• Sábado, 17 de junio de 2017
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Acequias

Nada sabían nuestros abuelos Huarpes de ecuaciones, ni pruebas de laboratorio, todo lo hicieron por el principio elemental de la observación, la prueba y los errores.

Por Jorge Sosa  - Especial para Los Andes

 

Las acequias de Mendoza son una maravilla de la Ingeniería Hidráulica, que nada sabía de las Leyes de los fluidos ni de la ley de los vasos comunicantes. La otra noche, en un asado, a las 3 de la mañana, vi que charlaban el Japonés y el Zalazar y entonces supe que se estaba cumpliendo la ley de los vasos comunicantes. 

Nada sabían nuestros abuelos Huarpes de ecuaciones, ni pruebas de laboratorio, todo lo hicieron por el principio elemental de la observación, la prueba y los errores. Capo los abuelos.  Ellos supieron como hacer para transportar el juguito de los glaciares hasta el patio de sus modestas chozas.

 Aseguran los historiadores que la sapiencia sobre el tema les fue legada por los Quechuas que anduvieron por estos lados creando el Camino del Inca a los efectos de que en estos tiempos pudiera declararse Patrimonio de la Humanidad. Puede que los del Cuzco hayan traído conocimiento, pero cierto es que, para su llegada los caminos de agua ya estaban hechos. Por lo tanto, gracias por la ayuda, pero no nos quiten los derechos de autor. Es que ya estaba planteada la lucha contra el desierto. 

Porque no nos podemos olvidar que esto era el Cuyum Mapú de los mapuches, o sea el País de las arenas. Esto era un desierto tan grande que cuando llegó Pedro del Castillo las lagartijas le hacían dedo porque se las querían tomar de acá. 

Los canales, las acequias, fueron las armas de los primitivos que tan primitivos no eran. Así empezó esto que tenemos, el verde, los vergeles, los oasis, que no ocupan mucho espacio. Solo el cinco por ciento de la provincia es verde, el 95 % todavía es montaña y desierto. Pero lo que hay basta para el asombro de los turistas que al verlo en nuestras calles dicen: !Qué pródiga es la naturaleza aquí! La naturaleza las petunias. Aquí no sembró el viento ni regó la lluvia, sembraron y regaron los hombres. Cada árbol en Mendoza encierra la historia del abuelo, ningún verde en Mendoza es gratuito. 

Y esto fue posible por los senderos de agua que pensaron e hicieron los originarios. Las acequias, los huecos callejeros, son una curiosidad para quienes nos visitan y una prueba de identidad para los mendocinos. Si el mendocino no se ha caído nunca en una acequia no es mendocino. Le falta una gran materia en su currículum. 

Hace algunos años las acequias traían agua, para eso habían sido hechas. Pues parece que nos olvidamos del argumento de fundación, porque ahora raramente traen agua, habitualmente traen vasitos plásticos, botellas de gaseosas, pañales descartables con notorios descartes, tía solteronas todavía usables, afiches de políticos vencidos (vencidos los afiches y los políticos), Citroën 2 CV, lavarropas a paletas, zapatilla sin par, servilletas de papel de cuando aquí se comía y basura de distinta índole. 

El invierno pasado  fue un invierno muy riguroso, algunos días marcaron temperaturas bajo cero. Pues uno de esos días, de mañana, más frío que novia enculada,   yo venia caminando hacia la radio, como tooos los días, y me paró un señor de gran porte. Me asombró su altura. No digo dos metros pero más de 1, 85, seguro. Me dijo con voz profunda: - Che, Sosa, vos que hablás tantas güevadas por la radio. Decí algo de las acequias. Esto ya no es vida, Sosa –

Terminó de decir y se metió debajo de un puente. Era un pericote. Es una realidad, antes las acequias traían agua, ahora pericotes. Esto es como insultar a nuestra madre. Pagamos con mugre lo que nos dio la vida.