viernes 7 de agosto de 2020

Opinión

Las virtudes de la amabilidad

¿Por qué empeñarse en ser intratable si ser simpático y amable tiene más ventajas?

El ser hosco, tosco, duro en el trato, no trae ningún beneficio. Es más, esto sirve para que cataloguemos al que tiene esa clase de carácter y de actitudes como un ser verdaderamente intratable.

Esto suele ocurrir con los jefes, por ejemplo. Así suelen ser. Al parecer el rango jerárquico los colma a estos de autoridad y ellos, por alguna razón, confunden esa autoridad con la rigurosidad, y entonces tratan mal a los demás y disfrutan de meten miedo a todos apenas aparecen. O, lo que es peor, confunden autoridad con violencia y conforman una violencia de hecho o de palabras que realmente los descalifica.

Pero no hace falta ser jefes. Muchos solemos tener nuestros días así. Preñados de una atmósfera de mufa, o de resentimiento, de pronto nos la agarramos con aquellos que nos quedan cerca, que al final no son otros que nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros familiares.

Volvemos del trabajo con la carga de malos modos encima, entonces no saludamos con un “nuenas tardes” dicho con todas las letras. No. Lo cambiamos por un gruñido, un “¡grrrrrr!” bien notorio que ni siguiera tiene vocales, tal vez porque se las tragó el mal talante.

Esta clase de actitudes causa menudos inconvenientes en los círculos en los que nosotros nos movemos y tiende a crear situaciones tensas de las que es muy difícil salir.

Al parecer la culpa de lo que nos está pasando, que no debe ser nada bueno, la tienen los otros y descargamos en los otros lo que suelen ser frustraciones.

Hay tipos que viven de esta manera, actúan así en cada uno de sus momentos de convivencia y entonces son señalados como “mufados” o, más crudamente, como “insoportables”

No se dan cuenta los tipos de que se consiguen muchas más cosas con amabilidad, con simpatía. La simpatía es la manera de ser y de actuar de una persona, que la hacen atractiva y agradable a las demás.

Cuando la hosquedad cierra todas las puertas la simpatía abre todas las ventanas. En definitiva, ser amable con los demás es demostrarles que estamos contentos de compartir con ellos un trozo de la vida, acariciarlos con una sonrisa y procurar que eso allane cualquier camino hacia un entendimiento.

Hay negocios en los que, cuando entrás, ni te saludan, te ignoran, a pesar de que vos estás ahí para justificarles el negocio. Lindo es cuando te reciben de una manera simpática: eso de por sí ya está vendiendo más que el precio de los productos. Es una forma de agradecimiento: “Te agradezco que hayas venido, me llena de alegría tenerte cerca, me siento bien cuando te veo”.

Yo sé que hay situaciones difíciles en las que cuesta encontrar el camino a la amabilidad, pero es justo en esas situaciones oscuras cuando debe aparecer la luz. Y no hay mejor luz que una sonrisa.

Pero va más allá, es un agradecimiento a la vida misma. Es decir “me siento bien con el día, con la hora y con vos”. Es dejarle el campo abierto para que galopen las buenas intenciones.

La amabilidad es esencial para la convivencia en sociedad. Diariamente, en nuestra vida, estamos obligados a interactuar con distintos tipos de personas (el vecino, el colega, el jefe, el subordinado, el familiar, el dependiente, el amigo, el desconocido) y la armonía de nuestro entorno social, en gran medida, viene determinada por el nivel de amabilidad sobre el cual hayamos fundado esas relaciones.

En este sentido, la amabilidad es fundamental para relacionarnos de una manera positiva y satisfactoria con los otros.

Si hace tiempo que no lo hace, pruébelo. Pruebe a ser amable en cada una de sus intervenciones, ya verá cómo obtiene un resultado que de ninguna manera obtendría con una “cara de poto” .