Una falsa receta vieja: cuarentena no es vacuna

La concepción del gobierno sigue siendo la misma del año pasado: considerar al aislamiento como vacuna en sí mismo. / Foto: Gentileza
La concepción del gobierno sigue siendo la misma del año pasado: considerar al aislamiento como vacuna en sí mismo. / Foto: Gentileza

La concepción del gobierno sigue siendo la misma del año pasado: considerar al aislamiento como vacuna en sí mismo.

John Williamson murió el jueves pasado, a los 83 años, con una certeza: nadie controla el destino de sus palabras. Era economista. Acuñó una definición que se le escapó de las manos hasta el final de sus días.

En 1989 hizo una lista de 10 prácticas aconsejables para las economías latinoamericanas y los expertos internacionales en la nueva globalización. Las principales: controlar los déficits, preservar los derechos de propiedad, invertir en educación y salud, reducir subsidios, facilitar la inversión extranjera directa.

Le llamó a esa lista “Consenso de Washington”.

Hasta el último suspiro en su casa de Maryland, Williamson protestó porque los maximalistas del libre mercado y los activistas globalifóbicos le arrebataron por igual esa idea para decir cosas que nunca quiso decir. Y eso que en los años 60 ya había acertado con otro bautismo: definió como crawling peg a su idea de una paridad móvil para un tipo de cambio fijo.

Alberto Fernández padeció el mismo día de la muerte de Williamson esa fatalidad de las palabras que cobran vida propia. “O es candidata o se va a su casa, no puede haber votos prestados. No tengo ganas de que haya un títere en la Casa Rosada”, había dejado escrito dos años antes. En mayo de 2019, a sólo una semana de ser propuesto como candidato a presidente por Cristina Kirchner, destino original de aquel reproche.

El mensaje que difundió Alberto Fernández para la nueva etapa de la emergencia sanitaria cosechó tantas críticas y rechazos que es probable que transcurra el resto de sus días intentado explicar -sin suerte- lo que quiso decir con aquella idea de una titiritera inadmisible, administrando en las sombras el poder real.

Porque todo lo que anunció el Presidente -el contenido y el tono- refirió a Cristina. Alberto Fernández sólo le agregó un par de errores con sello propio, como el desaire pendenciero a los equipos de salud. Pero la vice impuso desde su concepción punitiva de la política sanitaria, hasta sus ideas de política económica para enfrentar la crisis. Y en especial su abordaje -personal e innegociable- de la gestión política: exacerbar el conflicto mientras se discursea el consenso.

Cristina no necesitó hablar. Tuvo una buena semana. Consiguió que la Justicia -envenenada de lawfare- la absolviera en la causa por el dólar futuro. Logró beneficios para Julio De Vido, el detenido que siempre amenaza con rebeldías frente a un pacto de silencio. Y obtuvo favores para José López. Aquel donante en los monasterios que en su hora más pródiga llegó a hacerla llorar.

Esta vez la vice intervino a través de Axel Kicillof. El gobernador bonaerense enfrenta dos hechos incontrastables: el crecimiento de contagios y la ineptitud de su gobierno para aumentar la cantidad de camas críticas. Pese a las enormes transferencias de fondos que le agenció la Nación.

Otros gobernadores, menos favorecidos con esos recursos discrecionales, parecen haber administrado mejor. No niegan los contagios; valoran de otro modo la emergencia. Pero Kicillof gestiona el territorio de Cristina Kirchner. Su aflicción debe ser considerada el colapso del mundo.

En verdad lo que colapsó fue la doble estrategia del oficialismo para bocetar un plan de vacunación. Fracasó la apuesta de Alberto Fernández en sociedad con el empresario Hugo Sigman, por la vacuna de Astra Zéneca. Y la estrategia paralela de Cristina, con la Sputnik V, no previó la insolvencia gélida de Vladimir Putin.

Conviene situar el contexto en el que se desarrollaron aquellas gestiones: fue durante la cuarentena dura del año 2020. Mientras el oficialismo abandonaba el discurso del confinamiento como un cierre temporario para adecuar el sistema de salud. Y cuando comenzaba a girar hacia el discurso del aislamiento como vacuna en sí mismo.

Se entiende entonces la rebeldía social que aflige al Gobierno ahora: la gente aprendió por las malas que la cuarentena no es vacuna. Sin vacunas de verdad, el Gobierno recurre de apuro a una falsa receta vieja. Y la sociedad se resiste a que se la apliquen de nuevo.

En consecuencia, la percepción general es que cada nuevo confinamiento es un repliegue hacia la nada. Eso explica por qué la rebeldía aflora por las escuelas cerradas: por su fracaso con el presente, el Gobierno se ensaña con el futuro. Los adultos que asumen los golpes piden una oportunidad para sus hijos. No es una lógica extraña.

Los ministros Carla Vizzotti y Nicolás Trotta parecían entenderlo hasta que irrumpió Kicillof. Y el mensaje presidencial sumó dos nuevos miembros al club de los agobiados.

De los consejos erráticos de Kicillof sabe también el ministro de Economía, Martín Guzmán. Lo espera el número de su agobio: la inflación volvió a un nivel tan alto como simbólico. En marzo, los precios crecieron al ritmo de aquel septiembre negro de Mauricio Macri. En 2019, después de las Paso.

Con algunos agregados: el dólar planchado con nueva deuda, tarifas reprimidas, precios controlados, un impuesto nuevo que iba a financiar las camas críticas y una demanda de emisión renovada por la nueva ola de contagios.

Guzmán puede decirles a los precios que con él la rebelión, no.

Y arriesgarse a que le vaya como al autor de esa frase, soltada al viento del tiempo.

*El autor es de Nuestra Corresponsalía en Buenos Aires.

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