La magia sigue intacta en el recuerdo: la época dorada de los boliches en Mendoza

Las múltiples pistas de Omero, ubicado en El Challao, fueron un imán para miles durante años. Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
Las múltiples pistas de Omero, ubicado en El Challao, fueron un imán para miles durante años. Foto: Ignacio Blanco / Los Andes

Durante los ‘80 y ‘90 decenas de “templos” de la diversión congregaban a miles de jóvenes. Muchos desaparecieron, otros se refuncionalizaron. El recuerdo de sus personajes.

Dicen que, como ley de vida, uno siempre añora volver a esos lugares o momentos donde fue feliz. Por eso al viajar a los años ‘90 y vagar un poco en los ‘80, no hay mendocino que vivió aquella adolescencia que no guarde con nostalgia historias de los boliches y la mística de la noche.

Es que esta época dorada estuvo marcada por las pistas y sus particularidades. “Todos tenían su magia”, define con precisión Rodolfo “Rodo” Martínez, reconocido productor del ambiente y actualmente miembro de la Cámara de la Industria del Entretenimiento Argentino de Cuyo (Idear).

Las múltiples pistas de Omero, el diseño majestuoso de Sir Lancelot, la casa antigua y los patios de La Chimere, el prodigioso Nonquén y sus mitos, el gigantesco Al Diablo, la tecnología y la innovación de Fórum, El Santo y su inmortalidad. Todos tenían su propia mística que los hacía especiales. Factory, Cemento, Olimpo, Malake y El viejo Chalet en el Valle de Uco, Disc Crazy y La Guapa en el Este. La lista es tan larga como las anécdotas.

El mítico Al Diablo, en Chacras de Coria, luce abandonado hace tiempo. Fue uno de los más convocantes hasta hace 10 años. Foto: Orlando Pelichotti
El mítico Al Diablo, en Chacras de Coria, luce abandonado hace tiempo. Fue uno de los más convocantes hasta hace 10 años. Foto: Orlando Pelichotti

¿Quién no caminó desde Target hasta Cemento, pasando por Sketch, Alquimia, Aloha, Let´s Go, Vacalolo, Runner y Al Diablo? “Era como ir de shopping; era una vidriera donde veías qué boliche pintaba más y te metías”, rememoró Nicolás, que a sus 40 años mantiene intacto el recuerdo de las noches de los ‘90. Junto a sus amigos, a los 15 años pisó por primera vez Chacras de Coria con el motivo que todos los de su edad tenían en ese tiempo: “El objetivo en la secundaria era conocer todos los boliches”, reconoció.

Pero la mística no estaba sólo en la locación, sino que era una más de todas las partes que formaba esa experiencia única y excitante. El ritual empezaba mucho antes del fin de semana. Para los que viajaban de otros lados, consiguiendo la trafic para grupos grandes o el auto de algún padre caritativo para llenarlo con cinco pasajeros. Para los citadinos en la Arístides, con los famosos tarjeteros repartiendo los ‘free pass’. “Ahora son los influencers. Los que eran referentes en los colegios, hoy son referentes en las redes sociales”, explica “Rodo” Martínez en un claro paralelismo con el presente.

El ritual seguía el día de la salida. Los protagonistas coinciden en que “el jueves era para salir de trampa, el viernes de solteros y solteras, y el sábado en pareja”. No existían las previas, como ahora, y no había horario límite ni de entrada ni de salida. “Los boliches largaban a las 4.30 de la mañana y las fiestas terminaban de día”, detalló Rodo.

Tragos, hitazos y espectáculos

Las promociones para ingresar a las pistas variaban, incluso en algunos boliches “se entraba por pareja hasta las 2 am, entonces se armaba la fila y buscabas la chica que te hiciera el aguante para entrar con ella”, recordó Nicolás con nostalgia. Si más tarde tenías la suerte de ser correspondido, “pedías el número de teléfono fijo y te lo anotaban en el brazo o hasta llevabas libretitas chiquititas que se doblaban para anotar el teléfono”.

La Chimere era muy convocante en El Algarrobal. Foto: José Gutiérrez / Los Andes
La Chimere era muy convocante en El Algarrobal. Foto: José Gutiérrez / Los Andes

Una vez dentro, no había problemas: la diversión era asegurada. La mayoría de los boliches superaba las mil personas y los más exponentes, como Omero, Nonquén y Al Diablo, podían incluso pasar las 5.000. “Los tragos más pedidos de esa época fueron ginebra, fernet, whisky y cerveza”, indicó Bruno Tamborini, parte de la familia dueña de Aloha, uno de los más históricos de Mendoza. Algunos todavía extrañan la cerveza de un litro a un peso, una damajuana a $2,50 o el fernet por $5.

Nicolás, por su parte, recuerda que si bien fue cambiando, hubo momentos en los que “se hacía mucha más mezcla y con más alcohol”, como los inolvidables Séptimo Regimiento, Llamarada Moe, Esperma de Pitufo y Corazón de Indio.

“La generación de los ‘80 vivió el pase de los bailes de promoción, a los boliches de Chacras”, explicó Rodo Martínez, en una línea histórica que fue de la mano de la música. En principio sonaban Las Pelotas, Los Piojos, Manu Chao, La Bersuit, La Renga, Divididos y Los Ratones Paranoicos, además de toda la música internacional. Los ‘90 trajeron consigo la cumbia, los primeros reggeatones y, sobre el final, la electrónica. Nadie pasó por un boliche de aquella época sin entonar “La isla del sol”, “Mayonesa” y algún éxito de Vilma Palma.

El lugar, la previa, la música, el alcohol; la época en sí, fue un combo completo e irrepetible. Lo que vivieron aquellos jóvenes, hoy con 40, 50 y hasta 60 años, fue más allá que sólo el boliche. “El ser humano compra experiencia”, resumió Rodo, en coincidencia con Leo Rodríguez, quien trabajó como encargado de boliches como Olimpo, Runner y Al Diablo. “Hacíamos cosas diferentes, no era sólo un boliche al que ibas a bailar sino que había cosas distintas: performances, noches didácticas, espectáculos, shows, mil cosas. Lo que hicimos en Mendoza fue lograr una tendencia donde no sólo era un boliche”, destacó.

El éxito fue tan rotundo en algunos casos que surgieron mitos que se mantienen hasta el día de hoy. El más difundido, tal vez, es el de Nonquén, del que se decía que su dueño le habría vendido el alma al diablo a cambio del éxito del boliche. Aquel gigante de la zona Este recibía entre 5.000 y 10.000 personas ¡todos los sábados! y desde todas partes de Cuyo. “Uno pensaba que eso nunca se iba a acabar, que iba a ser el boliche hasta el fin del mundo”, confesó Nicolás. Para Rodo Martínez, sin embargo, “el secreto fue la constancia, conocer el negocio y sostenerlo”.

Olimpo, el útimo en la fila en Chacras de Coria. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes
Olimpo, el útimo en la fila en Chacras de Coria. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes

No es ninguna novedad: la noche en la actualidad ya no es lo mismo. En principio, “hoy las restricciones son muchas más, casi que no te dejan respirar”, expresó Rodríguez, sumado a que la situación económica del país no ayuda. También, y en un análisis más profundo, con los años cambió el consumo: “Yo creo que el boliche, en aquel momento, era la vida ideal que hoy tienen las personas en las redes sociales. Capaz que estabas re mal, no tenías un peso, pero te ponían lo mejor, te reías, te divertías; ibas igual al boliche a ganar y pasarla bien. El boliche representaba el mostrarse en la sociedad, como hoy lo son las redes sociales”, consideró al respecto Martínez.

De una u otra manera, la época de oro de los boliches mendocinos quedó atrás. El tiempo le ganó a algunos, que hoy yacen entre la vegetación y el olvido. Otros están ocupados por familias sin techo o se reconvirtieron en restaurantes, salones u otro tipo de servicios. Todavía hay de esos que siguen vigentes y dominando la escena, como El Santo, Runner, Cinerama y Aloha. Más allá del presente de cada uno, el pasado hizo su trabajo en la memoria de los mendocinos. Y es allí donde la magia sigue intacta.

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