“El prisionero”, la columna de Cristina Bajo

Cristina Bajo, escritora y columnista de revista "Rumbos".
Cristina Bajo, escritora y columnista de revista "Rumbos".

Cuando sanaron sus heridas, el joven unitario Diego Chaves comenzó a dar clases de canto a señoritas de la sociedad catamarqueña.

En 1840, después de la batalla de Quebracho Herrado, mientras Lavalle huía de las fuerzas federales, dejó en Catamarca a varios de sus hombres heridos. Entre ellos, un joven porteño, Diego Chaves, que fue acogido en la casa de un vecino y al mejorar, como tocaba muy bien la guitarra y tenía una hermosa voz, comenzó a dar clases de música y canto a señoritas de sociedad. Entre ellas, a Genoveva, su discípula preferida, hija de doña María del Señor Navarro de Soria.

Para 1841, el coronel Maza, enviado por Rosas, y famoso por su crueldad, entró en Catamarca y el gobernador Cubas y otros unitarios, al ser capturados, fueron degollados sin juicio alguno, aterrorizando a la sociedad con aquel hecho.

A pesar de la tragedia, las fiestas abundaban: entre duelos y funerales, las mujeres debían asistir a los bailes, pues de otro modo eran señaladas como unitarias y la familia pagaba las consecuencias.

Maza se había alojado, como huésped forzoso, en casa de doña Celestina Recalde, dama unitaria que “no sabía ocultar sus opiniones y que debía muchos malos ratos a su especialidad de no tener pelos en la lengua”, dice la crónica.

Justamente –y no por casualidad– en sus fondos se encontraba Diego Chaves, que había sido capturado. Estaba en el cepo, sucio, hambriento y con centinela “a la vista” para que nadie pudiera socorrerlo. Si bien los vecinos lamentaban el destino del joven, no se atrevían a intervenir debido a las matanzas que sucedieron entre ambos bandos.

Cierto día, Maza decidió dar un baile en casa de los Recalde, donde los dueños de casa correrían con los gastos. En el primer intervalo del baile, después de un minué federal, preguntó a los presentes: –¿No hay aquí alguna niña que cante?

Se escucharon varias excusas pero como él insistiera, alguien señaló a Genoveva, quien dijo que cantaría con gusto, pero con un acompañante, ya que no sabía hacerlo “a cappella”. Y agregó que solo se atrevía a cantar con su maestro.

Maza preguntó: –¿Y él no está en Catamarca?

La joven contestó: –Sí, coronel, pero es el prisionero que está en los fondos de esta casa…

De inmediato, Maza mandó que lo trajeran y a poco Chaves entró en el salón, pálido, desgreñado, cubierto de harapos y avergonzado de su estado.

Le dieron una guitarra, y Maza le ordenó tocar, pero antes de que pudiera negarse, la joven le rogó que lo hiciese para ella. Chaves se sentó y ejecutó un melancólico preludio mientras Genoveva entonaba su canción preferida. Al rato, ambos, para deleite de todos, cantaron a dúo varias piezas, olvidados de la triste situación.

Al terminar, besándole la mano, el coronel preguntó: “¿Y qué pide la niña por habernos deleitado con su voz?” Y ella, mirándolo a los ojos, dijo con suavidad: “Solamente la vida de su prisionero, coronel.” Maza dudó, calculó que era un músico sin importancia y ordenó su libertad.

¿Fue esta una historia de amor? Roberto J. Payró dice que no: poco después, Genoveva se casó –¿o la casaron?– con el Dr. Angel Navarro quien, luego de la caída de Rosas, fue senador nacional.

Chaves regresó a Buenos Aires, se casó, tuvo varios hijos y ya tenía canas cuando Genoveva apareció por la capital acompañando a su marido; y él los llevó a que conocieran a quien, valientemente, le había salvado la vida, dejándonos la melancolía de un amor incierto.

Sugerencias: 1) Leer En las tierras de Inti, de Roberto J. Payró; 2) Buscar en usados la saga de la guerra civil argentina, de Manuel Gálvez; 3) Pensar nuestra historia.

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