“Juegos de palabras”, la columna de Cristina Bajo

Cristina Bajo, escritora y columnista de revista Rumbos.
Cristina Bajo, escritora y columnista de revista Rumbos.

Las palabras tienen el poder de invocar y engañar pero, a la vez, no mienten, pues sus raíces las obligan a definir realidades.

Esta tarde, al comenzar a hacer la nota semanal, me encontré imprevistamente con algo escrito varios años atrás, que creo desglosé para hacer otra. Abusando de mis lectores, volveré sobre ella pues trata un tema que en estos últimos tiempos me tiene preocupada: el idioma, la palabra y sus múltiples significados.

En Cuentos de Odessa, Isaak Bábel dice: “Olvide usted un momento que hay unos lentes sobre su nariz y un otoño en su alma. Imagine por un momento que arma escándalo en las plazas y tartamudea ante el papel. Usted es un tigre, un león, un gato. Si al cielo y a la tierra les hubiesen puesto asas, usted agarraría esas asas y atraería el cielo hacia la tierra.”

“La palabra escrita es el soporte de la historia y del pasado, es un lazo a lo que se volverá reseña en el futuro.”

Pareciera que esta frase no tiene mucho que ver con el tema, pero según cómo leamos, podemos adjudicársela a un ensayista, a un legislador, a un periodista o a un político, buscando dentro de sí palabras y sensaciones, sintiéndose gato, tigre o león al encarar el tema; escandalizando donde corresponda y, que me desmientan si me equivoco, queriendo decir “sus verdades” al cielo.

Las palabras y las reglas de cómo emplearlas son muy importantes. Solo los poetas y los narradores pueden tomarse libertades, pero ellos hablan de otra cosa, de cosas que pueden o no ser reales, tener o no trascendencia.

El idioma que heredamos lo aprendemos muy pronto, y según nuestras capacidades, lo desplegamos con mayor o menor facilidad. Como dice sabiamente Luis Landero, un autor que me encanta: “El idioma se sabe porque se sabe, lo compartimos con la comunidad y no le prestamos una importancia consciente.”

“Casi todos somos narradores por instinto, pero si nuestro oficio es el de periodistas, debemos afinar el ingenio para contar con claridad.”

Creo que se refiere al oral, pero esa misma palabra, cuando es escrita, es el soporte de la historia y del pasado, es un lazo a lo que se volverá reseña en el futuro. Sin esa palabra escrita, muchas cosas desaparecerían y nos encontraríamos con la mente llena de sucesos mágicos y heroicos, aquello que los pueblos retienen con más facilidad.

Porque las palabras tienen poder de invocar, confundir y engañar y, vaya paradoja, al mismo tiempo, no mienten, pues sus raíces las obligan a definir realidades.

Puedo, coloquialmente, hablar de que mi hijo se “rompió la pata”, pero exigiré que el médico escriba en su historia clínica, pierna, pie, rodilla y que especifique el hueso que se ha quebrado, aunque ese hueso tenga un nombre feo, como peroné, que suena desangelado, no como metatarso, que parece el nombre de un filósofo griego. Esto, al decir de mi querida amiga Rosalba Campra, con la que jugábamos a inventar nuevas genealogías de palabras.

“Disfruto cuando me encuentro con un señor humilde, peón de campo, cabrero, cantero, que me regala palabras olvidadas: “De eso, el que supo saber era don Ramón, pero lástima, ya feneció.”

Casi todos somos narradores por instinto, pero si nuestro oficio es el de periodistas, debemos afinar el ingenio para contar con claridad. El idioma es la expresión, en muchos sentidos, de un pueblo. Nuestra misión es preservarlo, porque al perder las formas culturales que nos distinguen –entre ellas, la lengua– perdemos al mismo tiempo una individualidad identitaria.

Disfruto a veces, cuando salgo de mi ciudad o de mi provincia, y me encuentro con un señor humilde, peón de campo, cabrero, cantero, que de pronto me regala una palabra olvidada: “De eso, el que supo saber era don Ramón, pero lástima, ya feneció.”

O tratar de adivinar qué significa “angaú” cuando voy a Corrientes, y mi hermana Eugenia se detiene a hablar con un hombre que, saliendo del monte, nos ofrece mandiocas o paltas.

El eslabón más frágil, en esta época de informática, es el idioma. Desprenderse de nuestras palabras para adoptar las de otros desvirtúa nuestra cultura, pero, al mismo tiempo, nos inserta en grupos más amplios y universales, acercándonos a otros mundos.

Sugerencias: 1) Armar familias de palabras: lo recomiendan contra el Alzheimer; 2) Aprendan a jugar al Scrabble; pueden hacerlo por Internet; 3) Los crucigramas relajan la mente.

* Escritora y columnista de revista Rumbos. Contenido exclusivo de Rumbos.

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