domingo 28 de febrero de 2021

La escritora Sara Carubín es el motivo de esta columna de hoy de Marta Castellino.
Sup. Cultura

Sara Carubín: el imperativo ético como raíz de la creación literaria

En esta edición de “Cuestión de palabras”, nuestra especialista repasa la obra de esta autora mendocina con gran capacidad para dotar a la literatura de una profunda carga reflexiva.

  • domingo, 24 de enero de 2021
La escritora Sara Carubín es el motivo de esta columna de hoy de Marta Castellino.

[…] Ambos, el dolor y la felicidad son émulos provisorios del arte, que recorre cualquier camino que lleve a la cima de la montaña…”. Sara Carubín

Sara Carubín Marienhoff (1933 - 2016) fue una mujer de temple y una escritora de fuste. Las dos dimensiones confluyen en una obra que es a la vez sensible y elevada, reflexiva y profunda, capaz de expresar con serena alegría tanto los sinsabores como las satisfacciones del diario vivir. La preocupación por el lenguaje corre pareja con la capacidad de explorar por medio de él universos espirituales o de crear -también por intermedio del lenguaje- mundos en los que la imaginación se sustenta en un sólido trabajo de investigación histórica. Sara fue docente en los distintos niveles educativos; publicó varios volúmenes de poesía, narrativa y ensayo y fue presidenta de SADE Seccional Mendoza entre 1996 y 1998.

Su producción literaria comenzó en 1965 con De la vida al silencio, presentado por el poeta Vicente Nacarato. Luego intervino con poemas, prosas y ensayos en varios volúmenes colectivos y antologías, como los anuarios de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Luego de un intervalo bastante prolongado, aparecen dos obras –diversas en cuanto a su contenido e intención– pero parejas en calidad.

En efecto, Tamara (1999), es un sentido homenaje a sus padres, a sus raíces, porque como señala la autora en la página que oficia de dedicatoria, este texto es “la historia de dos familias que provienen de culturas diferentes y trasplantan sus raíces a esta tierra en busca de paz y respeto”. El texto se erige así en un relato atrapante por las vitalidad del recuerdo que lo nutre, pero también en un documento insoslayable para terminar de componer esa vasta sinfonía que es la historia de la inmigración mendocina.

Luego, en 2004, aparece Toribio Alarcón, el dueño, novela que ya desde el título plantea su contenido esencial: las relaciones de poder, sugeridas por el vocablo dueño; las que se establecen en primer lugar entre los poderosos y los humildes, los que son dueños de tierras y hacienda y los que sólo son dueños de sí mismos y de sus afectos. Porque, en un plano menos evidente pero igualmente operante, la novela despliega una trama que obedece a un imperio más poderoso aún que el del dinero: el de los sentimientos. A la vez, en todo momento, a través de la suma de situaciones que van tejiendo los destinos de los personajes hay un mensaje ético que se impone, dando al texto una densidad significativa particular.

Luego, La misión de Martina Rojas (2008) se aproxima en cierto modo a la novela anterior por su captación de un entorno agreste (en este caso típicamente mendocino), sencillo y sufrido como sus pobladores: “pueblo solitario en medio del desierto de arena: casas de adobe, calles de tierra, acequias construidas en el barro de sus cauces, un negocio que ofrecía telas baratas, hilos, agujas, dedales, lana y algo de elementos escolares”. La pretensión novelesca de crear un cosmos completo, tanto en su aspecto físico como en lo que atañe a sus habitantes, implica también la intención de “narrar desde el origen”, desde las raíces familiares de quien será, con el correr de las partes de la novela, su protagonista excluyente, ya anunciada por el título: Martina Rojas, cuya “misión” es dar cuenta de la historia de Hermosilla, su pueblo, de la epopeya fundacional que –en un planteo ético característico de la autora- se equipara con la educación, primero negada por quienes deberían haberse encargado de ella.  Esta capacidad para dotar a la literatura de una profunda carga reflexiva es el nexo de unión que subyace y unifica toda la obra de Sara Carubín. Y esa potencialidad se extrema en Siete estancias (2008), un libro intensamente lírico, compuesto por distintas secciones que combinan la prosa y el verso. Este libro brota del sentimiento, del gozo y del dolor de vivir, mucho más que de razonamientos o construcciones racionales. Y también en él la palabra poética alcanza intensidad de clave, de mensaje cifrado que es necesario descifrar, a favor del recurso al símbolo.  

En 2009 aparece Breviario de viaje, título significativo en tanto “breviario” es –en su primera y más pertinente acepción- el libro eclesiástico que contiene las oraciones correspondientes a todo el año, y “viaje”, un desplazamiento en el espacio. En realidad, la misma autora juega con los términos y nos embarca en ese itinerario espiritual que todo ser humano, al llegar a una cierta altura de la vida, hace hacia el centro de sí mismo, y en el que la brújula no señala otro norte que el crecimiento interior. Es, en última instancia, un libro de búsqueda: búsqueda del sentido de la existencia –anhelo de toda la humanidad- pero también del interlocutor que sea capaz de dar una respuesta (o La Respuesta).

En 2010, Sara publicó Vicente S. Carubín, poeta del silencio (1894-1968), volumen que reúne dos obras del autor, su padre: Ansiedad; Poemas en prosa (1° edición: 1938) y Prosas y comentarios, una serie de escritos inéditos: ensayos, poemas, biografías, crítica…, así como una recopilación de artículos publicados por el autor en distintos medios periodísticos de la época, textos que fueron compilados para su edición.

De 2012 es el opúsculo Epístola a mi madre, que contiene en primer lugar una recapitulación de su vida y obra y una serie de agradecimientos. A continuación, la remembranza de la madre fallecida asume la forma ya aludida en el título y da pie a una emocionada semblanza en la que se evoca por igual a la madre y al propio hijo fallecido en 1976. Su obra siguiente, El descubrimiento (2015), es –sobre todo- una historia de amor en sus múltiples posibilidades: amor de madre, amor de padre, amor filial, amor de pareja, amor a Dios… valencias todas que la autora enumera en su reflexión, extendiéndola además a una esfera cósmica que abraza el Universo entero en un común anhelo de plenitud.  

En toda su obra Sara elige reflexionar sobre los grandes temas del ser humano: la Soledad, el Amor, el Dolor, el Miedo, la Mentira, la Muerte y el Arte. En suma, sentimiento, experiencia y expresión, una tríada de conceptos que rigen el discurrir de sus páginas. En su obra, el lenguaje sentencioso o inquisitivo alterna con expresiones plenas de gracia poética, con auténticas confesiones de un alma que en medio de un proceso de crecimiento interior quiere compartir sus riquezas con sus hermanos. Porque junto a la vivencia subjetiva encontramos siempre un profundo sentido social, un volver los ojos a la historia reciente cuando no al presente, como asidero de las verdades que se explayan. 


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