30 de agosto de 2014 - 00:00

Vlady Kociancich: “La soledad tiene infinitas voces, también el amor”

Acaba de reeditarse la nouvelle “Abisinia”, la que se presenta muy actual a 30 años de su lanzamiento original. “Mi imaginación y mi memoria guardan una multitud de novelas. Lástima, ay, que la literatura sea tan larga y la vida tan corta”, se lamenta.

“Abisinia”, nouvelle de Vlady Kociancich, acaba de ser reeditada por Edhasa, y confirma la solvencia de su autora a la hora de construir una de las tramas narrativas más precisas y particulares de la literatura argentina reciente. Su protagonista, el impresionista Durand se halla en la difícil disyuntiva de sacrificar el amor hacia una bella mujer por el reconocimiento postrero de su arte.

¿Qué opción sería la correcta cuando la vocación por la creación pareciera ser el único fin y destino posible? Un ejercicio brillante de disección de memoria, tanto de su protagonista, como del lector. Aquí, las palabras de la escritora, treinta años después de haber ingeniado el curioso desarrollo de la historia decimonónica.

-Comencemos por el evento en sí, la reedición. ¿Podría narrar la circunstancia que posibilitó el rescate de esta tercera novela?, tengo entendido que se apreció mucho más en España, cuando salió por primera vez, en 1985, entonces, el público estaba más acostumbrado a la novela de experimentación.

-“Abisinia” se publicó primero en la Argentina, creo que un año después en España por otra editorial, luego fue traducida en Brasil, Canadá y Francia donde logró una mayor difusión. Pero acá tuvo muy buenos lectores, que es lo que importa. La presentó Abelardo Castillo muy elogiosamente, un honor para mí. El largo tiempo en que no fue reeditada es sólo culpa mía. Apenas publicado un libro estoy escribiendo otro y me desentiendo de los anteriores. Es como si terminara una vida y comenzara otra, fresca, inexplorada y con la ilusión nunca perdida de que el próximo libro será mucho mejor.

Con respecto a la escritura, creo que no hay novelista que no “experimente” en busca de una expresión perfecta de lo que quiere contar. El andamiaje que sostiene una novela o una teoría que se desee exponer me parece que corresponde al interés académico y ese no es mi campo de trabajo. Cuando se me ocurre una historia que me entusiasma, simplemente la escribo. O intento hacerlo. Por supuesto, la narración impone sus dificultades corrientes. Hay que lidiar con los personajes y su ámbito, con la verosimilitud de las escenas y un lenguaje o tono que se ajuste a la historia y al tema. Como decía Henry James, “es el material el que encuentra su forma”. Yo nunca me propongo escribir un tipo determinado de novela antes de empezar a escribirla.

La novela es al comienzo como el rompecabezas de un sueño que tuvimos la noche anterior. Con los años, llego a la conclusión un tanto extravagante pero confirmada por los libros que he escrito, que mi imaginación y mi memoria guardan una multitud de novelas y cuentos que sólo necesitan tomar forma, porque ya están ahí esperando su turno. Lástima, ay, que la literatura sea tan larga y la vida tan corta.

-Es interesante notar con qué solvencia articula y desarticula la trama, siempre alterando la secuencialidad narrativa. El espacio y el tiempo aquí cobran dimensiones peculiares. Acaso la vigencia de este libro, entre otras virtudes, se deba al  modo de solucionar el conflicto desde su aspecto formal. Hay ciertos actos que se reiteran, aunque narrados desde puntos de vista disímiles. Se detecta una progresión tonal (no lineal).

-Creo que a medida que transcurre el tiempo vamos agregando a nuestra identidad más personas que la única que creemos ser, irreconocibles a veces. También el mundo, su realidad, oscila entre el cambio y la permanencia casi eterna de algunas cosas desde nuestra visión humana e imperfecta. En “Abisinia” el mundo se reduce a una casa, un pintor aún joven y célebre al que una enfermedad le impedirá hacer el cuadro que soñaba. El gran artista deja de ser quien era.

Su vida cotidiana, su arte, han muerto antes que él. La historia de ese hombre, su tragedia, su confusión, necesitaba un desdoblamiento verosímil, el que en la vida real produce una gran crisis. ¿Acaso no decimos con naturalidad la frase “Fulano ya no es el mismo”? El personaje se convierte en dos hombres en lucha por su conciencia y sus valores, alterados por la invalidez y una muerte a pocos pasos. En cuanto al uso de distintos puntos de vista, quise acentuar el conflicto entre el pintor e Irene, porque ese tipo de relación amorosa no podía sostenerse en uno solo. La soledad tiene infinitas voces. También las tiene el amor.

-Argentina ha logrado forjar una tradición en torno a libros experimentales. "Ficciones", "Zama", "Rayuela", "El beso de la mujer araña", "Glosa", obras que han concebido nuevos tipos de lectores, más activos y desafiantes. ¿Por la sostenida calidad de su búsqueda, podríamos incluir "Abisinia" en esta lista?

-Los grandes libros que usted menciona, bueno, nunca pensé que fueran experimentales. Los he leído con el placer y el asombro inocente del lector. La originalidad y la calidad de esas obras es mérito de cada uno de sus autores y de su propia y singular visión del mundo al trasladarla a escritura. La teoría y el surgimiento de una tradición son siempre posteriores al trabajo individualísimo del escritor que, a menos que sufra de megalomanía, nunca tendrá absoluta certeza del valor literario de sus libros. Escribir es un oficio solitario y sin garantías. Marguerite Duras, escritora originalísima, afirmaba en sus últimos días que una vez publicado un libro no lograba explicarlo. La duda, dijo, y la ampliaba metafísicamente, es el único estímulo tangible que lleva a la creación.

-El ritmo es un aspecto nodular en su escritura, ¿por qué cree aún que la elegancia sea considerada un atributo literario?

-Dios mío, nunca creí en la elegancia como atributo literario. Precisamente en “Abisinia”, la elegancia aparece como el villano de la historia al ser equiparada a la belleza del arte. Muebles y chucherías importadas de Francia que deforman una hermosa casa colonial, nuevos vestidos exquisitos que llevan a la desconfianza del protagonista por la mujer de la que se enamora. La elegancia, para mi personaje artista y en términos del arte, es una frivolidad que detesta. La belleza está en otra parte. En la modestia de un aljibe, en un patio, en la luz del verano, en el color de ese cuadro que nunca podrá pintar.

Quizá la palabra “elegancia” para describir una prosa sea sinónimo de otras que no encontramos tan a mano, como la utilización armoniosa del lenguaje en busca de la claridad, del tono justo que exige lo que se narra. Uno trabaja con palabras, el más gastado y peligroso de los materiales, y los escritores sabemos que una frase mal puesta, una palabra fuera de lugar, puede arruinar todo un párrafo, toda una escena. De otro modo, ningún escritor perdería el tiempo corrigiendo.

-"Abisinia" está construida a través de capítulos breves, casi todos contienen diálogos. ¿Alguna reflexión sobre la construcción de las conversaciones de sus personajes?, ¿qué aspectos cree que se ponen en juego en ellos?

-El diálogo en la novela tiene dos ventajas. La primera, el aligerar la narración, darle aire. La segunda, mucho más importante, es que permite pasar información, relacionar a los personajes con sus diferencias, y sobre todo a la reflexión más profunda en una o en pocas frases. Salva, digamos, a los aspectos psicológicos o filosóficos de aparecer como un sermón pedante o un paper universitario.

-Entre los personajes figura su protagonista Xavier Durand, pintor exitoso; también Juan, su criado; su marchand Piquet, y desde luego, la exquisitamente delicada y silenciosa Irene, prima del impresionista porteño. Ahora bien, existe otra figura insoslayable, la casa del Temple con su amplio patio donde se desenvuelve parte de la historia. Su presencia –modificada siguiendo la moda francesa- cobra una relevancia sustancial.

-Así es. La casa modificada, borrándose bajo los artificios ajenos, es el espejo de la identidad de Durand. Esa casa del Temple es el mundo del pintor que ve como se altera y se destruye sin que pueda impedirlo.

-Por cierto Vlady, las casas misteriosas parecieran interesarle mucho. Pienso en "La octava maravilla" también…

-Y en otros libros míos, creo. Pero son más bien modestas, de barrio. Quizá me atrae la idea de que las casas guardan a la vez un pasado y un presente, que de algún modo hablan, cuentan. Quizá sea sólo curiosidad humana. Mi curiosidad por la vida, la gente, el mundo, es insaciable. Quisiera conocer todo aún sabiendo que es imposible. No por ambición de dominio. Por el placer del conocimiento, como decía Aristóteles.

-Irene Sáenz atrae por parecer encarnar literalmente un verso de John Keats: "beauty is truth, truth beauty", es decir, para ella la belleza es virtud, la fealdad pecado. ¿Tiene que ver esto con la moral de la posteridad con la que está obsesionado Durand?

-Irene no podía entender que Keats se refiere a la verdad. A lo largo de la historia ella va revelando que su idea de belleza se reduce al ámbito de cosas bellas que provee la riqueza. La fealdad que rechaza nace de un desprecio casi patológico por todo lo que no brille en un salón. El artista es todo lo contrario. De ahí surge el drama de los dos.

-Debido a la invalidez, se registra un desdoblamiento en Durand. Como en Jekyll y Hyde, hay aquí dos personajes que son una misma persona. Un antes y un después de su enfermedad, y dos teorías diametralmente opuestas de concebir el mundo. Su obra pictórica entra en crisis, igual que su identidad.

-Sí, así es. Toda su vida entra en crisis.

-Otro de los temas reflexivos que plantea el libro es esa rivalidad entre la pintura y la fotografía. ¿Cómo cree que hemos llegado a depender de ellas para confeccionar las nociones de realidad y autenticidad?

-En la época en que transcurre mi novela el debate sobre si la fotografía reemplazaba a la pintura con su realismo impecable fue casi feroz. Hoy sabemos que son dos artes diferentes, cada uno con su propio valor. Sin embargo, aún en sus comienzos, la fotografía trajo un nuevo elemento conflictivo, de enorme poder, que llamamos “la imagen”.

Como dice patéticamente el padre humillado de “Seis personajes en busca de un autor” de Pirandello: “¿Vas a condenarme a la eternidad por un minuto de error?” ya que la escena atroz se repite idéntica en toda la obra. Es eso lo que enfurece al artista de mi novela. Una imagen suya y falsa repetida al infinito. ¿Qué diría hoy de internet?

-Hay una frase recurrente en "Abisinia" que reza: "el arte sigue el movimiento de la vida"…

-La verdad, sólo creo que la historia del arte la confirma desde los tiempos más remotos.

-Entiendo que ya se encuentra trabajando en su próxima novela que se desarrollará en México.

-Sí. Transcurre en Yucatán, en la ribera maya. Está bastante adelantada.

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