“Descifrar el futuro”, la columna de Cristina Bajo

Cristina Bajo, escritora y columnista de revista Rumbos.
Cristina Bajo, escritora y columnista de revista Rumbos.

En el comienzo de los tiempos, los seres humanos contemplaban el cielo en busca de indicios sobre lo que les sucedería en el porvenir.

Dicen que, en el principio de las civilizaciones, el hombre, deseoso de conocer el futuro, estudió los cielos y de esos estudios surgió no sólo la astronomía, sino también la astrología. Pero más adelante, no satisfecho con estas lecturas del firmamento, comenzó a buscar respuestas en sí mismo y centró su interés en la interpretación de los sueños, a los que veían, según varios autores, como una inspiración sobrenatural.

Esto se aplicó durante siglos, y han quedado huellas de esas historias en viejos pergaminos, historias orales y hasta en las Sagradas Escrituras, donde se cuentan hechos que advierten de peligros o tranquilizan a quienes temen lo por venir.

Quienes leemos la Biblia, recordaremos la historia de José, el que fue vendido por sus hermanos como esclavo pero que, debido a la interpretación que hizo sobre un sueño del faraón, fue nombrado ministro de Egipto. También fueron sueños los que socorrieron a Abraham y a Jacob. Y si recurrimos a la Historia Sagrada, nuestro San José supo que debía aceptar en matrimonio a María, quien daría a luz un niño aunque él no la hubiera tocado.

El Libro Tibetano de los Muertos -avalado por Jung, nada menos-, en el capítulo “De los Sueños”, da una serie de datos para interpretar símbolos que podrían anunciar la muerte, especificando, a veces, a manos de quién. A esto le siguen descripciones de sueños que representan situaciones como esta: “Si sueña que el sol y la luna, devorados por un eclipse, caen o pierden su esplendor, es que padre, madre o maestro morirán.”

Un siglo atrás, al descifrar tabletas asirias se encontraron sueños que anunciaron situaciones políticas y pestes que se cumplieron en la realidad histórica.

El sueño de los reyes también era tenido en cuenta: no importaba si el soñar provenía del descanso o de un narcótico, ya que se suponía que tal cosa servía para amplificar las ondas cerebrales.

En la obra de Homero se citan los sueños, pero de forma muy vaga, como si fueran ánimas a quienes el autor concede cierta existencia y que “viven en las puertas de los Campo Elíseos, esperando las órdenes divinas.” Recordemos que los Campos Elíseos eran, para los griegos, el cielo de los buenos y los héroes. En Grecia, el sueño tenía valor siempre que no se produjera después de alimentarse, pues entonces se lo relacionaba con la digestión, función unida a nuestra parte animal, y menos si venía con la ebriedad: en este caso, era delirio.

Según Fernando Nicolay, en Historia de las Creencias, el sueño más calificado era el del amanecer, hasta hoy considerado por muchos psicoanalistas responsable de ciertos poderes mentales muy estimados y estudiados: en general, está relacionado con la duermevela, estado que ha originado muchas teorías.

En mi caso, los sueños suelen traerme alivio: mi querida abuela Fidela falleció sin que pudiera despedirme, y mientras la velábamos, cometí el error de verla en el cajón y por años no pude recordar su rostro en vida.

Ya en la madurez, la soñé bajando por una lomada verde y hermosa, donde había un pequeño oratorio griego. Ella venía hacia mí en un día de sol, vestida de blanco y descalza. Tenía el rostro que yo recordaba, ya anciano, pero fresco y sonrosado, y sus cabellos blancos brillaban. Traía un delantal al que sostenía con una mano, mientras esparcía flores a nuestro alrededor. Desperté llorando, pero feliz: la había recuperado.

Sugerencias: 1) Anotar los sueños a diario: nos darán respuestas inesperadas; 2) Leer, de Carl Jung, “El hombre y sus símbolos”; 3) Consultar “Los signos del zodíaco”, de Linda Goodman. Está en PDF.

* Escritora y columnista de Rumbos. Contenido exclusivo de Rumbos.

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