Tres hermanitos quedaron huérfanos, fueron a vivir a una finca y se convirtieron en alumnos brillantes

Tres hermanitos quedaron huérfanos, fueron a vivir a una finca y se convirtieron en alumnos brillantes
Victoria, Sebastián y Lucía, junto con su tía Rosa.

Los chicos fueron adoptados por sus tíos y viven en El Carrizal de Arriba. Los adultos dicen que los hijos adoptivos son su mayor felicidad. Lucía, Victoria y Sebastián Varela, estudiantes destacados, fueron becados por una fundación por su esfuerzo y elevadas calificaciones.

Lucía, Victoria y Sebastián Varela tenían entre 4 y 11 años cuando la vida los sacudió con crueldad: quedaron huérfanos de madre, quien los había tenido de soltera, y el futuro se les avizoraba sombrío, repleto de tristeza e incertidumbre.

Pero la vida a veces da vuelcos inesperados: esa es la conclusión de esta historia signada por la entrega y el amor por parte de Rosa y Nano, tíos maternos, que luego de haber criado cinco hijos iniciaron una nueva etapa de sus vidas con brillantes resultados.

Porque, si bien los momentos difíciles existieron, en este fragor que todavía transitan comenzaron a disfrutar los frutos con un orgullo inocultable y la tranquilidad de la labor cumplida.

Fueron años de levantarse al alba en la finca y no iniciar la jornada sin antes llevar a los niños en tractor hasta la escuela El Remanso, en El Carrizal de Arriba, Luján de Cuyo. Un esfuerzo compartido que valió la pena con creces a la luz de los hechos: Lucía, de 19 años, es escolta de la bandera y está próxima a estudiar Enología; Victoria, de 15, cumple la secundaria con excelentes calificaciones y Sebastián, de 12, finaliza la primaria con el firme objetivo de portar la Bandera nacional.

Lucía, Nano, Rosa, Victoria y Sebastián. Los chicos quedaron huérfanos y fueron adoptados por sus tíos, quienes viven en una finca. A fuerza de estudio, los tres se convirtieron en alumnos brillantes y obtuvieron una beca.

Los tres, por sus méritos y notas destacadas, fueron apadrinados por el Fondo de Becas de Mendoza (Fonbec), que los apoya económicamente para solventar los gastos de sus estudios.

“¿Qué siento? Una satisfacción difícil de describir. Empecé nuevamente a participar de las reuniones de padres cuando creí que mi vida ya estaba hecha. No me arrepiento”, relata Rosa Varela, con una sonrisa ancha.

Los chicos venían de un proceso duro y triste y por eso Lucía estaba atrasada en el colegio. “Pero desde el mismo día en que llegaron les hablé claro, les exigí el estudio como ley y les aconsejé que aprovecharan la oportunidad que se les presentaba. Y cumplieron al pie de la letra”, repasa.

Rol de padres, pero abuelos

Cuando Rosa y Nano ya eran incluso abuelos, los niños llenaron la casa de ruido y alegría. La tía los define uno por uno y agrega, como si hiciera falta, la felicidad que le regalan a diario.

“Lucía directamente ´traga´ los libros, le exijo y responde y es escolta”, señala, para agregar que Victoria, a quien no pudo celebrarle los 15 por la pandemia, va por el mismo camino mientras que Sebastián “es tan inteligente y dispuesto que luchará por llevar la bandera de ceremonias a fin de año”.

“Nos hemos hecho camino al andar y la recompensa fue enorme ¿Anécdotas? Montones. Una vez fuimos en tractor de compras a Ugarteche y la policía nos detuvo. Un patrullero nos seguía como si fuéramos delincuentes, terminamos en la comisaría”, relata Rosa y sigue riendo.

Muchas veces Rosa se lamenta por todo lo que su hermana se ha perdido con estos maravillosos chicos que dejó a la fuerza.

“Son lo mejor que me ha pasado a esta altura de mi vida y no puedo dejar de agradecer a mi esposo y mis cinco hijos: cuando mi hermana murió los reuní y me brindaron su apoyo total”, recuerda.

Finaliza: “Siempre hablamos con la verdad y les dije que anhelaba para ellos una vida mejor que la nuestra, lejos del trabajo sacrificado en una finca y mucho más cerca del estudio”.

La voz de los chicos

La mayor de los hermanos también pide dejar su reflexión después del largo camino recorrido. “Mis tíos representan todo. Nos dieron las herramientas para estudiar y mejorar en la vida, algo que nosotros no teníamos. Son lo mejor que nos pudo pasar”, señala Lucía, mientras revisa viejas fotos de su paso por el hogar donde, sin pensarlo, le enseñaron a ella y sus hermano lo más valioso: ser personas de bien.

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