Educar en pandemia: de la adaptación y la virtualidad al reencuentro con los alumnos

En el Notti. Sandra Martín y sus compañeras debieron seguir estrictos protocolos. Foto: gentileza
En el Notti. Sandra Martín y sus compañeras debieron seguir estrictos protocolos. Foto: gentileza

La presencialidad se detuvo pero la educación no. Tres maestras mendocinas en contextos diferentes relatan cómo fue enseñar en cuarentena.

Como en todo el país durante la pandemia, en Mendoza no faltó la educación escolar como tema de debate en cada mesa y red social. Los grandes protagonistas de semejante tarea fueron, y siguen siendo, los maestros. Aquellos que, ante la falta de presencialidad en las aulas, se volvieron más esenciales que nunca.

En el marco de un nuevo aniversario del Día del Maestro, tres docentes dieron a Los Andes su testimonio de cómo es educar en pandemia y las dificultades que enfrentan día a día. En escuelas, en casas o en hospitales, la educación no se detiene.

Hace 10 años que Sandra Martín trabaja en la escuela Silvestre Peña y Lillo, que funciona en el hospital pediátrico Humberto Notti. Allí cubren las necesidades escolares de cualquier niño que, por una u otra razón, estén internados, en su mayoría pacientes oncológicos o con alguna discapacidad. Por cuestiones lógicas deben cumplir el protocolo más estricto de todos, el del hospital, lo que por mucho tiempo les negó la posibilidad de ingresar. “Tuvimos mucha ayuda de enfermeros, médicos y el personal de seguridad, que les hacían llegar los materiales para trabajar”, explicó.

Incluso durante 2020 tuvieron que desalojar la escuela ya que el Notti la ocupó para ampliar las instalaciones para tratar el Covid.

Para Sandra y su equipo de trabajo, la pandemia “fue muy dura”. “Nos falta el afecto de los chicos; el ver el día a día y ayudarlos a cumplir sus tareas”, admitió. Los peores momentos, expresó, fueron cuando enfrentaron fallecimientos de alumnos y no pudieron vivirlo juntos: “Tuvimos que acompañar a los papás por WhatsApp, más de eso no podíamos hacer. En otro momento hubiéramos acompañado y dado un abrazo. Eso es lo más duro, la parte afectiva”, manifestó.

Valentina Arraras tiene 40 años y hace cinco es maestra domiciliaria. Aunque el virus no le dio miedo, reconoce: “Me cuidé mucho más de lo que lo hubiera hecho” si no fuera éste su trabajo. “Son chicos que van mucho al médico; me cuido más pensando en mis alumnos que en mí misma”, confesó.

Es por eso que su protocolo impide que visiten dos casas en el mismo día, por lo que, debió reducir las visitas personales y combinar con clases virtuales. “Algunos directamente no tienen manera de conectarse, entonces lo que hacemos es quedarnos más horas en cada clase”, detalló la docente.

Valentina Arraras es maestra domiciliaria y debió extremar cuidados pensando en sus alumnos. Foto: Gentileza
Valentina Arraras es maestra domiciliaria y debió extremar cuidados pensando en sus alumnos. Foto: Gentileza

Para Valentina, lo peor de su experiencia de educar en pandemia fue sentirse “abandonada” por el Estado. “Siento que hemos estado muy exigidos de todos lados y no hemos tenido los recursos necesarios. Para muchos colegas ha sido terrible el cambio porque no habíamos recibido nunca una capacitación”, comentó acerca de la virtualidad. Y agregó: “No hemos estado acompañados tecnológicamente para cumplir con lo que nos pedían”.

Gabriela Arévalo es maestra primaria en una escuela rural de San Martín y reafirma que, además de generarlos, la pandemia destapó viejos problemas de la educación mendocina. “No es que estábamos mejor antes de la pandemia, veníamos mal. Lo que se nota ahora es el resultado de mucho tiempo”, apuntó. “La sociedad no estaba muy comprometida con la educación y muchos de los maestros tampoco. Estábamos perdiendo el espíritu y cayendo en la rutina y la pandemia nos obligó a ser más creativos y buscar otros caminos”, confesó.

“Me cambió la forma de relacionarme con los chicos, noté que estaba preparada para dar clases pero mis estrategias no eran lo suficientemente buenas”, admitió.

Gabriela Arévalo da clases en una escuela rural de San Martín. Foto: Gentileza
Gabriela Arévalo da clases en una escuela rural de San Martín. Foto: Gentileza

Pese a lamentarse de que los niños “van a tener dos años de retraso en el aprendizaje”, Gabriela cree que la pandemia trajo aspectos positivos. “Muchas familias se volvieron a hacer cargo de un rol que se había perdido y que lo delegaban sólo a la escuela”, destacó. Para ella, los padres “valoraron cosas de la escuela que antes desconocían”, como el aprendizaje básico de leer y escribir, expresar los sentimientos y vincularse con otras personas. A su vez, vislumbra un cambio en los chicos después de tanto encierro. “Ahora disfrutan de ir a la escuela, están mucho más motivados”, afirmó.

Tres testimonios, tres contextos, muchas historias distintas. Todas afectadas por las dificultades que la pandemia trajo a un sistema ya enfermo. Pero queda la esperanza de cómo estas tres maestras, y muchas más, enfrentaron el desafío. Después de todo, ya lo dijo “el padre del aula”, Domingo Faustino Sarmiento: “Hombre, pueblo, Nación, Estado, todo: todo está en los humildes bancos de la escuela”.

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