Su hija murió en un centro de rehabilitación, está a punto de recibirse de psicóloga y abrirá su fundación

Agustina Cuenca tenía 18 años cuando falleció en un centro de rehabilitación de Buenos Aires en 2013. Su madre, Alejandra, está por recibirse de psicóloga y tiene proyectado abrir una fundación. Foto: Gentileza Alejandra Guiñazú.
Agustina Cuenca tenía 18 años cuando falleció en un centro de rehabilitación de Buenos Aires en 2013. Su madre, Alejandra, está por recibirse de psicóloga y tiene proyectado abrir una fundación. Foto: Gentileza Alejandra Guiñazú.

Agustina tenía 18 años y llevaba 8 meses internada en una comunidad terapéutica de Buenos Aires cuando falleció. Posteriormente se supo que había sufrido maltratos y abandono en el lugar. A ocho años de esa triste tarde, su madre está a punto de recibirse y tiene en mente abrir una fundación para ayudar a jóvenes con problemas de consumo. “A Agus le gustaba mucho ayudar”, explica.

El 11 de noviembre de 2013 a las 16:45, Alejandra Guiñazú recibió la peor noticia que una madre puede llegar a recibir. “Señora, Agustina se suicidó escuchó a la voz del otro lado del teléfono; contundente, fría. El detalle es que Agustina era Agustina Cuenca, su hija de 18 años y quien desde hacía 8 meses se encontraba internada en un centro de rehabilitación en Buenos Aires, lugar al que había llegado a raíz de un problema de adicciones. Precisamente era el director de la institución quien llamaba por teléfono a Alejandra desde el establecimiento ubicado a más de 1.000 kilómetros de la casa de la familia. Un día antes, los padres de Agus habían estado visitando a su hija en el lugar, y acababan de regresar a Mendoza desde Buenos Aires cuando recibieron esta triste llamada (tuvieron que volver a aquella provincia luego del llamado).

Agustina Cuenca falleció un 11 de noviembre, pero de 2013. Se encontraba internado en una comunidad terapéutica de Buenos Aires. Foto: Gentileza Alejandra Guiñazú.
Agustina Cuenca falleció un 11 de noviembre, pero de 2013. Se encontraba internado en una comunidad terapéutica de Buenos Aires. Foto: Gentileza Alejandra Guiñazú.

Ocho años pasaron de aquel trágico e inolvidable día, y esta noche, a partir de las 20, habrá una misa en la Iglesia de los Jesuitas (Colón y San Martín, de Ciudad) en memoria de Agus. “Es una fecha en que se ponen difíciles los recuerdos, pero acá hay que continuar, en homenaje a ella. Me falta muy poquito para recibirme de psicóloga y está encaminado el proyecto que estamos armando con la familia de poner una fundación. Porque hay cosas para hacer después de tanto dolor, y cosas que pueden ayudar a los demás chicos. La idea es empezar a transitar un nuevo camino en lo que le hubiera gustado a Agustina, que es ayudar. Porque ella ayudaba a sus amigos, a la gente de su entorno. Mi negrita es lo más hermoso que hay”, destaca su mamá, quien ya tiene 61 años a Los Andes.

Y es que Ale, como bien describe ella, está completando la carrera de Psicología en la Universidad de Congreso Y su próxima meta es terminar de darle a una fundación que ayude a otros chicos y jóvenes con problemas de adicción, una meta que se planteó desde el mismo momento en que su hija falleció. “No nos hemos quedado en el dolor, estamos tratando de hacer algo y poder ayudar a otras personas que están pasando por lo mismo y no tienen, quizás, las herramientas necesarias para salir adelante. La pérdida de un hijo es un agujero que te queda hasta el resto de la vida. Y uno lo va cercenando de alguna manera con todas las cosas que intenta hacer”, sintetiza Alejandra el mismo día en que se cumple el octavo aniversario de la muerte de Agus.

La estadía de Agus en la comunidad terapéutica donde estuvo internada –así se les llama a los establecimientos orientados al abordaje de personas con situaciones de consumos problemáticos- fue un verdadero martirio, a tal punto de que la familia de la joven (quién hoy tendría 26 años) responsabiliza a los encargados del lugar y a las condiciones en que estaba Agustina allí de haberla llevado a este trágico final. La causa llegó a la Justicia oportunamente, Y es todo esto lo que buscan evitar a futuro con la incipiente fundación.

Fundación Agus

Aunque la pandemia retrasó algunas de las acciones concretas, el proyecto de la fundación sigue más en pie que nunca. “A nosotros nos ha ayudado mucho la contención familiar, buscar objetivos que te ayuden a poder devolver amor a los que están sufriendo ahora. Sobre todo en este contexto en que se ve ven cada vez más chicos con problemas de adicciones, más familias truncadas”, destaca Alejandra.

Ella y el papá de Agustina, Julio Cuenca, quieren convertir todo el dolor en ayuda. #La idea sale a través de todas las cosas que hemos vivido, la experiencia es lo que te ayuda a poder tener fuerzas y dar orden a la vida. Con Julio y con mis hijas habíamos pensado que se llame Fundación Agus, porque todos los amigos la conocían así, así preguntaban por ella cuando llamaban a casa. Esa es la referencia. Creo que ella estaría feliz porque seguimos haciendo cosas para ella”, sintetiza con entereza la mujer.

Además de la fundación en sí, Alejandra y Julio tienen bien en claro la importancia de insistir en un órgano de revisión que controle en detalle la forma en que se trabaja en estas comunidades. “Vamos a hacer mucho hincapié en un órgano de revisión. Lo necesitamos para que pueda hacerse valer la Ley de Salud Mental, porque es algo en lo que se hace mucha agua. Es fundamental ir a las instituciones, ver las técnicas con que trabaja, estudiar en detalle todo”, sintetiza Ale, quien -a más tardar- a comienzos de 2022 espera haberse recibido de psicóloga. “Agradezco a casi todos mis profesores que me han dado una mano y me han contenido en este momento”, se explaya.

La historia de Agus

En 2010, un mes antes de que su hija cumpliera 15 años; Alejandra y Julio notaron un fuerte cambio en el carácter de la entonces adolescente. En esa época le encontraron los primeros cigarrillos de marihuana y, según recuerda su madre, fue el momento en que “se empezó a lastimar y no respetaba los límites”.

Preocupados, comenzaron a buscar asistencia para la chica y así fue como un psicólogo les recomendó comenzar un tratamiento en un centro psicoterapéutico especializado de Mendoza. “Al principio íbamos los 3 juntos, después comenzamos a ir separados (cada uno con un psicólogo), y al final ella ya ni iba”, recordaron los padres de Agus en una nota con Los Andes de 2017. Este primer tratamiento –o intento de tratamiento- se extendió durante 3 años.

Agustina estuvo 8 meses internada en una comunidad terapéutica de Buenos Aires. El 11 de noviembre de 2013 se quitó la vida y la investigación posterior determinó que había sido víctima de un constante descuido por parte de las autoridades. Foto: Gentileza Alejandra Guiñazú.
Agustina estuvo 8 meses internada en una comunidad terapéutica de Buenos Aires. El 11 de noviembre de 2013 se quitó la vida y la investigación posterior determinó que había sido víctima de un constante descuido por parte de las autoridades. Foto: Gentileza Alejandra Guiñazú.

Pero, lejos de ver una luz de esperanza, la realidad de Agus y de la familia se iba tornando cada vez más oscura. La adolescente se puso de novia con otro chico, comenzaron a consumir juntos y, por las noches, ella se escapaba de casa. Más de una vez sus padres tuvieron que ir a buscarla a una comisaría porque la habían encontrado fumando marihuana.

Casi sin alternativas locales y al borde de la desesperación, fue la obra social la que recomendó internar a la chica en el centro de rehabilitación Gradiva Mujeres, ubicado en Buenos Aires. Hacia allí la llevaron Alejandra y Julio, pero no pudieron quedarse junto a ella ni siquiera unas horas. De hecho, durante los primeros 45 días no pudieron ver ni hablar por teléfono con Agustina, aunque sí intercambiaron llamadas con los responsables del lugar.

Pasada la interminable cuarentena, Alejandra y Julio comenzaron a turnarse cada 15 días para visitar a su hija. Así transcurrieron de forma rutinaria los siguientes meses, mientras que en mayo de 2013 la joven cumplió 18 años y debió dar su propio consentimiento judicial para continuar en el lugar.

Triste final

Promediando octubre de ese mismo 2013, Agustina ya evidenciaba con claridad que su estadía en la comunidad era tormentosa. Sus padres destacaron hace unos años a Los Andes que los responsables del lugar le habían dejado de suministrar un medicamento que tomaba -Valcote-, y que la joven había vuelto a tener alucinaciones: “Tenía problemas con muchas chicas, porque entre ellas se robaban ropa, comida y otros objetos”, reconstruyeron sus padres.

Previamente, en setiembre, a los padres de la joven les habían comunicado que Agustina estaba sancionada porque le había sacado las agujas de coser y tejer a una mujer que estaba internada en el lugar, y se había tatuado la pierna. Además le había tatuado su nombre a una compañera.

Una de las últimas veces en que Alejandra fue a visitar a Agustina, recuerda haberla encontrado realmente mal. Ese día su hija le dio una foto de ella misma, donde había escrito un mensaje a mano diciéndole que la amaba y que la perdone por todo. Fue el 10 de noviembre de 2013, un día antes de su muerte. “Le dije que no baje los brazos, pero me desesperé. Le dije a un psicólogo de familia del lugar que el dolor más grande que tenía era que ellos no llegaran a tiempo”, recapituló Alejandra.

"A Agustina le gustaba ayudar a sus amigos, a la gente que conocía", destaca su mamá, Alejandra. Y agrega que la fundación que abrirá será en homenaje a su hija. Foto: Gentileza Alejandra Guiñazú.
"A Agustina le gustaba ayudar a sus amigos, a la gente que conocía", destaca su mamá, Alejandra. Y agrega que la fundación que abrirá será en homenaje a su hija. Foto: Gentileza Alejandra Guiñazú.

Luego de esta angustiante situación, Alejandra regresó a Mendoza ya que no podía quedarse más tiempo con su hija. Pero la amarga sensación la acompañó durante todo el viaje, hasta que –un día después- recibió el triste llamado por parte del director de la institución.

“Después supe que el día en que murió, Agus había tenido una crisis y las operadoras le habían hecho una requisa y le habían tirado todas sus pertenencias. Además la habían humillado adelante de sus compañeras. Agustina decide morir porque la dejaron sin esperanza. La llevaron a esa crisis, la indujeron al acto y no le dieron posibilidad alguna de vivir” rememora su madre. “Las pastillas tranquilizantes que ingirió antes de morir se las dio una de las operadoras de la institución para que dejara de hacer tanto lío”, agrega.

Luego de su muerte, los padres de Agus recurrieron a la Justicia. Accionaron por la vía civil contra Gradiva, la compañía de seguro y la obra social que tenían en ese momento, y lo hicieron por inacción, malos tratos y falta de responsabilidad de los profesionales que tenían a cargo la salud de la joven. El 16 de octubre de 2016 las partes arribaron a un acuerdo y se ordenó a la institución y a la compañía de seguros a abonar un monto “por todo concepto derivado del hecho ocurrido el 11 de noviembre de 2013″.

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