viernes 4 de diciembre de 2020

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Política

La grieta sobrevive al coronavirus en la desorientada política argentina

Aquel 19 de marzo, cuando el Presidente puso en marcha la cuarentena rodeado de gobernadores de todos los colores políticos, es una foto que ya no se verá.

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La nueva normalidad se instala con los viejos vicios de la política argentina, que tantas frustraciones generaron y que ahora ponen en jaque la alentadora coordinación sin banderas partidarias que se implementó frente a la crisis epidemiológica del coronavirus.

Misteriosamente, la premisa compartida en todo el arco dirigencial es que el país requiere de consensos para terminar con las recurrentes tragedias. Lo repiten políticos, referentes sociales, empresariales y gremiales, pero en los hechos predomina la grieta y, sobre todo, de cara a un nuevo año electoral.

Empecemos por recordar las secuencias e imágenes que sembraron cierta esperanza. El primer paso fue el que se dio el 19 de marzo, cuando el presidente Alberto Fernández puso en marcha la cuarentena escoltado por el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, y el gobernador bonaerense Axel Kicillof.

Además de los laderos de Mauricio Macri y de Cristina Kirchner, participaron de aquel acto en la Casa Rosada el gobernador radical Gerardo Morales (Jujuy) y los peronistas Omar Perotti (Santa Fe), Juan Schiaretti (Córdoba), y Gustavo Bordet (Entre Ríos). El resto de los mandatarios provinciales también se involucró en las deliberaciones previas por videoconferencia.

Aquel día, Fernández los convocó a pelear contra el coronavirus, un “enemigo invisible”, con la misión de garantizar el resguardo de la salud de los argentinos tal como lo “exige la democracia”. Fue una consigna épica que le permitió dejar en suspenso las animosidades de la polarización entre el kirchnerismo, que en 2019 recuperó el poder con más del 48% de los votos, y la coalición Juntos por el Cambio, que a pesar de la debacle económica terminó su gestión con el respaldo de más del 40 por ciento del electorado.

Alberto Fernández recurrió a las habilidades y a la vocación que lo diferencian. Ese afán por acercar posiciones, facilitado por las amenazas de dimensiones desconocidas en torno al Covid-19, le permitió posicionarse con amplios niveles de aceptación pública. Mantuvo los contactos con los gobernantes y repitió la foto con Rodríguez Larreta y Kicillof cada vez que pudo.

Sin embargo, los errores propios no tardaron en llegar y en convertirse en los argumentos de ataque de los más reaccionarios de Juntos por el Cambio. Primero fue Vicentin, donde Fernández se equivocó. Se equivocó por una mala interpretación que lo hizo creer que propios y ajenos lo aplaudirían por salir al rescate de una cuestionada empresa agropecuaria que está en proceso de quiebra. El plan de estatización fue rechazado con multitudinarios banderazos y el Presidente finalmente dio marcha atrás. La claudicación no hizo más que despertar a la oposición.

El ambiente se recalentó con críticas contra la cuarentena y su impacto en la vapuleada economía. En ese escenario de nueva conflictividad perdió fuerza también el éxito alcanzado para sellar un acuerdo con los acreedores externos para reestructurar la deuda. Y transcurridos los cinco meses de cuarentena, la figura de Cristina Kirchner volvió a opacar a Alberto Fernández, sobre todo, cuando se puso en marcha el proyecto para aplicar reformas en el Poder Judicial. Otra vez, el Jefe de Estado se encuentra obligado a tener que andar explicando que el que gobierna es él y no la Vicepresidenta.

Hoy, aquella buena sintonía entre Fernández, Kicillof y Rodríguez Larreta quedó limitada a una mera foto. Luego de varios días de crecientes tensiones, la decisión de la Casa Rosada fue evitar la transmisión en vivo para anunciar la nueva fase de la cuarentena.

Consensos para superar la crisis

Argentina afronta un futuro incierto en el plano social y económico. La única certeza es que la situación se agravará aún más antes de emprender una firme recuperación. Los desafíos urgentes del Gobierno son, por un lado, mantener las medidas de emergencia para resguardar a los más vulnerables y, por el otro, despejar las justificadas dudas de los inversores y del mundo para apuntalar la producción, crear empleo y exportar U$S 90.000 millones anuales que permitan cubrir las necesidades de dólares, tal como lo calculó el propio Banco Central.

Fernández asume los costos de recurrir a la emisión para financiar los recursos necesarios para sortear el primer obstáculo pero sabe que el otro frente demandará consensos políticos y sectoriales, además, porque su Gobierno deberá ajustarse a muchos de los términos de la renegociación con el FMI.

Los más dialoguistas de Juntos por el Cambio, como Rodríguez Larreta y la ex gobernadora María Eugenia Vidal, coinciden al señalar que se necesita superar la grieta para despejar la salida. Advierten, claro, que los acercamientos se deben dar sin resignar valores y respetando los parámetros constitucionales.

En los últimos días ratificaron esa vocación a pesar de las duras críticas que Fernández se ocupó de lanzar contra Macri y contra la gestión de Cambiemos, y a pesar de los obstáculos que encontró Rodríguez Larreta para avanzar con la reapertura de las escuelas en la Capital Federal para los alumnos que sin recursos para acceder las clases de manera virtual. El ministro de Educación, Nicolás Trotta, rechazó ese plan sin ofrecer alternativas superadoras.

La construcción de los tan necesitados consensos demanda un paso fundamental, que consiste en definir para qué se va a promover el acercamiento, cuál es la mirada común sobre las urgencias y sobre el futuro. Y las respuestas no parecen estar cerca, sobre todo porque la clase política, tanto del oficialismo como de la oposición, parece haber perdido la sintonía fina con el clamor social.

Varios de los integrantes de la cúpula de Juntos por el Cambio reconocen ese drama y por ello apelan a que los dirigentes de base reconstruyan los vínculos y elaboren diagnósticos sobre las nuevas demandas de sus comunidades. En el kirchnerismo, el problema se traduce en la incapacidad para darle una justificación temporal a sus iniciativas.

La desconexión habilita que en las marchas de los autoconvocados los reclamos por la economía y la inseguridad convivan con planteos irracionales, y que dirigentes políticos como el ex presidente Eduardo Duhalde se animen a alertar, en soledad y sin argumentos, que el país podría sufrir otro golpe de Estado en el corto plazo.

No será fácil, pero Alberto Fernández está obligado a construir esos consensos. Sobre todo, porque la experiencia del coronavirus le demostró que esa es su principal carta para superar los obstáculos de un país impredecible y, sobre todo, para diferenciarse de Cristina Kirchner.