domingo 24 de enero de 2021

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Graciela y Luisa se arremangaron para paliar las necesidades de los chicos. Foto: Gentileza.
Sociedad

Día del Maestro: historias de quienes dejaron las aulas para hacer más que enseñar

Los docentes tuvieron que lidiar con la falta de recursos para la conexión digital, tanto propia como de sus alumnos. Pero además, crearon vínculos más cercanos con las familias.

Graciela y Luisa se arremangaron para paliar las necesidades de los chicos. Foto: Gentileza.
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Si hay quienes le han puesto el cuerpo y el corazón a la situación de pandemia han sido los docentes, que hoy celebran su día. Desde el principio han tenido que sostener, contra viento y marea, la educación de sus alumnos. Un poco más llevadera para quienes contaban con un grupo con recursos, pero una prueba dura para quienes enseñan a comunidades vulnerables.

Desde el 16 de marzo, cuando se pasó a las clases no presenciales, tuvieron que apelar a medios tecnológicos que no siempre manejaban. Hubo maestros que incluso no contaban con dispositivos adecuados o eran insuficientes para toda la familia. Los días de trabajo se hicieron largos, interminables a veces, y más de una noche los encontró corrigiendo, creando, soñando un futuro mejor para “sus niños”.

Marcela incursionó en didácticos videos para educar a sus alumnos.Gentileza

En medio de mensajes que llegaron sin horario escolar, fueron más que maestros de aula. Fueron consuelo, apoyo, motivación, nexo, a medida que la situación los llevó a conocer las realidades que dan contexto al aprendizaje y a la vida de los niños. Inevitable no involucrarse y por eso trascendieron la clase de Lengua o Matemática para ser una mano que acompañó a transitar estos momentos difíciles.

Cuando la realidad duele

Marcela Perrini es maestra de sala de 4 años de una escuela de Ugarteche, en Luján, una zona rural donde, entre otras carencias, también falta conexión a internet.

A la escuela José Lorenzo Guiraldes asisten chicos de una comunidad vulnerable, personas de pocos recursos que suelen ganarse la vida en fincas. “Estas familias trabajan en el campo; muchos padres se van muy temprano y vuelven tarde, cuando los chicos ya están durmiendo, porque se acuestan temprano. Yo les he dicho que me envíen las cosas a la hora que sea”, contó Marcela.

Así que los mensajes y llamadas pueden llegar cualquier día y a cualquier hora. La docente contó que a veces no hay dinero para crédito o teléfono pero que, cuando hay, a veces no se accede al servicio. Casi todo se hace por WhatsApp.

“En abril empezamos a recibir mensajes de que no tenían materiales. Usamos tijeras, plasticola, colores, además tenemos que trabajar la lectura y me encontré con que no tenían libros”, detalló Marcela. “Como tengo buenas amigas, primas y vecinas, hice una colecta de libros, armé un bolsón para cada uno con materiales que compré y nos permitieron agregarlo en las entregas de bolsones de alimentos”, relató.

La maestra destacó que, pese a las dificultades, las familias han hecho lo imposible por cumplir y han mostrado mucho compromiso y que fue posible seguir lo mejor posible gracias a una buena coordinación de la directora.

Al igual que relataron otros docentes, tuvieron que buscar capacitación en recursos digitales así que se anotó en cuanto curso encontró. “Les he hecho videos. Al principio me daba un poco de vergüenza exponerme y esto quizás es loco pero también me daba miedo hacer algo mal y que me viralizaran, pero una mamá me dijo que le gustaría y me animé”, recordó Marcela.

Y agregó: “Trasladé un poco mi salita a una habitación de mi casa y la decoré con muchos colores. A veces les hacía una videollamada pero se congelaba la imagen, no me escuchaban o no me veían, entonces era más una pérdida de tiempo”.

Ella aceptó que se ha creado un vínculo más personal con las familias. “Una mamá un día me partió el alma porque me llamó muy triste porque no podía hacerme la devolución de las actividades ya que no tenía crédito para el teléfono. Por eso le cargué yo; era más fácil no cumplir pero tenía mucha angustia”, contó.

“Nada estaba escrito, no había antecedentes y los docentes en general nos pusimos al hombro la educación, lo que muchas veces no es reconocido. Muchos docentes no tienen recursos tecnológicos, ni computadora”, destacó Perrini.

Puntos en común

Luisa Coloma trabaja doble turno. Por la mañana en una escuela urbana de Godoy Cruz, en tercer grado, y por la tarde pasa a primer grado en una escuela rural de Chacras de Coria. Asegura que son realidades diferentes, con problemáticas diversas, pero el punto en común ha sido la falta de recursos para conectarse. “No es justo para ninguno”, acepta.

Si primer grado es un reto en condiciones de presencialidad, a la distancia se incrementó. “Alfabetizar en pandemia ha sido un gran desafío. Les he explicado a las mamás cómo íbamos a trabajar y ellas han seguido a rajatabla las indicaciones, mamás que siendo analfabetas, han logrado con ayuda de los hermanos, alfabetizar a sus hijos”, subrayó Luisa.

Dijo que tuvo que buscar muchos recursos y aprender, que se ayudaban entre docentes e incluso se ha apelado a los hijos propios y ajenos que dominan más el terreno digital. “Ha habido problemas de conectividad en docentes y alumnos, la pandemia mostró más de lo que se sabía: la vulnerabilidad, los pocos recursos, se ha mostrado la desigualdad, incluso en los docentes. Es muy difícil trabajar en esta forma virtual para llegar a todos, porque si un chico quedó fuera de esa conexión, ya no tenés igualdad”. remarcó la docente.

Y han tenido que ir más allá: “Por las necesidades, la directora es la que está mediando más con organismos. Hemos armado bolsones de comida entre las maestras para darle a familias a las que el que reciben no les alcanza, así como ponemos plata para fotocopias y meriendas”.

Acortando distancias

En Punta del Agua, San Rafael, las distancias son largas, por eso el trabajo que han tenido que hacer en la escuela Florentino Ameghino ha sido arduo. Está a 180 kilómetros de la ciudad de San Rafael y allí la conexión a internet es un privilegio que desconocen.

La directora, Carolina Correa, contó que además de ser zona rural es muy desfavorable y por eso han tenido que apelar a crear redes para que los chicos puedan seguir aprendiendo. Detalló que entregan el material impreso, que tampoco hay horarios y que en el campo los niños no tienen celular, quizás algún adulto a cargo.

“Les comunicamos a los papás que está el material por la radio o por radiotransmisor porque muchos no tienen teléfono. Además nos quedamos sin movilidad del Gobierno cuando comenzó la pandemia, así que coordinamos la entrega. A cualquier persona que vaya al distrito le pedimos que lleve la tarea: el móvil de la Policía, el municipal o el comprador de hacienda”, ejemplificó Carolina.

Incluso hay una maestra que ha tomado como algo personal el acompañamiento de 4 niños, de los cuales uno solo es su alumno. Tienen una situación difícil: su papá está privado de la libertad así que ella lleva, junto a las tareas para todos, el bolsón de comida.

El estado de ánimo y la fuerza para seguir

Los docentes reconocen que con el tiempo han logrado adaptarse y organizarse pero que fue muy difícil. No hay mucho descanso y las demandas trascienden lo académico.

“He tenido altos y bajos anímicos toda la pandemia porque no es sólo el trabajo; está mi familia, mis hijos que también tienen educación on line. Por momentos me han dado ganas de salir corriendo pero después de las vacaciones he logrado relajarme y organizarme pensando que es lo que nos toca vivir y no sabemos por cuánto tiempo”, contó Marcela Perrini.

Carolina Correa también reconoce un cansancio agobiante cada tanto: “He pasado por distintos estados de ánimo, a veces desesperada por pensar que no podamos dar todo, a veces más distendida, a veces en llanto, pero ahora mejor aunque preocupados por seguir”.