lunes 21 de junio de2021

Un ida y vuelta de amor: “Pupi” ayuda a chicos con cáncer para sanar su propia alma
La misión de Mónica es voluntaria y solidaria. Dedica varias horas a enseñar a los pequeños pacientes. “Aprendí que no hay almas más sinceras que ellos”, confiesa. / Foto: Mariana Villa / Los Andes
Sociedad

Un ida y vuelta de amor: “Pupi” ayuda a chicos con cáncer para sanar su propia alma

Desde que hace 10 años a Mónica Funes le diagnosticaron esa enfermedad se propuso aliviar el dolor de otros y enseña a pacientes del Notti a dibujar y pintar. Dice que recibe más de lo que da.

  • miércoles, 24 de marzo de 2021
Un ida y vuelta de amor: “Pupi” ayuda a chicos con cáncer para sanar su propia alma
La misión de Mónica es voluntaria y solidaria. Dedica varias horas a enseñar a los pequeños pacientes. “Aprendí que no hay almas más sinceras que ellos”, confiesa. / Foto: Mariana Villa / Los Andes

Mónica “Pupi” Funes escuchó su diagnóstico y sintió que el mundo se le venía encima: cáncer de mama con metástasis ósea. Intentó digerir la noticia y, tras preguntarse una y mil veces por qué, supo que no bajaría los brazos. Que, por el contrario, sacaría fuerzas desde lo más profundo para que aquel mal trago se convirtiera en una oportunidad.

Fue allí cuando se acercó a Fundavita, institución sin fines de lucro cuya misión es apoyar integralmente al paciente oncológico y a su entorno familiar, además de promover y aportar a la investigación científica de enfermedades oncológicas.

A 10 años de este episodio y más allá de los obstáculos que sigue imponiéndole la enfermedad, “Pupi” siente que su deseo se cristalizó con creces. “Fue la manera que hallé para salir adelante y puedo asegurar que me cambió la vida”, reflexiona en diálogo con Los Andes.

Para ”Pupi”, el amor que los niños transmiten es su motor para salir adelante. Foto: Gentileza

Y recuerda, con sabiduría adquirida: “Esta misión voluntaria y solidaria me demostró que existen situaciones mucho más graves y dolorosas que la mía”.

Sus limitaciones físicas -no puede hacer esfuerzo físico- llevaron a que Mónica, quien tiene 60 años, debiera jubilarse de su trabajo en Thadi, un centro educativo terapéutico que atiende a niños con dificultades psicofísicas y mentales. Pero ella sentía que podía continuar su vocación desde otro lugar.

“Siempre amé a los niños y tenía mucho para seguir dando”, confiesa “Pupi”. Fue así que se encontró una tarde dictando clases de dibujo y pintura a chicos con cáncer internados en el hospital Humberto Notti.

“Nunca imaginé la satisfacción y el amor que esta experiencia iba a brindarme. Vuelvo a casa con el corazón repleto de alegría; es lo que me mantiene viva y me hace sentir útil y satisfecha”, reflexiona.

Mónica comenzó con clases para niños y adolescentes en la isla 2 del hospital, para luego pasar al SIP 6, todo esto en épocas “normales”. Pero hoy, debido a la pandemia por el Covid-19, las clases se desarrollan en el SIP 2 con todos los protocolos.

“Es algo que no puedo explicar con palabras. El amor que los niños transmiten es el motor para salir adelante. Aprendí que no hay almas más sinceras que ellos”, sostiene.

Si bien “Pupi” no es profesora, dice que lleva el arte en la sangre y que los momentos que comparte con los pequeños entre pinceles, lápices y láminas son inolvidables.

Allí vuelca sus conocimientos como amateur en pintura en lienzo, yeso y madera, entre otros materiales.

A su tarea hospitalaria, Mónica sumó clases de manicuría en seco y esmaltado permanente para adolescentes enfermas que acuden a la propia fundación, ubicada en calle Salta 1829 de Ciudad. “Las chicas están fascinadas y sus familias muy agradecidas. Las horas pasan volando; siempre sostengo que es una actividad terapéutica”, señala esta guerrera de la vida.

Es mucho lo que “Pupi” entrega pero asegura que más aún es lo que recibe y, en ese sentido, agradeció profundamente el apoyo de sus hijos Lucas, Matías y Noelia, que la respaldan desde el primer día porque saben que esta misión la hace feliz.

Mónica recuerda que mucha gente suele preguntarle cómo y por qué se decidió a volcar sus horas a esta tarea y responde que alguien debía hacerlo. “Me sirvió para darme cuenta de que no estoy sola, que hay casos mucho más dolorosos y que no puedo quedarme de brazos cruzados”, asegura.

Así las cosas, desde hace 10 años los talleres de pintura se han convertido en una forma de vida que la retroalimenta. “Elijo todos los días ponerme todas la pilas y salir adelante. No es fácil, mi enfermedad me sorprende a diario con nuevas dificultades, pero no estoy dispuesta a rendirme”, agrega. Y cierra: “Siento que me queda mucho por hacer todavía”.