El Papa en Canadá: la cruel realidad de los pensionados

El Papa Francisco arribó ayer a Quebec y hoy brindará la Santa Misa en el histórico santuario de peregrinación.
El Papa Francisco arribó ayer a Quebec y hoy brindará la Santa Misa en el histórico santuario de peregrinación.

Aproximación a la realidad de los pensionados o internados canadienses, donde niños y jóvenes aborígenes eran sometidos a todo tipo de desculturización, además de sufrir abusos físicos, que inclusive terminaron con la vida de muchos de ellos.

“La soberbia es la madre de todos los pecados”, enseña la Madre Iglesia. Agrego de mi cosecha que la estupidez es la abuela de todos los pecados.

La introducción viene a cuento del cuadro de situación que surge de la visita que el Papa Francisco está realizando a Canada. En entregas anteriores dimos cuenta del perdón que el sucesor de Pedro pidió por el maltrato a poblaciones indígenas, especialmente en los pensionados.

Hemos señalado que más de 150.000 niños indígenas fueron llevados a internados durante muchas décadas, a partir de 1881. Ese sistema es lo que conoce como los internados o pensionados.

La soberbia se me antoja hija de la estupidez pues no entiendo de qué otra manera seres tan frágiles, efímeros e insignificantes frente al imponente Universo que nos cobija podríamos abrigar el menor sentimiento de arrogancia. Solamente nosotros, seres humanos.

La soberbia, uno de los pecados capitales, hizo que los europeos en América miraran en menos a los pueblos de las Primeras Naciones. Fenómeno repetitivo desde el Ártico hasta la Tierra del Fuego (también en otros continentes).

Por eso, algunos de nuestros ancestros europeos despreciaron completamente las creencias, la lengua y la cultura de los pueblos con los que fueron encontrándose en América, porque la soberbia les hizo creer la falacia de que ellos eran mejores.

No solamente mejores, que sólo ellos eran la civilización y las luces; los otros no eran nada.

La RAE define un verbo muy preciso para esa actitud: ningunear.

No cabe duda de que ese choque colosal de culturas iba a producirse tarde o temprano. Cuando se produjo hubo quienes lo entendieron de otra manera, no supieron ver más que su propia cultura y sus propios intereses.

Sólo así podemos entender que alguien abrigara la loca idea de los Pensionados para Autóctonos, motivo del Peregrinaje Penitencial del jefe de la Iglesia Católica a través de Canadá.

Los primeros datan de la época de la Nouvelle France pero hay que decir que fueron conceptualmente muy diferentes. No se obligaba a nadie a internarse en ellos.

A partir de 1883, es decir 16 años más tarde del Acta Fundacional del Canadá, la idea, corregida y aumentada, se extendió por la casi totalidad de este inmenso territorio afectando a casi todos los pueblos que lo habitaban.

Toda persona menor de 18 años era forzada a una brutal inmersión cultural que más bien habríamos de calificar de desculturización. Pretendían borrar el acervo esencial de esa juventud y hacer nacer en ellos la cultura de Europa. La única, a sus ojos.

Por increíble que parezca, este experimento nefasto terminó de desmontarse muy a vanzado el siglo XX, en 1996.

A las personas que sufrieron esa amarga experiencia se las llama «sobrevivientes ».

El Gobierno Federal del Canadá fue el autor del proyecto, su mentor y su ejecutor.

Fueron alrededor de 130 establecimientos por los que pasaron 150.000 internos en todos esos años. En su apogeo, alrededor de 1930, 80 estaban funcionando simultáneamente.

La administración fue confiada a las iglesias cristianas, las iglesias Anglicana, Presbiteriana, Unida y la Católica, que estaba a cargo del 60% de esos sitios.

Se han tejido muchas leyendas negras alrededor de esta historia. La realidad de los números, que en modo alguno puede justificar la barbarie, puede, sin embargo, ayudarnos a entender mejor poniéndonos a salvo de fanatismos y posturas extremas.

Hubo en total 4.000 muertes documentadas, los estudios estiman que el total pudo ser de 6.000, es decir 4% de los internos sucumbieron a la experiencia.

Las cifras son terribles pero han de ponerse en perspectiva para comprenderlas.

La mortandad infantil a fines del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX era altísima.

La tuberculosis, por ejemplo, hacía estragos. En los Pensionados, la mortandad por esta enfermedad casi duplicaba la media canadiense, entre otras razones porque el presupuesto del Gobierno Federal era escaso y los internos no estaban correctamente nutridos.

Abusos físicos, hubo, como los había en todos los otros colegios. La pedagogía de la época se basaba en la letra con sangre entra, así, el uso de la palmeta y otras delicias era corriente.

Se han denunciado abusos sexuales, como los hubo, con seguridad, en otros establecimientos porque ese mal, con ser gravísimo, es mucho más común de lo que solemos creer. Hace poco tiempo, un detective de la Policía de Florida, EEUU, con larga experiencia en crímenes de este tipo dejó una sentencia terrible: «donde hay niños, hay pedófilos».

Sin embargo, lo que parece quedar grabado a fuego en el inconsciente colectivo es que la Iglesia Católica fue la ideóloga y la operadora de un aparato de crueldad gratuita y exclusiva.

Es sólo una forma de contar la historia.

No es lo que se advierte al estudiarla un poco, sólo un poco, más detenidamente y sin prejuicio.

Los abusos son condenables. La idea génesis, fue monstruosa.

Hoy el Papa pide humildemente perdón por los errores de la Iglesia asumiendo plenamente la culpa.

Este gesto tiene el antecedente de Steven Harper, ex primer ministro Federal del Canadá, quien ofreció una disculpa pública en 2008.

A la soberbia original, que produjo tanto mal, opone ahora el Papa la humildad de su pedido de perdón, a Dios y a los hermanos damnificados.

El gesto dará frutos solamente en el alma de aquellos que lo reciban con la misma humildad.

Será inútil y hasta contraproducente para aquellos que lo rechacen, todavía sometidos por el engreimiento.

Se requiere humildad para hacer ese gesto, superar el rencor y aceptarlo a corazón abierto.

Para algunos, dada la profundidad de las heridas, no será fácil.

Ruego a Dios (respetando la concepción que cada uno tenga de Él) que abra la mente y el corazón de todos nosotros y que algún día seamos capaces de vernos como somos, hermanos hechos todos del mismo barro.

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