedumbre similar, de niños, crías y enanitos malos. Al toparse se miran uno a otro, los hocicos se frotan, súbitamente se yerguen, apoyan la espalda contra el árbol más cercano y rugen y amenazan a los perseguidores burlescos con las garras, esas garritas pequeñas de zorros.
Los niños, las crías y los enanitos malos dejan de reír y escapan corriendo, antes se atacan unos a los otros, se despedazan un poco entre ellos en la huida dejando rastros de cabellos humanos, dientes de enanitos y alguna que otra pluma. Los que han visto el suceso llaman a los zorros bestias cobardes y los acusan de tener miedo de pelear como hombres. Llega la policía.
Los abogados de los zorros se hacen un festín como los Skenkis. Antes del juicio comen osos pequeños envueltos en piel de jirafa sazonados con tuco. Se toma su tiempo para preparar la defensa que nada tiene que ver con la ética o la vedad. “Señalando que el acusado ha sido en único en recibir daños físicos, que se hallaba en desventaja numérica, que sus zapatos eran dos números menores y que se veía obligado a comparar sus zapatos con otros mejores, que la naturaleza había alterado cierto balance que rodeaba al cuerpo de cada zorro en el planeta, etc.
Lamentablemente la jueza mona (cuya obsesión fetichista con los humanos la había puesto al borde de un escándalo), con su cabellera de oro y sus relojes, considera a Tomy “uno de esos individuos descarriados que parecen decididos a retrotraer nuestra era a una era de salvajismo primitivo” y lo condena por un periodo de reclusión desusadamente impío, lamentando además que las leyes del momento impidan que de paso se lo azote públicamente. Cuando le preguntan si tiene algo que decir, Tomy el zorro responde sin dignidad y con valor:
“No culpo a los niños ni a los enanos ni a los niños murciélago que se burlaron de mí: a quienes culpo es a los padres que no supieron controlarlos. No puedo culpar a los brutos que me atacaron; culpo a la sociedad que los priva de empleo honrado y no les deja hacer otra cosa que vagar por las calles burlándose de animales inocentes como yo.
Porque soy inocente, los zorros no somos ni fuerte y ni salvajes, pero tampoco mansos y dóciles. Por último no culpo a nadie por traerme aquí, pero diré una cosa: prefiero vestir piel de zorro y sentarme en este banquillo que llevar peluca y dictar una sentencia tan cruel, como la que usted señoría, ha dictado contra mí”.
Y ese fue, políticamente hablando, el final del culto a la zorra inteligente.