jueves 25 de febrero de 2021

Leopoldo Lugones fue amigo de Ruiz, y llegó a visitarlo dos veces en nuestra provincia.
Espectáculos

Cuestión de palabra: Eduardo Ruiz, el amigo de Leopoldo Lugones

En una nueva columna, Marta Castellino indaga sobre la importancia de este poeta mendocino, un eslabón entre el modernismo literario y el regionalismo.

  • domingo, 17 de enero de 2021
Leopoldo Lugones fue amigo de Ruiz, y llegó a visitarlo dos veces en nuestra provincia.

Eduardo Ruiz (1866 -1908) nació en Mendoza. Desde muy joven se distinguió por sus aficiones literarias y periodísticas. Fue parte de la redacción de El Debate, a partir de 1891, y colaboró, con el seudónimo de Julio Mayo, en periódicos de Mendoza y Buenos Aires, como El Porvenir y Los Andes, donde llegó a ser secretario de Redacción. Su casa fue Salón Literario al que concurrían, entre otros, Carlos Ponce, Juan de Rosas, Julio Leónidas Aguirre, Rodolfo Zapata, Sebastián Samper, Alfredo Herrera…

En 1906 publicó en Buenos Aires un volumen de poemas titulado “Versos”. Sin embargo, la mayor parte de su producción ha quedado dispersa en diarios mendocinos. Mantuvo una sólida amistad con Leopoldo Lugones, quien lo visitó en sus viajes a Mendoza entre 1903 y 1908, año del fallecimiento del poeta.

Si bien tenemos solamente una obra publicada por este autor, resulta muy interesante como eslabón para ejemplificar el paso desde el cosmopolitismo modernista a ese “regionalismo” que despunta en las letras mendocinas con las primeras décadas del siglo XX. Además, Ruiz se muestra en la mayoría de sus composiciones como un versificador ágil y elegante, y un hombre sensible y culto, cuyas lecturas de autores europeos (Víctor Hugo, Bécquer) y argentinos (Mármol, Andrade y otros) se ponen de manifiesto en sus poemas.

En su poesía se destaca la referencia aguda a la realidad circundante. Este cultivo del tema político, según Zonana, justifica su ubicación dentro del movimiento romántico mendocino, junto con la prevalencia de lo moroso o la fusión paisaje / estado de ánimo, además de las referencias intertextuales más o menos explícitas a poetas románticos argentinos, de la denominada “2° Generación romántica” (por ejemplo, el soneto dedicado a “Ricardo Gutiérrez”, “bardo gentil cuya serena / Frente de inspiración resplandecía, / Aquella frente pálida, que huía / Del tumulto social la escena” (Ruiz, 1906: 45).

Algunos de los textos de “Versos” son poemas de ocasión, compuestos para álbumes femeninos. La temática es también variada, si bien predominan (como se dijo) los poemas amorosos, que reflejan las lecturas del autor, románticas (como la de Bécquer, poeta pero también narrador de leyendas) y también de poetas italianos prerrenacentistas: Dante y los cantores del Dolce Stil Novo. Ruiz reelabora todos los tópicos de este tipo de poesía, en particular los símiles y metáforas encarecedores de la belleza de la amada: dientes / perlas; labios rojos / flores de granado, etcétera, según una retórica vigente en la época.

También como testimonio epocal resulta interesante el poema “Luz”: en una cuerda similar a “La voz contra la roca”, introducción a “Las montañas del oro” (1897) de Lugones, pero con menor aliento y pretensiones, este soneto da cuenta del ideario decimonónico y su exaltación de la marcha del espíritu humano. Se celebra su capacidad para desentrañar los misterios del cosmos y en ese proceso de clarificación y libertad, se rechaza todo lo que implique creencia, religión o mito, y se exalta la capacidad de la razón humana, don de Dios, para “abatir las sombras el arcano” (Ruiz, 1906: 41).

De todos modos, sus “Versos”, publicados en 1906, resultan “modernos” en varios sentidos: algunos sutiles prosaísmos, juegos lingüísticos que recuerdan al Lugones del “Lunario” (1909) y una interesante dialéctica entre el paisaje convencional y el realmente percibido, del que aparecen algunas menciones concretas, como la referencia al Challao o a la montaña andina, si bien a los elementos del paisaje efectivamente contemplados se superponen los tópicos de un locus amoenus literario.

La poesía patriótica está representada en el volumen por tres poemas, el primero de los cuales es “La jornada de los Andes”. Se trata de un extenso fragmento de otra composición mayor, dedicada al Gran Capitán de los Andes y su gesta andina. El comienzo, con imágenes grandilocuentes que dan cuenta del silencio y la soledad nocturna, recuerda a “El Nido de Cóndores” de Olegario Andrade, de tema análogo. Siguiendo el gusto romántico por las antítesis, Ruiz destaca el contraste entre la magnificencia de los elementos, perennes, inmutables, y la pequeñez humana, lo que da más realce a las acciones guerreras. El foco está puesto en el campamento patriota y se derrochan hipérboles, anticipatorias (“alma de la futura redención de un mundo”) relacionadas con la hazaña libertadora. Este campamento es descripto también con imágenes encarecedoras, de resonancias clásicas: “homérica legión”, “moderno Prometeo”; el poeta recurre asimismo a los sustantivos colectivos para dar idea de la unanimidad de pensamientos y sentimientos que reina entre los patriotas: “muchedumbre”, “legión”, “solo y grandioso sentimiento”... una suerte de “alma heroica” colectiva, en la que tienen lugar a la vez el “ciudadano libre” y el “soldado”.

Como recursos propios de una poesía destinada a cantar las glorias de la Patria, pueden mencionarse en primer lugar las antítesis, por ejemplo la que contrapone “inmortal independencia hermosa” a “errores de la noche hispana”. O algunas reiteraciones intensificatorias, como la del verbo “vencer”, puesta en boca del Gran Capitán. Igualmente recurre a la metonimia, relación de contigüidad que se establece entre la roca del Ande y el temple de acero del héroe: “la empresa, por enorme, no me arredra / Que está conmigo el corazón de piedra / De las cumbres graníticas del Ande” (Ruiz, 1906: 8)

La celebración de las hazañas patriotas se continúa en el soneto titulado “A Falucho”, “héroe modesto de la patria historia” que murió a manos de los insurrectos –según cuenta la tradición- por negarse a arriar la enseña patria que ondeaba sobre el puerto de El Callao, en Lima: “No pudo la traición cobarde y fiera / Doblegar aquella alma heroica y fuerte /Que antepuso al martirio de la muerte / El honor inmortal de su bandera” (95).

El tono encomiástico aparece igualmente en el otro soneto de tema patriótico, dedicado a “Sarmiento”, a favor de exclamaciones y comparaciones encarecedoras, como las que lo equiparan a un cóndor de “alas tan fuertes como el mismo viento” y cuyas obras tienen “la grandeza de los mares / Y los ardientes hálitos del Zonda” (85). En estos poemas se manifiesta Ruiz como un versificador hábil para encerrar, en el estrecho molde del soneto, a modo de medalla, un retrato enaltecido de la figura histórica o legendaria. Este tipo de poesía patriótica, nacida al calor de la venidera celebración de los fastos del primer Centenario, termina de delinear el talante poético de Ruiz, en esa “encrucijada de los tiempos” entre las corrientes estéticas decimonónicas y el futuro advenimiento de las vanguardias de la década del ’20.