miércoles 16 de junio de2021

Revalorizar el ambiente es apostar por la vida
La escena nacional e internacional se distingue cada vez más por conflictos socio-ambientales vinculados a los recursos y/o bienes naturales. / Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes
Opinión

Revalorizar el ambiente es apostar por la vida

La escena nacional e internacional se distingue cada vez más por conflictos socio-ambientales vinculados a los recursos y/o bienes naturales.

  • sábado, 5 de junio de 2021
Revalorizar el ambiente es apostar por la vida
La escena nacional e internacional se distingue cada vez más por conflictos socio-ambientales vinculados a los recursos y/o bienes naturales. / Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes

Desde 1972, las Naciones Unidas designaron el 5 de junio Día Mundial del Medio Ambiente para destacar que la protección y la salud del ambiente es una cuestión importante, que afecta al bienestar de los pueblos y al desarrollo en todo el mundo.

Problemáticas globales como la deforestación, el alto consumo de combustibles fósiles, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y de glaciares, los desplazados ambientales, las consecuencias de conflictos armados, la competencia por la posesión de recursos naturales, la contaminación de cuencas, la persecución de los defensores del ambiente, entre otras, demuestran la necesidad de responder holísticamente a un sistema en evidente crisis y con conflictos socio-ambientales in crescendo.

El Informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2019 y el reporte de la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) del mismo año, brindan datos alarmantes: la temperatura promedio de la Tierra aumentó en más de 1°C desde la era preindustrial; 2.000 millones de personas viven en países que sufren alto estrés hídrico; para 2030, 700 millones de personas podrían ser desplazadas por escasez intensa de agua; los desastres climáticos y geofísicos se cobraron la vida de aproximadamente 1,3 millones de personas entre 1998 y 2017; la acidificación de los océanos aumentó un 26% desde la era preindustrial, poniendo en peligro los ecosistemas marítimos; la degradación de los suelos afecta una quinta parte de la superficie terrestre y la vida de 1.000 millones de personas; el riesgo de extinción empeoró un 10% en los últimos 25 años; aproximadamente 290 millones de hectáreas de bosque nativo fueron deforestadas entre 1990 y 2015; un 7% de las enfermedades infecciosas son generadas por vectores animales, causando más de 700.000 muertes anuales.

En Los Andes, el retroceso de glaciares y la aparejada crisis de los recursos hídricos, devenida en emergencia hídrica desde 2010, está acompañada de inviernos cada vez más pobres en materia de precipitación nívea. Científicos del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA) de nuestra provincia, asocian este aumento en la pérdida de masa glaciar en la región central de los Andes con la megasequía que está sufriendo la región en el último tiempo. El problema es, según los científicos, que, si los glaciares se siguen achicando, en el futuro no vamos a tener esa ‘caja de ahorro’ desde donde sacar agua, que son los glaciares (Dussaillant, Masiokas, Pitte, Ruiz et al.; 2019).

La escena internacional y nacional se distingue, cada vez más, por conflictos socio-ambientales vinculados a los recursos y/o bienes naturales. Si bien la historia del mundo moderno está signada por esta problemática, en la actualidad adquieren otra dimensión por tratarse de indicios acerca de la vulnerabilidad ecosistémica del planeta y la amenaza que ello plantea para la continuidad de la vida humana en las condiciones que hoy conocemos. El actual modelo de desarrollo se basa en una separación entre el hombre y la naturaleza. Una separación que nos ha llevado por generaciones a avanzar sin control hacia lo que consideramos una fuente inagotable de recursos.

Este día del medio ambiente, inserto en la tragedia global del coronavirus, debe obligarnos a reflexionar sobre nuestra vinculación con los ecosistemas, teniendo en cuenta el origen zoonótico (enfermedades infecciosas que se transmiten de forma natural de los animales a los seres humanos; OMS, 2021) de la presente pandemia. Resulta que mutilar los ecosistemas tiene un precio muy caro…

La actual coyuntura deja en claro cómo una crisis sanitaria-ambiental global “contagia” la totalidad de los ámbitos de acción del ser humano, remarcando, una vez más, la necesidad de abordar holística y sustentablemente nuestras relaciones, en tanto parte de un ecosistema global. La tan ansiada “nueva normalidad” no puede llegar de la mano de una renovación de la apuesta por la continuidad del business as usual, basado en modos de producción y acumulación que suponen una apuesta segura por la muerte.

El fin de esta crisis nos debería brindar la oportunidad de reencontrarnos con el mundo de la mano de una nueva mirada holística, mirada que se aleje del apego excesivo a lo material y al consumo y que, suponga una revalorización de la vida, la diversidad y el respeto cultural.

Difícilmente consigamos avanzar hacia el holismo y la sustentabilidad sin aumentar la ambición de los compromisos y las metas internacionales, nacionales y subnacionales.

La cooperación cumple un rol clave en el camino hacia una gobernanza eficiente. Los gobiernos, las ONG, el sector privado y demás actores de la sociedad civil deben ser activos participantes.

La propuesta, entonces, es construir un acuerdo social respetuoso, responsable y equilibrado en su abordaje de las distintas dimensiones que constituyen el medio ambiente. El presente desafío nos da la oportunidad de reencontrarnos en un planeta donde la calidad del aire, del agua, el reto climático, la subsistencia de las especies, y el respeto hacia la biodiversidad y los ecosistemas pesen más en nuestra escala de valores y prioridades que la inmediatez de la rentabilidad económica. Este último es el principal desafío de nuestra generación.

*La autora es parte de IANIGLA. CONICET Mendoza. UNRosario. U. Congreso. U. Aconcagua.

**El autor es parte de CONICET. Universidad Nacional de Rosario.