lunes 19 de octubre de 2020

Imagen ilustrativa / Archivo.
Opinión

Políticos que devalúan el valor de la palabra

La distancia insalvable entre una dirigencia que niega la realidad y un país que no le cree nos deja en el peor de los escenarios: el de una decadencia sin retorno, de la que difícilmente los ciudadanos de a pie quedarán indemnes.

Imagen ilustrativa / Archivo.

Demasiado se ha especulado sobre las raíces profundas de la interminable crisis argentina, como para agregar argumentos a un debate no saldado, entre tantos que nos debemos en este país. Pero bien puede apuntarse a la centralidad de lo que nos pasa con una mirada psicoanalítica (casi lacaniana), la que involucra a las palabras y a lo no dicho. Millones de conciudadanos han sido irremediablemente afectados por la devaluación de un activo que no cotiza en bolsa: la palabra. Se podría afirmar que ya nadie cree en lo que oye o lee.

Aun peor, en un proceso de inversión digno de estudio, cada ciudadano ha introyectado que las afirmaciones diarias de funcionarios de todo rango deben inferirse en sentido contrario a lo que expresan. Un expresidente, Néstor Kirchner, lo definió en una clase magistral de cinismo cuando expresó: “No escuchen lo que digo; miren lo que hago”.

Simple y claro. Y la pregunta derivada tiene, por cierto, resonancias inquietantes: ¿puede razonablemente ejercerse el poder o la autoridad en una sociedad que no te cree?

Nuestra sociedad se ha amoldado a la certeza de que toda autoridad engaña, disimula, escamotea y distorsiona, un proceso sincerado por otro expresidente, Carlos Menem –condenado y sin sentencia firme– mediante una confesión: “Si les hubiera dicho lo que iba a hacer, no me hubieran votado”.

Y la política entendida como un ejercicio sistemático de engaño no es sino el mejor pasaje al infierno de la anomia, a la definitiva toma de distancia entre una dirigencia y sus representados, en el marco de una democracia agónica, signada por la certeza de que esta sólo sirve para el beneficio de unos pocos.

Los argentinos nos hemos acostumbrado al clima permanente de fin de fiesta y derrumbe anunciado, en un sendero que jalonan discursos vacuos elaborados por malos comentaristas de la realidad, que niegan cualquier posibilidad de devaluación, afirman la necesidad de recuperar nuestro peso, señalan como un mal cultural nuestro apego al dólar y dicen que esta moneda es para producir, tras haber afirmado que iban a unir a los argentinos. Eso sin olvidar a los ministros de Economía con ideas de laboratorio, que presentan en el Congreso presupuestos irrealizables que serán votados cual ganadores de un concurso de ficción. Todo ello coronado por frases repetidas durante 70 años, del tenor de “las medidas cambiarias no deberían impactar en los precios”. Demasiado para ser cierto, pero es la pura verdad, documentada con imágenes y grabaciones.

La distancia insalvable entre una dirigencia que niega la realidad y un país que no le cree nos deja en el peor de los escenarios: el de una decadencia sin retorno, de la que difícilmente los ciudadanos de a pie quedarán indemnes. La dirigencia continúa sumida en el peligroso juego de incendiarlo todo alrededor, suponiendo que el país saldrá incólume mientras los pésimos guionistas del sketch apuestan a la frase acuñada por Joseph Goebbels: “Miente, miente, que algo quedará”.

Casi que ni vale la pena recordar a dónde conduce este palmario ejercicio de la irresponsabilidad.