martes 27 de octubre de 2020

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Adolfo Aguirre, pediatra del Notti, preocupado por la incidencia en niños.
Sociedad

Héroes de la pandemia. Tres luchadores mendocinos contra el virus comparten sus historias

Adolfo, Alba y Jorge son personal de salud y, en estos tiempos difíciles, demuestran más que nunca su vocación de servicio en hospitales abarrotados de pacientes con Covid-19.

Adolfo Aguirre, pediatra del Notti, preocupado por la incidencia en niños.
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Como pediatra y neonatólogo, Adolfo Aguirre supo desde siempre que su carrera era sinónimo de vocación y servicio. Claro que nunca estuvo en sus planes esta pandemia, que lo obliga a trabajar sin descanso y a ponerle el pecho a los cada vez más numerosos pacientes -y de mayor gravedad- en el Hospital de Niños Humberto Notti.

Adolfo, de 45 años, estuvo siempre en la primera línea de atención y atravesó desde marzo el proceso creciente de contagios. Hoy observa con preocupación a niños que sufren patologías de base como leucemia y con el agravante de la Covid-19. Por lo tanto, se advierte una complejización de casos: hasta el momento, en los distintos servicios de internación, se contabilizaron 460 pacientes sospechosos y 160 positivos.

Según cuenta, se ven “más consultas, más internaciones y más pacientes” de moderados a severos y la cifra diaria promedio de pacientes con coronavirus oscila de 13 a 18.

Sin miedos, pero con los cuidados del caso y una vocación intacta, Adolfo padeció en los inicios la incertidumbre lógica: evolución del virus, insumos y capacidad de atención eran incógnitas. “Estuvimos casi dos meses entrenándonos para lo que finalmente llegó”, relata, y agrega que el reconocimiento de la comunidad se hace sentir siempre, aunque también la frustración ante las escasas remuneraciones y la falta de recursos.

En definitiva, dijo, más allá del esfuerzo de los médicos, la lucha salarial, de bonos y aguinaldos, aún continúa. “El apoyo de la gente común, como contrapartida, es invalorable”, concluye.

Alba Quiroga es testigo de mil anécdotas en el Hospital Central.

“Si vieran la guardia, se cuidarían más”

Alba Quiroga, “Albita”, lleva tantos años de trabajo en el Hospital Central, que ya lo siente como su casa. Ingresó como personal de limpieza y hoy se desempeña como ascensorista. Por lo tanto, bromea, es también una suerte de psicóloga en el interior del habitáculo que sube y baja todo el día.

Elegida años atrás como mejor compañera dentro del sanatorio, en estos días confiesa sentirse destrozada: la Covid-19 se llevó a su mejor amiga, la telefonista Viviana Lio. Fue entonces que apareció el miedo, sentimiento que nunca había experimentado en sus años de roce permanente con los virus y las enfermedades.

Diabética e hipertensa, dice que ya dejó de ser aquella joven que ingresó al mundo laboral sin pensar en lo que podría suceder. Por eso sugiere a los mendocinos que se cuiden.

“Si vieran lo que es la guardia, se cuidarían más. No hay que salir, excepto por algo imprescindible. No es broma, veo morir gente. El domingo pasado le tocó a mi amiga”, enfatiza.

“Días atrás hablé con un taxista. Me dijo que no creía en nada, que la pandemia era mentira y respondía a cuestiones políticas. Lo invité al hospital para que él mismo sacara sus propias conclusiones”, reflexiona.

“Hoy vivo con el alcohol en la mano, la máscara, el barbijo y el sulfato. Si fuera por mí, pediría hisoparme todas las semanas. Pero, como si fuera poco, escasean insumos”, señala.

La discriminación hacia el personal de salud es otro tema que llegó con la pandemia. “Estoy orgullosa de mi empleo y amo a mi hospital. Y, sí, estamos en contacto diario con personas enfermas, pero no es delito” sostiene, para agregar que las largas filas en las guardias responden al colapso. “Los profesionales no dan abasto y hay muchos de ellos contagiados”, remarca. Con su sonrisa de siempre, Albita encara cada día con más experiencia y el mismo entusiasmo. Y así seguirá siendo hasta su último día en un hospital que ella siente su hogar.

Jorge Ortiz, enfermero

Enfermero de toda la vida

Jorge Ortiz tiene 65 y lleva casi 30 de servicio en el Hospital Central. Pasó por casi todas las áreas: es una especie de “comodín”. Hoy se desempeña en Odontología.

Dice que no se considera un héroe, sino un “laburante” que cumple con su trabajo con responsabilidad y muy lejos de la ley del menor esfuerzo.

Por el contrario, confiesa que todos los días abre la puerta de su sala con temor, pero con el deseo de hacer lo mejor en este contexto tan particular.

Viudo y vuelto a casar, es padre de tres hijos y fanático del fútbol. Cuando finalizó el servicio militar, allá por 1977, decidió ser enfermero y nunca se arrepintió. En todos estos años cosechó miles de amigos, anécdotas y el reconocimiento de muchos pacientes que pasaron por sus manos. Pero esta pandemia no la imaginó jamás.

“El temor viene solo, pero salgo siempre en alerta, con todos los cuidados y sin obsesionarme”, recalca.

Días atrás, sufrió un susto. Comenzó con un catarro y terminó sometiéndose a dos hisopados. “Si bien me cuido, esperé los resultados aislado. Afortunadamente dieron negativo, me volvió el alma al cuerpo”, recuerda.

Tal vez por su actividad y por el escenario que observa todos los días, dice no entender a los muchos mendocinos que actúan como si nada sucediera. “Gente por todos lados, en la calle, en los parques tomando mate. Hace falta más conciencia y no lo digo solo para cuidarse uno, sino para ser solidarios y responsables con los demás”, reflexiona.

Como sea, Jorge seguirá firme cumpliendo su misión y volcando su experiencia en tiempos difíciles. Lo hará sin dudar hasta el día en que esta pesadilla llegue a su fin.