Una votación que puede alumbrar el inicio de un nuevo tiempo

Caricatura: Gabriel Fernández / Los Andes
Caricatura: Gabriel Fernández / Los Andes

La insípida campaña provincial terminó con un mano a mano de Cornejo y Fernández Sagasti en el que se dijeron se todo. La mayor preocupación es por “el día después” y su impacto económico. El Gobierno nacional, convencido de su derrota, tira líneas hacia afuera y adentro para transitar los próximos dos años.

Los argentinos vamos a las urnas hoy con la foto de lo que ocurrió hace dos meses en las primarias abiertas y la incógnita de cuánto puede haber cambiado el ánimo social en este tiempo. Ese termómetro imperfecto que son las encuestas dice que todo sigue más o menos igual, con variaciones en algunas provincias, pero con clima adverso para el Gobierno nacional.

Mendoza no parece ser la excepción. Las PASO volvieron a mostrar al peronismo en su piso histórico de 25% y al oficialismo de Cambia Mendoza en el mismo nivel que en las elecciones previas. Los últimos sondeos de unos y otros replican aquel escenario, con mínimas variaciones.

La campaña que terminó el viernes a la mañana tomó temperatura recién sobre el final. Los spots del Frente de Todos apuntando directamente contra la gestión provincial, la reacción de Rodolfo Suárez en algunas entrevistas acusando que Anabel Fernandez Sagasti ya no aparecía y la reaparición de ella en otro aviso directo contra el mandatario marcaron el pulso de un debate mediatizado.

Más frontal y visceral fue el cara a cara de Fernández Sagasti con su rival directo en la competencia por el Senado nacional, Alfredo Cornejo. El mano a mano que propuso Canal 7, el miércoles a la noche, terminó en un cruce de acusaciones, golpe a golpe, como tal vez nunca se vio entre dos candidatos, al menos en Mendoza.

Durante casi dos horas, sentados uno al lado del otro, los rivales se dijeron todo lo que aparentemente tenían guardado hace mucho. Hubo medias verdades, voces subidas de tono, adjetivos al por mayor y evasiones cuando no convenía entrar en el terreno propuesto. Casi un reality político.

Más que el debate de propuestas como futuros senadores nacionales, fue el choque de dos conceptos políticos opuestos, dos miradas antagónicas, que parecen no tener puntos en común. También fue la exposición de dos estrategias diferentes. Una que buscó provincializar la elección y la otra que apostó a nacionalizarla.

Tras el mal resultado de las PASO, el Frente de Todos basó su publicidad electoral en las críticas a la gestión de Suárez. Tan brusco fue el giro que por momentos los suyos parecían los planteos de una contienda por la gobernación y no una legislativa nacional.

Cambia Mendoza, por el contrario, no se movió de su eje inicial. El jingle de “Cornejo, Suárez y Cobos...” y una recurrente enfatización de la mendocinidad fueron todo. Dejó que el gobierno de Alberto Fernández, con sus errores, dislates y frases para el olvido, más la acuciante realidad económica, garantizaran su triunfo.

Aquel cara a cara tuvo consecuencias. Unas visibles, otras subterráneas.

La noche siguiente, en el debate de Canal 9, el ex gobernador y la senadora nacional lucieron contenidos, apagados. Aunque el formato lo habría impedido, se notó que evitaron otro enfrentamiento furibundo. Incluso, casi en el final, ella desistió de usar un minuto de réplica que tenía disponible para decir lo que quisiera.

En el peronismo, y sobre todo en el entorno de Fernández Sagasti, entendieron que esa pelea televisiva les sirvió sobre todo para lograr cohesión interna. Este fue su gran objetivo tras la contundente derrota de las primarias para evitar la fuga de votos que consideran propios.

En el oficialismo mascullaron su bronca. Aunque entienden que el resultado fue un “empate” porque ambos terminaron hablándole a su tribuna y nadie más, también consideran que Cornejo nunca debió exponerse a ese formato impredecible.

Nada para festejar

Hubo una única coincidencia en el cruce entre los dos principales contendientes mendocinos: la preocupación por “el día después” y las consecuencias que puede tener la confirmación de una derrota nacional del Frente de Todos. El triunfo de la oposición, en el contexto actual, no dejará lugar a las celebraciones.

Lo que puede ocurrir a partir de mañana se ha convertido en el gran interrogante. El impacto económico del resultado político alienta temores, explicitados la semana pasada por la suba del dólar blue y el riesgo país. Sin contar la multiplicación de nuevas listas que llegaron a los comercios y que escapan a los precios que el Gobierno dice controlar.

La incertidumbre es de los empresarios, pero sobre todo de los trabajadores, que sólo saben que sus ingresos se licuarán aun más.

En los últimos doce meses, la inflación acumula 52% y nadie puede predecir qué ocurrirá cuando se descongelen tarifas y combustibles. O cuando termine de impactar la emisión de billetes que amplió la base monetaria tras las PASO a un ritmo frenético, luego de haber estado contenida en los primeros meses del año.

Los fracasos de gobierno tras gobierno sólo han sembrado el desaliento, por eso la mitad de los jóvenes de 16 a 25 años quiere irse del país. Pero también hay otro cambio más profundo: más de la mitad manifiesta un fuerte rechazo a todo lo que sea intervención estatal y asistencialismo. Un llamado de atención para las políticas clientelares.

Así lo revela la encuesta que la consultora mendocina Reale-Dalla Torre hizo en todo el país a jóvenes de 16 a 25 años Lejos de la “revolución” que decía proponer La Cámpora, los centennials aparentemente quieren más mercado.

El péndulo parece ir nuevamente hacia el otro extremo. Como cada vez que la ciudadanía se hartó. Figuras con un discurso antisistema, pero fundamentalmente antiEstado, como Javier Milei, atraen a los jóvenes y reinstalan las ideas de la derecha o el liberalismo, según quién las defina, en el centro de la escena y dan la batalla cultural al kirchnerismo.

Esa “nueva ola” es la que hace pensar a la oposición en un gran frente, más amplio que Juntos por el Cambio, que dé pelea en 2023 y pueda ganar con holgura para luego garantizarse la gobernabilidad. Algo que no tuvo Mauricio Macri en 2015 con el ajustado 51/49 con el que llegó.

Para eso, la alianza de la UCR, el Pro y la Coalición Cívica pretenden sumar por derecha y también por izquierda, además de una siempre tentadora franja del peronismo ortodoxo y antikirchnerista.

A diferencia de lo que ocurrió en las PASO, cuando las encuestas anticipaban un triunfo oficialista en la provincia de Buenos Aires que le permitía ilusionarse con el resultado nacional, ahora casi nadie arriesga que puedan revertir la derrota.

Una victoria hoy sería casi un “milagro” cuando todas las encuesta ubican al Presidente, la vice Cristina Kirchner, su hijo Máximo y Sergio Massa como los dirigentes con peor imagen del país. De la oposición, sólo hay uno tan mal visto como ellos: Macri.

Por eso, los diferentes peronismos que habitan el Frente de Todos empezaron a mover sus fichas con anticipación esta vez, previendo una caída que puede ser más dura que en setiembre. Tanto que decidieron no hacer encuestas de boca de urna nacionales.

Massa salió primero a militar una convocatoria a la oposición para consensuar leyes que ayuden a salir de la actual crisis. ¿Se sumará Cristina? Un acuerdo como el promocionado contradice el ADN del kirchnerismo.

El obstáculo es que Juntos por el Cambio desconfía y aclara que sólo si todos sus integrantes están de acuerdo avanzarán en un diálogo. Por las dudas, avisa al Gobierno que no debe temer porque hará una oposición responsable, a diferencia de lo que el PJ le hizo a Fernando de la Rúa en 2001.

A la par, los gobernadores del peronismo arman su propia red. Quieren tener más protagonismo e influencia en las decisiones los próximos dos años. La debacle nacional los arrastra también a ellos y aunque muchos no puedan hacer gala de gestiones precisamente brillantes, buscan su parte en el loteo del poder.

Lejos, el más claro anticipo de la derrota es la movilización organizada para el miércoles, por los sectores no kirchneristas de la CGT y los movimientos sociales, para apuntalar a Alberto Fernández. Lo que pretende ser una demostración de fortaleza no es más que una señal de debilidad.

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