• Sábado, 22 de agosto de 2015
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Patricio Forrester: “Hay que transformar la dificultad”

Define lo suyo como ‘arte público’, lo que involucra desde pintar tachos de reciclaje en barrios conflictivos o murales en hospitales, hasta viajar a Jordania para ponerle color y expresividad a un campo de refugiados sirios. Con Artmongers (su emprendimiento artístico y social), el artista argentino busca propiciar proyectos colectivos orientados al bien común. Y belleza.

Mariana Guzzante - mguzzante@losandes.com.ar

Arte: la expresión o la aplicación de la habilidad creativa y la imaginación humanas. Mongers: un distribuidor de un producto específico, ej. “pescadería”. Antes que comience la charla, Patricio Forrester (nacido en Buenos Aires, residente en Londres) se remite al juego de palabras para explicar dónde está parado en el mundo. Artmongers no sólo es su sitio de internet y su firma; es también la organización con la que se desenvuelve en el territorio creativo.

“La traducción imposible sería ‘artería’, el lugar donde se distribuye arte”, explica desde su departamento en el sudeste londinense. Y expone su visión: “No es algo que está en una galería, escondido detrás de una vitrina, el arte es algo con lo que convivimos e interactuamos todos los días”. 

Con esa certeza, Artmongers desarrolla acciones, como plantar un millar de girasoles en una zona de alta contaminación o hacer un mural digital con adolescentes descontentos de Pepys Estate. Y más: la de adentrarse en el campo de Azraq, en Medio Oriente, para cambiar la retina de 16 mil refugiados.  

Pinta tu aldea
Treinta años atrás, Patricio era un niño de San Isidro con destreza para el dibujo. “Recuerdo que mi hermana me pidió dibujar un tren y lo hice de frente, viniendo hacia mí”. La curiosidad y la perspectiva original se empezaron a notar en el taller de Kenneth Kemble, donde aprendió  la solidez, la disciplina y el potencial de variar sobre lo mismo.  

Tras el paso por la escuela de Bellas Artes P. Pueyrredón, donde se impregnó de otros contextos sociales y de las lecciones de Felipe Noé (“quien me enseñó la responsabilidad de la libertad”), pateó el tablero y se fue a Nueva York. 

Entonces empezó la interminable indagación del quién soy y por qué hago arte. “Y entendí que por más duro que sea, por miles que haya haciendo lo mismo que vos en la metrópolis, no hay que perder el eje y seguir desarrollando tu trabajo”. Su mejor idea fue llevarse el arte puesto, así que diseñó chaquetas. 

Del concepto punk “arte para usar” hizo su propia lectura. “La transgresión correcta puede terminar en una chaqueta pintada; la trasgresión incorrecta te puede meter en cana sin transformar nada”, reflexiona.

Luego, cuando tuvo que sobrevivir en Londres tras su maestría en Goldsmith’s College, hizo de todo: fue cadete, dio cases de tenis, tuvo oficios varios para sobrevivir. 

Pero ya había causado su segundo impacto: como examen final de la maestría, Forrester decidió intervenir el propio salón de clases y convertirlo en un gran tablero de juego.

“La acción consistía en aplicarle una lógica diferente a un contexto opresivo”. Ahí estaba su  potencial. Por eso, se le ocurrió un día intervenir el muro del parque por el que todos los alumnos pasaban. Y luego la pared de un local del barrio. Así, hasta que  la comunidad de los barrios del sudeste de Londres se comenzó a involucrar con sus obras.

“No, no es street art. Lo que yo hago es arte público. El street art es unilateral: el artista dona su obra y la estampa en alguna superficie. El arte público privilegia el proceso. Yo consulto con la comunidad, pues la gente vive con la obra. Hay 6 o 7 murales que todo el mundo reconoce; está bajo la piel del vecindario”.

Artmongers desarrolló una serie de obras visibles en Londres, como su 'n' Hers, Deptford Mármoles, La Clave Brockley y los Cowbins. Muchas de ellas, junto a grupos desafiantes que incluyen adultos con demencia, personas sin hogar y adolescentes en riesgo. 

Cambiar lo adverso, a tu favor 
El centro de Newcomen para niños con autismo, el Hospital Nacional de Niños en Azerbaiyán, la clínica Snowsfields para adolescentes con trastornos mentales, esos son algunos de los contextos donde Artmongers acciona. De hecho, en Argentina, Forrester participa de un proyecto a gran escala llamado El Nido para niños prematuros. 

Y lo mejor es que, junto a Catalina Shovlin (investigadora de la conducta, desarrolladora del proyecto y evaluadora), no para de transferir esa experiencia a nuevos ámbitos.

“Cuando llegué al campo de Azraq  lo primero que sentí fue el vacío: silencio, casas blancas, desierto”, cuenta Patricio. Su primer movimiento fue ir a comprar la pintura al pueblito jordano más cercano, a 200 kilómetros de la frontera con Irak. 

“Se nos ocurrió sumergir las piedras en pintura y colocarlas en el alambrado del perímetro.  Los seis mil niños tendrían entonces que ‘hacer su piedra’, elegir el color, sembrar el cerco de identidad”. Pero una de las autoridades se opuso bajo el argumento de que las piedras se usan allí como armas.

“Entonces, apliqué eso que vengo aprendiendo desde hace años: trasformar la dificultad a tu favor”. Propuso, pues, que éstas llamaran “Peace Rocks” (otro juego de palabras), con el literal  tinte de la paz. 

Desde 2008, Artmongers planeaba una obra de arte participativa en el campamento de refugiados sirios. Hubo que golpear puertas, pedir muchos permisos, juntar dinero para poder llegar. “Lo interesante es que la comunidad del barrio londinense donde opera Artmongers realizó colectas para que fuera posible”. 

Y fue. Por eso, alrededor de una de las plazas del campo de Azraq, los voluntarios pudieron pintar también diseños de rombos sobre los techos de las casas alineadas. De pronto, la monotonía visual adquirió un nuevo dinamismo y otra luz. “Es confortable al ojo”, dijo uno de los refugiados. “Nos ha permitido ver el arco-iris otra vez”, agradeció un árabe conmovido.  

En unos meses, Forrester vuelve a pisar su país. “Voy a Oncativo, llevado por Scorza, la fabrica de camiones de basura, para hacer un par de proyectos participativos y ecológicos en el pueblo. Después probablemente pinte un par de tanques de agua con una obra de temática ambiental y un centro cívico que se cae a pedazos con un mural participativo”.

Interesante sería que el impulso y el trazo de Artmongers se contagie para hermosear cada barrio de cada ciudad. Que una generaciones y más paredes. “El arte tiene el poder de cambiar estereotipos”, demuestra Patricio. 

 

Bio

Patricio Forrester nació en Buenos Aires (1967). Comenzó sus estudios de arte a temprana edad con Kenneth Kemble quien le dio una formación visual y pictórica sólida. Luego estudió en la escuela de Bellas Artes P. Pueyrredón, con Felipe Noé y Silvia Rivas. Vivió en Nueva York y hoy reside en Londres. En Goldsmith’s College de dicha ciudad completó su maestría. Desde ese entonces, se dedica a hacer arte en la calle: formó con su colega y amigo Julián Sharples un emprendimiento dedicado realizar arte público, a veces participativo a veces unilateral. La visión de “Artmongers” es crear un circuito de arte en la vía pública en el sureste de Londres.