El juego del calamar: cuando la necesidad nos transforma en herejes

Más allá de defectos y virtudes de la serie de Netflix, el cruel experimento sociológico que anima la trama bien puede ser una metáfora de lo que pasa cuando una necesidad o una ambición nos anima.

“La necesidad tiene cara de hereje”, dice aquel viejo refrán de la Grecia antigua. Quién sabe si tal apotegma es tan conocido en Surcorea como en nuestra cultura, pero sirve para describir a los personajes principales de El juego del calamar, serie escrita y dirigida por Hwang Dong-hyuk, y que es uno de los últimos sucesos de la plataforma Netflix.

La trama ubica a un grupo de perdedores (ludópatas, empresarios sin éxito, abusados, enfermos, desertores) que deciden apostar a ciegas a un juego que les promete ganar todo el dinero que necesitan, y mucho más. El foco está puesto en un par de ellos, pero especialmente en Seong Gi-hun (encarnado por Lee Jung-jae), un chofer que ha perdido todo en apuestas y que, para colmo, se queda también sin su hija.

Cuando él y todos los participantes ingresen a la competición, verán que el entorno reproduce el de muchos de los juegos de niños. Sólo que, en esta ocasión, el premio para quien gane es gigantesco, y mucho peor es el castigo para los que pierden: la muerte.

Debilidades y aciertos de la serie

La serie apuesta al artificio: el escenográfico, el visual, a las alusiones cinéfilas (con guiños a films de Tarantino, de la dupla Wachowski, de Wes Anderson, de John Woo), al flashback, al humor y a la sorpresa. Los personajes, si bien no son del todo planos, muestran meros relieves que se recorren en los dos primeros capítulos. Lo demás es descubrir un par de intrigas y ver si ganará quien suponemos que lo hará.

Es cierto: El juego del calamar tiene todo lo que una serie de Netflix requiere: velocidad, mínima profundidad conceptual e imaginería apta para el merchandising. Pero no deja de acertar en algo: en describir los dilemas vitales ante los cuales, muchas veces, el dinero termina siendo lo más importante. Tal vez en esos juegos inocentes que de niños jugábamos ya radicaba ese tumor infecto.

La serie muestra que bastarían un par de necesidades para que ese tumor aflore y, de pronto y casi jugando, nos convirtamos en herejes.

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