martes 11 de agosto de 2020

Opinión

René G. Favaloro: ciencia y conciencia

Ciencia y conciencia se conjugaron en él para, por esta última, enaltecer la primera y por ésta, a su vez, fecundar la generosidad, pródiga, de la segunda.

Se ha dicho de René Gerónimo Favaloro, con justicia, que fue un gigante de la medicina mundial. Y lo fue por su ciencia. También se ha destacado, que fue un hombre noble ilusionado en un mundo mejor. Y lo fue por su conciencia. Ciencia y conciencia se conjugaron en él para, por esta última, enaltecer la primera y por ésta, a su vez, fecundar la generosidad, pródiga, de la segunda.

De cepa siciliana, nació en cuna humilde el 14 de Julio de 1923. Día y mes cuya histórica impronta francesa signaba el nacimiento de quien también sería un revolucionario.

Fue hijo de un carpintero ebanista, oficio éste que dejó su huella en el futuro cirujano, quien reconocería que la destreza que la cirugía exigía de sus manos la había adquirido en el aprendizaje de la ebanistería cuando, aún niño, colaboraba como un obrero más en el taller del padre.

Cursó sus estudios secundarios en el viejo Colegio Nacional de la Ilustre Universidad Nacional de La Plata, en el que dedicó su mayor esfuerzo al estudio de las ciencias biológicas, mas sin descuidar la formación humanística que era aspecto fundamental de los conocimientos impartidos en ese Colegio. Allí, tuvo entre sus profesores a eminentes intelectuales de la época, como el dominicano Pedro Henriquez Ureña -a quien luego le dedicaría el libro “Don Pedro y la Educación”- y a Ezequiel Martínez Estrada, el autor de “Radiografía de La Pampa”.

Siendo estudiante de medicina en la Facultad de esa misma Universidad, a raíz de su ayudantía en la cátedra de Anatomía Topográfica y de la posterior actividad en el hospital, recuerda que fue tomando conciencia del placer que sentía al compartir lo que sabía con sus compañeros, enseñando lo que en esa búsqueda sin límites encontraba en la lectura de los temas más diversos.

Graduado ya como médico en 1948, suponía por entonces con seguridad que su futuro estaba allí, en el Hospital Policlínico, donde desarrollaría la actividad quirúrgica y docente siguiendo los pasos de sus maestros. Pero es evidente que cada persona tiene un destino que cumplir, y a tal regla no escapó nuestro hombre.

En efecto, distintos factores decidieron la interrupción de la carrera hospitalaria y universitaria que había planeado. El primero de ellos, talvez el principal, fue el político. Perteneciente a la llamada “Generación del 45”, como estudiante participó de los movimientos universitarios que lucharon por mantener en el país una línea democrática, de libertad y justicia, contra todo extremismo, lo que pagó, en dos oportunidades, con unos días de cárcel. Consecuente en los hechos con sus pensamientos, la negativa a aceptar la doctrina del gobierno de entonces incidió en su decisión de dejar el cargo de médico interno auxiliar al que había accedido por sus propios méritos. A su vez, su aspiración a ocupar el cargo de ayudante diplomado de la cátedra de Clínica Quirúrgica para proseguir la carrera docente, se esfumaba ante la dilación de un concurso que nunca se realizó. Tales circunstancias le advirtieron al joven médico que su futuro entraba en una nebulosa, pues para ascender y progresar debía comulgar con ideas y conceptos que estaban alejados de su formación y de su espíritu.

Como casual y silencioso tributo a la Patria, el 25 de Mayo de 1950, Favaloro, con su ciencia y el llamado de la conciencia emprende viaje a Jacinto Aráuz, pueblo de la Provincia de La Pampa formado, por entonces, por unas diez manzanas desparramadas a lo largo de las vías del ferrocarril, con tres o cuatro cuadras a cada lado. Así, a sus casi 27 años dejaba la ciudad y con ello, al decir de Discépolo, también “el camino que los sueños prometieron a sus ansias”.

En efecto, habiendo enfermado el único médico que atendía a la gente del lugar, a pedido de un tío –antiguo poblador de la zona- aceptó reemplazarle por algunos meses. ¡Quién iba a decir! -se admiraría treinta años después- que el destino transformaría tres meses en casi doce años de insospechable trascendencia para el resto de su vida. Tan fuertes fueron las huellas de las vivencias que en su espíritu dejó la estancia en Jacinto Aráuz, que sus médanos tuvieron el privilegio de ser elegidos por él como urna de sus cenizas. Ese modesto pueblo de campaña, en el que ganaría una riquísima experiencia y acuñaría una filosofía de la vida en el trato con la gente sencilla y sus dramas cotidianos, vino a ser la fragua de un arquetipo forjado con la arcilla de su noble conciencia humanista.

La labor de Favaloro en ese pueblo fue de fecunda creación, propia de titanes y quijotes, como que era recurrente lector del Ingenioso Hidalgo, entre otros autores célebres.

Su entrega como médico no conoció límites. La clínica médica supo de su arte en todas las manifestaciones: fue obstetra, gastroenterólogo, cardiólogo, traumatólogo, en fin, médico para cuanta circunstancia médica lo requiriera.

Mediante una planificación ordenada, con decisión y tremendo esfuerzo pudo realizar cambios comunitarios que, confesaría luego, fueron testimonios de la parte más importante de su vida. A tal espíritu hacedor obedeció, al por entonces, su más preciado logro: la creación de una clínica, casi al año y medio de su llegada al pueblo. Al servicio de este anhelo puso todo el empeño que le exigía su pasión por concretarlo. A título ilustrativo, vale señalar que comenzó por dejar la casa que él habitaba, ya que por su diseño y amplitud resultaba apropiada para tal fin; compró las camas en un cambalache del lugar, las que contribuyó a reparar con sus propias manos; a la familia del anterior médico, ya fallecido, le compró el mobiliario y el instrumental del que fuera su consultorio; mediante gestiones y esfuerzos personales logró la adquisición de un equipo de rayos X, lo cual era una utopía que desafió con proverbial tenacidad. En cuanto a la integración de quienes serían sus colaboradores, rescató del propio farmacéutico del pueblo al bioquímico que yacía adormecido en él por las limitaciones del entorno; la mejor de las comadronas fue elegida para la atención de los partos, además de aplicar inyecciones y hacer curaciones. Una de sus primas -de vocación médica sofocada por la oposición de sus padres- fue capacitada en el Hospital Policlínico de La Plata aprendiendo los fundamentos de la anestesia general. Su natural ingenio -agudizado, en el caso, por la necesidad- le permitió crear un banco viviente de sangre al no poder tenerlo estable por la infrecuencia de su uso. En efecto, mediante la educación, la reflexión persuasiva y la exaltación de la solidaridad logró reunir un grupo de personas que, con su tipo de sangre identificado, se encontraban dispuestas a concurrir a la clínica al menor requerimiento para dar la suya. Tan eficaz fue el sistema que, años después, llegó a afirmar que estaba convencido que, por entonces, conseguía sangre fresca en Jacinto Aráuz tan prontamente como en la Cleveland Clinic de los Estados Unidos.

Por fin, en Abril de 1952, la modesta clínica soltaba sus amarras para servir a toda la comunidad, a la que -contando con la colaboración de los maestros, tanto del pueblo como los dispersos en las zonas rurales- trató de educar en el valor y el cuidado de la salud, desterrando para ello ideas y hábitos ancestrales. Por cierto, la pobreza del paciente nunca fue un impedimento para su atención, la que trataban de compensar con la entrega de algunas vituallas caseras. ¡Cuánta grandeza espiritual la de este insigne médico rural! .¡Cuánta ciencia con conciencia solidaria!, pródigamente entregada por un hombre que, al decir de José Ingenieros, sentía que hay solidaridad cuando la dicha del mejor enorgullece a todos y la miseria del más triste a todos llena de vergüenza.

Solidaridad que en Favaloro respondía a dos sentimientos fuertemente hermanados. El humanista, que le mandaba a prestar ayuda con desinteresada generosidad a quien la necesitara; y el de la gratitud social, como respuesta moral por su formación y graduación en la magnánima universidad pública argentina. Sentimiento de gratitud hoy, acotamos, ¡tan olvidado por muchos de sus egresados!. Mas, en Jacinto Aráuz sus sencillos pobladores fueron genuinos testigos de la fidelidad del “dotor” a esos sentimientos.

En fin, entrelazados por mil anécdotas de cuño campero, fueron pasando en ese pueblo los años para Favaloro. En su decir, algunos buenos y otros malos, de la alegría al sufrimiento, como vive el pampeano en sus amoríos con la lluvia. Allí, su alma enriquecida, había vivido intensamente y, por sobre todas las cosas, conocido en profundidad esa otra Argentina, la distante de la Reina del Plata. Tiempo después, confesaría su inmenso agradecimiento a Dios y al destino por haberle dejado vivir en ese lugar en unión con el Pampero

Y bien, sintiendo casi cumplida su misión allí, los desafíos de la ciencia comenzaban a inquietarle, impactándole los avances extraordinarios de la cirugía torácica por la que siempre se había sentido atraído. Lentamente, fue surgiendo entonces en él la idea de viajar a los Estados Unidos. Finalmente, con mucho dolor, pero lleno de esperanza, Favaloro dejó aquellos pagos -a los que una vez fue llamado por la voz de su conciencia- por los de Cleveland a principios del 62, y a los que fue llevado ahora por su amor a la ciencia. Una vez más estaba frente a un nuevo desafío. Los que me conocen en profundidad, solía decir, saben que no puedo vivir sin desafíos.

Ese espíritu desafiante le llevó, precisamente, a comienzos del año 1967, a preguntarse ¿por qué no utilizar la vena safena en cirugía coronaria siendo que la Cleveland Clínic –en la que él se desempeñaba- registraba una importante experiencia en cuanto a su empleo en otras clases de intervenciones quirúrgicas?.

Fue así que, primero, con una dedicación excepcional al estudio de la hipótesis que se había planteado y, después, con gran coraje en la decisión, en Mayo de 1967 practicó la primera operación aplicando la técnica del by-pass coronario. Favaloro había comenzado a escribir una página célebre, inmortal, en la historia de la medicina y a cuya trascendencia es sólo comparable la importancia que tuvo, en su tiempo, la introducción de las sulfamidas y la penicilina.

Pero, la vida fue para él un permanente hacer para volver a empezar a hacer. En 1970, tuvo lugar en Londres el VI Congreso Mundial de Cardiología, oportunidad que fue aprovechada por algunos integrantes de la delegación argentina para pedirle que regresara al país. Esta vez -a diferencia de otras en las que, con resultado negativo, se le había hecho igual pedido- la idea empezó a germinar en el fértil terreno de su inagotable vocación de servicio. “Una vez más, decía en un pasaje de su renuncia a la Cleveland Clinic, el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil”. En efecto, iba a dedicar el último tercio de su vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires. Departamento, señalaba, que estaría dedicado, además de la asistencia médica, a la enseñanza de posgrado en diferentes ciudades del país y a la investigación clínica, siguiendo a este fin los principios rectores de la Cleveland.

El dinero no fue la razón de su partida. “Si lo fuera, advertía, tomaría en consideración las ofertas que de continuo recibo de diferentes lugares de los Estados Unidos, ya de cirujanos notables o bien de instituciones médicas prestigiosas”, las que le representarían ingresos estimados aproximadamente -según ciertos cálculos que no consideraba descabellados- en dos millones de dólares anuales. Quienes así pretendían tentarlo, no lo conocían en profundidad. “El dinero, afirmaba, nunca ha sido el motivo fundamental de mi actividad quirúrgica. No lo fue en Jacinto Aráuz, tampoco en la Cleveland Clinic ni lo será en Buenos Aires, adonde regreso principalmente por mi vocación de enseñar”.

Finalmente, en la presentación de esa renuncia, concluía diciendo que sería el hombre más feliz del mundo si pudiera ver, en los años por venir, una nueva generación de argentinos trabajando en distintos centros del país resolviendo los problemas a nivel comunitario y dotados de conocimientos médicos de excelencia. “Yo se que estoy emprendiendo un camino dificultoso. Lo lógico y lo realista sería permanecer en donde estoy, pero…si yo no aceptara liderar ese Departamento en Buenos Aires, mi conciencia me diría constantemente: elegiste el camino fácil”.

Luego de dejar la renuncia, confiesa que recorrió esas calles tan familiares llorando sin consuelo. Las lágrimas en él eran parte del lenguaje de un hombre de aguda y exquisita sensibilidad. Otra vez, la ciencia con conciencia decidía en Favaloro.

En l971 regresa al país natal para cumplir su última misión.

Primero, recreó con ilimitada generosidad su conciencia humanista en el corazón campero de la Argentina. Después, fue a cultivar su ciencia a Estados Unidos. Finalmente, volvió a su tierra para, con su ciencia y conciencia, hacer docencia y dictar su dolorosa lección final.

La actividad desplegada a su regreso por el Dr. Favaloro fue por demás intensa y queriendo destacar la trascendencia de sus méritos, podría enunciar una larga lista de distinciones que jalonaron esta etapa de su vida. Mas, prefiero recordar sus palabras cuando al referir -en una carta escrita en medio de su desesperación- el reconocimiento del que había sido objeto por parte del American College of Cardiology al celebrar éste sus 50 años de existencia, dijo: “Yo no vivo de homenajes, me duran sólo unos momentos. Sí, vivo de las pequeñas cosas de la vida y desde siempre mi mayor satisfacción fue ser útil a mis semejantes”. Quizá, el último acto de su vida lo fue para servir a esa vocación plena de filantropía moral.

A los setenta y siete años, el 29 de Julio del año 2000, René Gerónimo Favaloro ponía fin a su vida. Quizá, imagino como musa inspiradora de la tragedia, la ilusión de encontrar en el vientre profundo del infinito la copa etérea donde probar el huidizo sabor de la esperanza.

La Argentina -como bien se ha dicho- con inexplicable antropofagia devoraba a otro de sus mejores hijos. No era la muerte del Maestro obra del delirio, sino de una sociedad que creyó homenajearlo con los discursos ditirámbicos y los aplausos de la despedida, sin entender que, en cambio, debía guardar profundo silencio para poder escuchar su lección final de abnegación al servicio del prójimo, de probidad, de nobleza, de patriotismo que con su inmolación dictaba y que, dolorosamente, aún pareciera no haber sido del todo aprendida por una sociedad que, enferma de indiferencia, gatilló el arma mortal. Como en la Castilla del siglo XV, ¿quién mató al comendador?. ¡Fuenteovejuna, señor!, y ¿quién es Fuenteovejuna? ¡Todos!.

Dr. Favaloro, su muerte no ha sido un tiempo detenido pudriéndose poco a poco. Vive usted, todavía, en la inquieta tumba de los médanos y si las olas, en la metáfora de Neruda, son las novias fugitivas del mar, los médanos, en la mía, son los peregrinos incansables del desierto que lo llevan por doquier en sus entrañas, y así seguir predicando los mandatos de la ética como conducta de vida.