9 de septiembre de 2016 - 00:00

“Ni una sola lágrima”

La muerte de Mao Tsé Tung, fundador de la China Comunista, fue como la de un emperador y despejó el camino para la modernización del país, recuerda uno de los pocos occidentales en Pekín en aquel momento.

“La China de hoy nació de ese período” y de la reorientación del régimen favorecida por el fallecimiento, el 9 de setiembre de 1976, de Mao, quien obstaculizaba la apertura económica, explica Ragnar Baldursson.

Ahora Baldursson trabaja como diplomático en la embajada de Islandia en Pekín pero en aquella época formaba parte del puñado de estudiantes occidentales aceptados en China desde el comienzo, en 1966, de las turbulencias de la “revolución cultural”.

Los retratos de Mao estaban por todas partes, eran “omnipresentes”. Incluso en el instituto de lenguas extranjeras de Pekín en el que Baldursson estudiaba desde 1975. Se despertaba con los eslóganes difundidos por los altavoces y se dormía “soñando con Mao”, recuerda.

Poco después de sus estudios de secundaria, Baldursson recibió una beca de la República popular. Era el más joven de la Organización marxista-leninista de Islandia. “Los radicales pensaban que la China maoísta podía ser una solución. Para mí, era un ejercicio intelectual”, comenta sonriendo.

Se desengañó pronto. Sus profesores chinos estaban aterrorizados y rehuían sistemáticamente los temas políticos.

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