23 de julio de 2016 - 00:00

¿Canciller o cancillera?

La conductora del programa se enfrenta a la funcionaria que está al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores y vacila al tener que designarla con el título que le corresponde: ¿debe decir 'canciller' como lo establece el protocolo o, al ser una mujer la que desempeña el cargo, será más apropiado nombrarla como 'cancillera'?

La propia interesada no vacila al responder: “Debe decirse 'canciller', sin dudarlo”. Pero la incógnita ha quedado planteada y, como acostumbramos, recurriremos a la Fundéu y, luego, completaremos la búsqueda con una visita a la Nueva gramática de la lengua española, obra redactada y consensuada por las veintidós Academias nucleadas en la ASALE (Asociación de Academias de la Lengua Española).

La etimología del vocablo nos remite al latín del siglo III de nuestra era, en que aparece el término ‘cancellarius’, para designar a un portero que se encargaba de la puerta secundaria o reja. Más lejos, en latín clásico, hallamos el verbo ‘cancellare’, cuyo significado era el de “disponer un enrejado, cubrir de rejas”; así como el puesto fue evolucionando a lo largo de los siglos, pues en Francia, hacia el siglo XI, aparece el ‘chancelier’ como el encargado del archivo de documentos de un tribunal, también el vocablo sufre un cambio semántico ameliorativo, ya que va mejorando su valor significativo, a lo largo  del tiempo.

En efecto, este nombre deja de designar el ámbito físico de custodio y se aplica posteriormente a un secretario que se ocupa de las relaciones con otros reinos. En la actualidad, este desarrollo ameliorativo se completa ya que, nos dice la Fundéu, es el nombre que recibe el ministro encargado de la política exterior en la mayor parte de los países de América y es equivalente a Ministro de Asuntos (o Relaciones) Exteriores. Añade nuestra fuente de información  que, por extensión, se denomina ‘cancillería’ al ministerio correspondiente.

Además, en Alemania o Austria, sirve para denominar al presidente del Gobierno. En el Reino Unido, designa al ministro de Hacienda con el título de ‘canciller del Exchequer’. Otros usos actuales que se registran son los de “jefe de la secretaría de una representación diplomática”, “rector de una universidad” y “secretario de una diócesis”.

En cuanto a si es correcto formar el femenino de ‘canciller’, las fuentes académicas coinciden en afirmar que se trata de un sustantivo común por su género: decimos, entonces, ‘el canciller’ y ‘la canciller’, cambiando únicamente el artículo.

Según las Academias, los sustantivos agudos terminados en –ar y en –er, y los pocos en –ir y en -ur tienden a ser comunes en cuanto al género: ‘el auxiliar’ y ‘la auxiliar’; ‘el ujier’ y ‘la ujier’; ‘el sumiller’ y ‘la sumiller’; ‘el faquir´ y ‘la faquir’; ‘el augur’ y la augur’; sin embargo, dan validez a las formas ‘bachillera’ y ‘mercadera’, y a las formas ‘juglaresa’ (femenino de ‘juglar’) y a las más raras ‘lideresa’ y ‘choferesa’ (de ‘líder’ y ‘chofer’, respectivamente); por ello, no podría considerarse inapropiada la forma ‘cancillera’, que es aceptada e incluida en el Diccionario del español actual, de Seco y Ramos, aunque continúa rechazada por el Panhispánico de dudas.

Todavía continúa latente la disputa por el femenino de ‘presidente’, pero la última edición de la gramática académica nos dice claramente: “Los sustantivos terminados en -ante o en  -ente, procedentes en gran parte de participios de presente latinos, funcionan en su gran mayoría como comunes, en consonancia con la forma única de los adjetivos con estas mismas terminaciones (complaciente, inteligente, pedante, etc.): ‘el/la agente’, ‘el/la conferenciante’, ‘el/la dibujante’, ‘el/la estudiante’.

No obstante, en algunos casos se han generalizado en el uso femeninos en -a, como ‘clienta’, ‘dependienta’ o ‘presidenta’. A veces se usan ambas formas, con matices significativos diversos: ‘la gobernante’ (“mujer que dirige un país”) o ‘la gobernanta’ (en una casa, un hotel o una institución, “mujer que tiene a su cargo el personal de servicio”); ‘la asistente’ (“persona que asiste a un acto” y “persona que ocupa un cargo o puesto auxiliar a las órdenes de otra”; incluso, se dice ‘el/la asistente social’, para señalar a la “persona titulada cuya misión es prevenir y solucionar problemas de índole social”); en cambio, ‘asistenta’ es la “mujer que sirve como criada en una casa sin residir en ella y que cobra generalmente por horas”.

No nos escandalicemos con los femeninos en –a, pues no debemos olvidar que la obra de Leopoldo Alas Clarín, publicada allá por las postrimerías del siglo XIX, oficializa el femenino de ‘regente’, con el título de su novela “La Regenta”.

También, vemos que, a pesar de la regla que dice que los sustantivos que terminan en –l o en –z tienden a funcionar como comunes (por ejemplo, ‘el/la corresponsal’, ‘el/la portavoz’), algunos sustantivos con esas terminaciones en su forma masculina han desarrollado, con éxito, un femenino en –a: ‘el juez’ y ‘la jueza’, ‘el concejal’ y ‘la concejala’, ‘el bedel’ y ‘la bedela’, ‘el edil’ y ‘la edila’.

En el ámbito militar, son comunes los nombres que designan los grados de la escala: ‘el/la soldado’, ‘el/la cabo’, ‘el/la brigadier’, ‘el/la teniente’, ‘el/la alférez’, ‘el/la coronel’.

Aunque hay mucho por escribir al respecto, concluiremos diciendo que, cuando el nombre de una profesión o cargo está formado por un sustantivo y un adjetivo, ambos elementos concordarán en masculino o femenino, según el sexo del referente; entonces, habrá un ‘primer ministro’ y una ‘primera ministra’; un ‘intérprete jurado’ y una ‘intérprete jurada’; un ‘detective privado’ y una ‘detective privada’.

La gramática no puede aislarse del contexto sociocultural en que transcurre la vida humana; la mujer ha ido ganando lugares antes imaginables únicamente para el hombre y, entonces, el vocabulario, a través del accidente gramatical conocido como “género”, va lentamente reflejando esa evolución.

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