Un estudio reveló que las ballenas sobrevivieron a siglos de caza indiscriminada

Según la investigación, los primeros que comenzaron a capturar ballenas fueron los vascos en el siglo VI. Foto Ilustrativa
Según la investigación, los primeros que comenzaron a capturar ballenas fueron los vascos en el siglo VI. Foto Ilustrativa

La investigación de CONICET concluyó que la actividad existe desde el siglo VI. Historia y detalles de cómo la población de ballenas pasó de 58 mil en el siglo XVII, a 5 mil en la actualidad.

Científicos de CONICET realizaron una investigación que reveló que hace por lo menos dos siglos las ballenas sufren caza indiscriminada por explotación pesquera. El estudio fue publicado en la reconocida revista Scientific Reports, y contiene archivos desde el siglo XVII hasta la actualidad. La investigadora que llevó adelante la tarea fue Alejandra Romero, quien forma parte del Centro de Investigación Aplicada y Transferencia Tecnológica en Recursos Marinos “Almirante Storni” (CIMAS), perteneciente al CONICET.

Sobre las conclusiones del estudio, Romero explicó: “A finales del siglo XVII, estimamos que había 58 mil ballenas en el Atlántico sudoccidental; hoy, que la población se está recuperando, hay cerca de 5 mil, lo que representa menos del diez por ciento del total estimado previo a la remoción por caza”. Sin embargo, para tomar dimensión de la magnitud que la cada indiscriminada tenía hace 200 años, la investigadora reveló que “en 1830, por ejemplo, llegó a haber menos de 2 mil ballenas” en ese mismo lugar.

Para llegar a esta información, Alejandra Romero tuvo que recabar información de distintas fuentes y entrevistar a varios referentes para poder reconstruir, en números, qué cantidad de ballenas capturaban las embarcaciones de distintos países en esta región del mundo. “Recopilamos una gran cantidad de información y hoy hemos reconstruido la serie de capturas históricas de ballenas desde el siglo XVII hasta la actualidad. Revisar todos esos datos fue un arduo trabajo”, dijo la científica de CONICET.

Ballena Franca Austral en Puerto Madryn, uno de los tantos sectores del Atlántico Sur donde hay caza indiscriminada de ballenas. Foto: Gentileza
Ballena Franca Austral en Puerto Madryn, uno de los tantos sectores del Atlántico Sur donde hay caza indiscriminada de ballenas. Foto: Gentileza

Cómo se hizo la investigación

Para recrear la historia de la caza indiscriminada de ballenas, Alejandra Romero contó que “obtuvimos el acceso a los libros aduaneros del Reino Unido. Ahí se encuentran los registros escritos a mano de todo lo que importaron durante el siglo XIX desde diferentes regiones del mundo. Me llevó alrededor de cuatro meses discriminar los datos de la cantidad de ballenas capturadas en el Atlántico Sur y que llegaron al Reino Unido”.

La idea de la investigación surgió a partir del grupo científico en el que trabaja y que dirige Enrique Crespo, investigador del Centro para el Estudio de Sistemas Marinos (CESIMAR), que tiene por objetivo conocer la historia de explotación de distintos organismos marinos que habitan la Patagonia, así como estudiar los mecanismos de recuperación que permitieron que estos animales sigan presentes en la actualidad.

Documento antiguo de Libro Aduanero, ahora propiedad del Laboratorio de Mamíferos Marinos del CESIMAR (CONICET). Foto: Gentileza
Documento antiguo de Libro Aduanero, ahora propiedad del Laboratorio de Mamíferos Marinos del CESIMAR (CONICET). Foto: Gentileza

El estudio concluyó también que la ballena y otros animales marinos, como lobos y elefantes, eran explotados porque su grasa tenía un alto interés comercial: “Los primeros que comenzaron a capturar ballenas fueron los vascos. Empezaron en el siglo VI y la actividad más importante fue entre el siglo XIII y el XVIII. Se iban desde el Golfo de Vizcaya hasta Terranova y la península de Labrador y ahí tenían bases donde pasaban el invierno y luego volvían con la grasa fundida y otros subproductos de la ballena. La grasa, entre otras cosas, se usaba en lámparas de aceite. Durante la Edad Media, con la grasa de estos animales se iluminó toda Europa”, agregó Crespo.

También, según director del CESIMAR, es importante destacar que en los inicios la captura de ballena se trataba de una actividad que se desarrollaba de manera manual, ya que “se las cazaba con arpón de mano desde pequeñas embarcaciones a remo”. Así, detalló Crespo, “los vascos capturaban unas cincuenta ballenas por año. Era una actividad sumamente riesgosa y quienes cazaban corrían mucho riesgo de sufrir heridas, congelamiento de miembros y amputaciones”.

Historia y actualidad

Con el paso de los años y a medida que la tecnología y las artes de pesca fueron mejorando, la cantidad de ballenas capturadas fue incrementándose. A tal punto, que en diferentes épocas distintas especies de ballena estuvieron al borde de la extinción. “En el caso de la caza de la ballena franca en el Atlántico sudoccidental, los primeros registros de capturas datan de 1602 y fueron llevadas a cabo por la corona portuguesa”, expresó Enrique Crespo.

Posteriormente se sumaron barcos balleneros de bandera americana, británica, francesa y española. “Estimamos que en total se removieron alrededor de cincuenta mil ballenas entre los siglos XVII y XX”, agregó Alejandra Romero. En 1935, la ballena franca austral fue protegida por leyes internacionales, “pero en 1962, por ejemplo, fueron capturadas ilegalmente por embarcaciones soviéticas, 1335 ballenas en aguas internacionales”, dijo Crespo.

Según explicaron los científicos, las políticas de moratoria en la caza implementadas en 1986 por la Comisión Ballenera Internacional permitieron a todas las especies de ballenas recuperar en mayor o menor grado sus poblaciones.

“En la actualidad, la tasa de crecimiento poblacional de las ballenas que habitan el Atlántico sudoccidental es positiva, y nuestro estudio proyecta que para el 2030 habrá cerca de cinco mil quinientos individuos. Y aunque aún está lejos del número máximo de su población original, la comprensión de la dinámica de las poblaciones de ballenas resulta fundamental para gestionar y diagramar estrategias de conservación”, concluyó Alejandra Romero.

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