Cartagena: el mágico mundo del Caribe

Un paseo por la ciudad surgida de la más descabellada imaginación.

Cartagena: el mágico mundo del Caribe
Cartagena: el mágico mundo del Caribe

“Mis historias responden únicamente a nuestro estilo de vida, a la del Caribe”, había dicho Gabo en una entrevista, y Cartagena de Indias sintetiza ese estilo, lo encierra entre murallas y deja vivir al viajero por algunos días su realidad a medias, entre lo que es, lo que fue y lo que los mitos e imaginaciones desbordadas volvieron real. Entre tanto, una advertencia: no deje de leer los periódicos pues el trabajo periodístico del Nobel, lo destacó como su necesario contacto con la realidad… Tras un viaje a la mágica ciudad lo real no será lo mismo; la ficción, tampoco.

Primera parte

Un cortejo de comunión desfila por las callejuelas empedradas hacia San Pedro Claver, niñas y niños de impecables blancos, moños en el pelo ellas, en el brazo ellos, y las biblias con los rosarios que cuelgan entre sus manos. Las madres corren apresuradas acomodando los pelos rebeldes y dando empujones cada tanto como para que los pequeños no se distraigan el día que recibirán a Jesús en sus vidas.

El calor es agobiante, pero lo que mata es la humedad, nunca mejor dicho. Apenas unos minutos fuera del transfer que conduce al coqueto hotel intramuros, la piel luce brillante, las frentes dejan surcos de agua y el cuerpo todo pegajoso de aire caribeño. El botones, de pulcra chaqueta color café cerrada hasta el cuello, abre la puerta y el ambiente de aire acondicionado, de limonada y bizcochos para los recién llegados, y también de café para empezar con los sabores colombianos, invita a sentarnos en el lobby como dejando atrás del vidrio los cuerpos ardidos.

¿Dónde puedo comprar cigarrillos? El joven de la chaqueta terrosa sale y le grita a Carlos que traiga Marlboro para una huésped. A media cuadra, un caballero de poco más de 50, ignora las altas temperaturas sentado en un minúsculo banquito, con un cajón de madera con cartones de varias marcas. A modo de todo local, dice que esos llegan esta tarde. Si quiero el atado, por ahora quedan 3, el precio es elevado. Los que pasan compran sus cigarritos de a uno, balbucean algo de las noticias y siguen. El comerciante promete traerle los puchos a la argentina a las 17.

Son 11 kilómetros de murallas -erigidas entre 1614 y 1798- para resguardar las riquezas provenientes de Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia. Por nuestros días más de 1.200.000 turistas atraviesan los muros cada año, 600 mil son cruceristas. Todos se mueven entre las calles de dolores y suplicios, de carreteros y del agua, como de los amores perdidos entre pórticos y balcones coloniales (son los de madera) y los republicanos (los de concreto) ambos inscriptos como Patrimonio Cultural de la Humanidad en la ciudad que los asila. Entre agustinos, jesuitas y dominicos la impronta religiosa se dibuja en las cúpulas hacia el cielo y en las espamentosas peregrinaciones, como en las eternas promesas en el mármol.

Por la calle de la Amargura -que da a la Plaza de la Aduana- donde se vendían esclavos, se encuentra la vieja Alcaldía, bastante austera para haber apilado los tesoros del Nuevo Continente que partían con prisa hacia la España enriquecida con el oro de esta sangre. Cuentan que más de 1.800.000 nativos de Guinea y otros países de la actual África fueron comercializados allí.

Poco queda de la primera ciudad que fundara Pedro de Heredia hacia 1533, es que por aquellos tiempos las casas eran de madera, barro y bambú y el fuego era implacable con ellas. Incluso, el mismísimo Francis Drake se encargó de transformar su amenaza en hecho consumado cuando pidió oro para no volver cenizas al caserío; recibió el botín y encendió el fósforo. Aún está la morada que habitó.

La Plaza de la Paz, frente al Portal de los Dulces, fue en tiempos de la colonia la de los Coches. Allí se eleva la Torre del reloj un punto a transitar a toda hora. Un paneo bajo las arcadas ofrece cocadas de verdad y las de guayaba y de leche, en carritos vidriados -por si las moscas- mientras las mujeres vociferan las recetas frescas, seductoras. "Sombreros Panamá y anteojos de carey", chilla un chico a metros. ¡Bueno, somos turistas pero no idiotas! Entonces los productos que vienen de la lejana China asumen su condición y bajan el precio considerablemente, más de un 60%, "y todos ganamos".

Por allí nomás la calle de las Carretas, su denominación obedece a que allí había un carpintero que realizaba las carretelas que hoy se ven en todo el entramado urbano vendiendo cocos. Luego los edificios modernos de la calle Venezuela son el error más altisonante de Cartagena, y el guía lo hace saber; el Parque del Centenario con sus stands de libros y más allá la pintoresca zona de Getsemaní. Por allí vivía la clase trabajadora cuando dependían de los españoles y como la división de estratos sociales era tan notoria,  sus caserones lo demuestran.En las  los carteles rezan las denominaciones de las arterias que signaban los oficios. Hoy la movida rumbera arranca cada noche entre sus límites con no menos de 100 bares y pubs para mover todo lo que se pueda, y nadie se lo pierde. Club Havana, un pedacito también de Cuba entre tanto caribeño arrabal.

Por plazoletas y callejones de cualquiera de los tres barrios principales, el de Getsemaní, el de Catalina de Alejandría o el de San Diego (donde está la vivienda de Gabriel García Márquez) la economía informal que acusa el desempleo del casi 10% en Colombia, muestra su imaginación. Hay moto taxis que llevan a los apurados de un lugar a otro por una módica tarifa, unos 15 pesos argentinos, pero lo más notable son las mujeres que con carros improvisados venden llamadas a celulares. A su lado se forman filas de los que quieren utilizar el servicio telefónico y no es que no haya cabinas  públicas o que los habitantes no tengan sus smartphone, sucede que es más barato aprovechar estas ofertas.

Hacia el sur, el Fuerte militar San Felipe de Barajas reina desde lo alto, las piedras parecen caldeadas al mediodía, hasta su gigante bandera amarilla, azul y roja, transpira mientras flamea. Hacia el frente después de las lagunas de manglares, la ciudad amurallada, a un lado la moderna, que finaliza en Boca Grande con sus  ostentosas cadenas hoteleras de cara al mar, y la más humilde, también en el sur, como un signo irrefrenable de este punto cardinal.

Las Bóvedas, poco protegen del calor pero lo hacen olvidar rápidamente porque entre lo que fueran celdas de oscuras prisiones hay escaparates con todo tipo de producto local y foráneo, por qué no. Hasta el Patrón se vende en remeras.

Amor, cólera y demonios

Llegaron los cigarrillos a las 17. Un viejo marino pide uno de cortesía mientras relata sus peripecias en un barco noruego -verdadera escuela de idiomas- allá por los años 60 cuando llegó hasta la Argentina, recuerda amores y desnuda demonios entre sus escasos dientes, “disfrute la ciudad que desde que es Patrimonio, es un poco suya, señora”, se despide.

No es difícil ubicarse entre murallas. Pasamos por el antiguo edificio del Universal, el periódico donde García Márquez publicó su primera nota, allí también se nutrió de salvajes relatos de verdades que acaecían aquí o más allá, para más tarde dotarlas con su mágica pluma de lo maravilloso, de aquello que alguna vez Alejo Carpentier tituló para dar un marco a la literatura desbordada de Gabriel. Cerca de San Pedro Claver está el Museo de Arte Moderno, por allí Gabo bebía ron casero e infructuosamente recorrió los bares buscando el arlequín que una noche de tragos Cecilia Porras pintó en una desvencijada puerta. Fue ahí cuando concluyó que las "puertas de Cartagena cambian de casa".

Para mí, los relatos de Márquez cambian de locaciones, y todos pueden transcurrir en Cartagena, porque es la mismísima cara de lo desmesurado, de lo real  y maravilloso. Entonces pasé mi estadía buscando el pórtico que la madre de Santiago Nazar cerraría llevando a la muerte a su propio hijo. También busqué el correo al que el Coronel visitaba religiosamente ansiando su correspondencia, descansé en una hamaca bajo el sopor del Caribe y comí sancocho, no de gallo.

Cierto es que la prodigiosa creación de Gabriel García Márquez toma algunos escenarios de la urbe, retrata a alguno de sus habitantes y eso es lo que persigue un recorrido peatonal con audioguía y mapa. Durante dos horas y media, 35 estaciones con citas cortas de la obra con información histórica sobre la Heroica y datos de color.

Así paseamos bajo los balcones tan floridos, como los vestidos de las mujeres enfundadas en trajes de tiempos pasados -las palenqueras- esos que adoran los turistas y que ellas bien lucen para la foto, si tienen ganas. Así llegamos repitiendo caminos hacia el Parque de la Aduana, donde Florentino Ariza bailó toda la noche durante los carnavales según se sabe en El amor en los tiempos del cólera, el gran retrato urbano que nos llevará el día. A poco, la iglesia donde se casó Fermina destrozando el alma de quién más la amaba.

La audioguía pide que miremos un banco de la verde plaza Bolívar. Es en el que durmió García Márquez la primera noche que llegó a Cartagena. No tenía un céntimo, incluso él mismo contó que lo llevaron preso, pero antes los policías le dieron de comer y luego lo encerraron en el calabozo para que no quedara a la intemperie. Enfrente el Hotel Suiza donde viviría mientras trabajaba en el periódico local. Del otro lado el temible Palacio de la Inquisición y en derredor las casas coloniales con tejas en punta hacia las esquinas para atrapar brujas, porque nadie cree en ellas, pero en Cartagena no hay dudas de su existencia. También de la zona tomo al personaje de Melquíades, de Cien años de Soledad, de cuando llegaban desde remotas tierras con sus raros productos a la gran ciudad.

Ábaco, entre la calle de la Mantilla y la de la Iglesia, dicen que fue un reducto de lectura para el escritor. Ahí hoy, café y aire acondicionado por medio, es el sitio por donde todos pasamos para ver si por esas casualidades algún mensaje dejó. A la vuelta, La Paletería, una heladería que de colores y sabores lo tiene todo, aunque nada que ver con el autor.

Es sabido que la historia del famoso libro de los olvidables días del cólera se basa en el amor de los padres de Gabo, Gabriel Eulogio y Luisa Santiaga. La diferencia es que ellos sí se casaron y entonces, como el escritor señaló, dejaron de ser atractivos para el relato literario. También explicó en un reportaje que el amor de los ancianos lo tomó de una historia que leyó en un periódico sobre la muerte de dos estadounidenses de ochenta años de edad, que se reunían todos los años en Acapulco hasta que los asesinó un marino y fueron noticia.

Por la avenida frente al océano y donde la muralla se hace petisa dejando ver desde los ventanales de la casa de Márquez el azul verdusco de las aguas, también se pasa, y el corazón se hace hilacha cuando nos enteramos que un día Gabriel le contó a Jaime que la casa blanca del loro de bronce en la puerta, cerca del parque Fernández de Madrid, es la de Fermina.

El paseo discurre por la Plaza de Santa Teresa, donde se puede observar el sitio en que Gabo entrevistó a Luis Velasco, el marino militar que sería protagonista de Relato de un Náufrago y que es donde desde hace años tiene lugar el Festival Internacional de Cine. Uno de los sitios dilectos de los fanáticos del realismo mágico es la escuela a la que asistía Fermina Daza, la mujer que volvía loco de pasión a Florentino Ariza. Ahí está el Convento de Santa Clara, de oscuros jardines y secretas pasiones.

Y el paseo sigue por las páginas de varios libros. Entre tanto la Plaza de Santo Domingo desnuda a la Gertrudis de Botero en la puerta de la iglesia. En las mesas colindantes las Club Colombia corren como las camisetas de James Rodríguez, que los vendedores ambulantes ofrecen desde $ 15.000 a $ 45.000 según la cara del gringo. La Catedral con hermoso campanario, se ve desde varias calles, dedicada a Santa Catalina de Alejandría, otro de esos tesoros desmesurados que la ciudad deja a la vista. Porque ya habrán notado que todo es desmesura por aquí, es realidad caribeña.

Quizá un paseo en mateo antes del atardecer, cuando las luces de los faroles de las calles de las Damas, las del Estanco de Agua ardiente, la de los Estribos se encienden adelantándose a la luna. Los límites temporales se desdibujan; lo verdadero y lo fantástico se acoplan en la urbe que da toda la razón a Gabriel García Márquez cuando señalaba que la imaginación no es sino un instrumento de la elaboración de la realidad.

Desde arriba, desde la muralla, el Café del Mar se roba la visual hacia adentro y afuera, una limonada o un ron, el calor no cesa, la lluvia quizá llegue y el ocaso entre tanto es extremo, imaginario, quizá real.

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