Sorpresas que dan los adultos mayores

Sorpresas que dan los adultos mayores
La aceptación de que a cierta edad la persona puede ser dejada de lado, no es algo sostenido en el pensamiento racional, sino en un prejuicio generado en algo imaginario.

La aceptación de que a cierta edad la persona puede ser dejada de lado, no es algo sostenido en el pensamiento racional, sino en un prejuicio generado en algo imaginario.

La asunción del abogado Joseph Robinette Biden Jr. – Joe Biden – como 46.º presidente de los Estados Unidos, incluye un detalle especial: el próximo 20 de noviembre cumplirá 79 años de edad. Edad cronológica debería decirse, puesto que su actividad cotidiana dista de ser la pasiva que se atribuye a los llamados “adultos mayores”, neologismo para evitar usar el término “viejo” cargado de tonalidad despectiva. Hay que agregar que al cumplir el período presidencial, habrá cumplido 82 años: será un octogenario dirigiendo los destinos de una potencia mundial.

Pero, ¿es este un caso singular, único? ¿Se trata de la excepción a la idea tan difundida de que en cierto momento de la vida se es – necesariamente – un “viejo inútil”, aunque la expresión resulte grosera?

A poco que nos pongamos a investigar comprobaremos que los “adultos mayores” dan sorpresas. Ejemplos a la vista. Paul McCartney a mediados de 2018 volvió a encabezar – con su tema Egipt Station – el Bilboard (tabla de mayor cantidad de ventas discográficas) tal como supo hacerlo tantas veces en aquellos días de furor de The Beatles. La cuestión es que en 2018 este músico tenía 76 años de edad. Hoy, ya cumplidos los 80, vuelve a conmover el mercado internacional de la música con otras obras de su autoría.

El tema no es reciente, como podría creerse. Tenemos un artículo aparecido durante el año 2017 en Workforce Mazine, escrito por la investigadora Rita Pyrillis, donde indica que “los trabajadores veteranos de hoy están más sanos y son más activos que sus predecesores y ofrecen gran cantidad de experiencia y conocimiento pero, sin embargo, tienen muchas más probabilidades de experimentar discriminación laboral”.

Tan cierto es esto que ni siquiera hay acuerdo en con qué palabra denominar a quienes atraviesan esa parte de la vida sin utilizar un término que aparezca despectivo.

Laurie McCann, miembro de American Association of Retired Persons, expone que “la discriminación por razones de edad es vista por los tribunales y por la sociedad más como un problema económico y nos remitimos a los derechos de la empresa. Incluso los trabajadores pueden decir: `Es su negocio y entiendo que quieran ahorrarse algún dinero.` Pero no opinarías algo así si la empresa dijera `queremos ahorrar dinero, así que nos desharemos de todas las mujeres, pero sí lo toleramos cuando se trata de la edad.”

La observación es buena, pues destaca que la aceptación de que a cierta edad la persona puede ser dejada a un lado, no es algo sostenido en el pensamiento racional sino en un prejuicio generado en algo imaginario. Un prejuicio de la misma índole que lo es el creer que una mujer es incapaz para hacer tal o cual tarea que fue habitualmente masculina.

En ese mismo 2017 un estudio de la consultora Manpower titulado “De regreso a la oficina: trabajadores boomerang”, no sólo indicaba que la tendencia a contar con trabajadores de más de 50 años estaba en franco crecimiento, sino que afirmaba que, para 2022, el 35,4% de los empleados en los Estados Unidos serían de esa edad en que se los considera “personas grandes”, para usar otro eufemismo. El vaticinio se está cumpliendo.

Que la expectativa de vida, en las décadas pasadas, estuvo en franco aumento, no es asunto de discusión alguna. También el hecho de que cada vez son más las personas de 65 años y más que se encuentran intelectual y físicamente aptas para desarrollar las tareas que deseen. Más aún, gerontólogos, psicólogos y neurólogos coinciden en que, alguien en esas condiciones, puede iniciar una carrera universitaria, aprender una tecnicatura o un idioma en el mismo nivel que puede hacerlo a quien llamamos “joven.”

De esto podría desprenderse que es un tema de la actualidad que los “adultos mayores” tengan tales capacidades. Empero, una recorrida a través de la Historia, volverá a sorprendernos.

Veamos:

Emmanuel Kant (1724/1804) tenía 70 años cuando escribió su libro “Antropología y metafísica de las éticas y conflicto de las facultades.” A los 74, El Tintoretto, pintó El Paraíso, la descomunal obra plástica. Giuseppe Verdi hizo Ottello a los 74; no quedó allí y a los 80 compuso Falstaff. No se detuvo. A los 85 compuso el Ave María, el Stabat Mater y su Te Deum.

Jean Baptiste Lamarck (1744/1829) –investigador esencial para comprender la evolución de la vida en la Tierra– terminó de redactar “La historia natural de los invertebrados” cuando contaba con 78 años.

Johann Wolfgang von Goethe (1749/1832) terminó su Fausto cumplidos los 80. Catón empezó a estudiar idioma griego a los 80. Un ejemplo más: el artista plástico Tiziano pintó la Batalla de Lepanto ya cumplidos los 98.

Elena (250/330), madre del emperador Constantino, había pasado los 70 años cuándo inició su viaje de Roma a Tierra Santa. Mil setecientos años atrás aquello era una epopeya aunque se hubiera tratado de una persona con menos edad. Pero lo hizo. Pasó meses en Jerusalén. Y regresó a Roma donde falleció años después.

Tal vez la respuesta la haya dado hace siglos el escritor español Mateo Aleman (1547/1614), al afirmar que “la juventud no es un tiempo de la vida, es un estado del espíritu.”

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