¡Pobre diablo!

¡Pobre diablo!
“Diablo” viene del vocablo griego “diábolus” que indicaba “el que separa o divide y creo odio, cólera o envidia”

“Diablo” viene del vocablo griego “diábolus” que indicaba “el que separa o divide y creo odio, cólera o envidia”

Muchas veces, al hablar, traemos a colación el término “diablo”, en frases que poseen diferente valor significativo. Si vamos a buscar el origen del término, nos remontamos al siglo II de la era cristiana, en que aparece, como un préstamo del griego, el vocablo “diábolus”, vocablo que indicaba “el que lanza algo a través o entre otros; el que separa o divide y crea odio, cólera o envidia”.

El diccionario académico reserva este término para referirlo a la persona que tiene mal genio o que es muy temeraria o atrevida: “Lucas es un verdadero diablo al que todos temen”. Asimismo, se le puede atribuir el término “diablo” a una persona astuta, sagaz, que demuestra maña incluso para cosas buenas. Por ello, se denomina “diablo encarnado” a la persona que es muy perversa y maligna. También, un “diablo predicador” es una persona que, a pesar de mostrar costumbres escandalosas, se mete a dar buenos consejos; un “diablo cojuelo” es una persona enredadora y traviesa. En cambio, una persona bonachona y de poca valía será “un pobre diablo”.

Existe una expresión, “ahí será el diablo”, de tipo coloquial, que se usa cuando se quiere hablar de un gran riesgo o peligro que se teme que pueda suceder: “Vienen terribles tormentas y temblamos por los cultivos: ahí será el diablo”.

Como siempre pensamos en cosas negativas y terribles en relación con el diablo, hay dos expresiones que lo exteriorizan: “Andar el diablo suelto” que señala que hay revueltas en un pueblo o comunidad. La otra es “andar el diablo en Cantillana”, expresión que se originó en sucesos del siglo XV, en turbulencias en contra de las autoridades reales y la rebelión se centró en Cantillana. Los arrieros y caminantes se alejaban del lugar y decían que el diablo se encontraba en ese municipio. Otra versión señala que Juan Pacheco, hombre de confianza del rey Enrique, lo acompañaba a Sevilla, allá por 1469, pero no podía entrar allí porque era odiado. Entonces, se quedaba en Cantillana y el rey debía trasladarse a esa ciudad cada vez que precisaba la ayuda de Pacheco.

También en la vida diaria se dice que “se armó una de todos los diablos”, si se quiere indicar que se ha producido gran alboroto o una pendencia difícil de calmar. Cuando exclamamos “¡diablo/diablos!”, coloquialmente queremos expresar sorpresa o disgusto. Lo mismo sucede con la locución “dar al diablo el hato y el garabato”, que indica, o bien enojo, o bien desesperación. Siempre de carácter negativo es la locución “dar de comer al diablo” que indica que se murmura, hablando mal, que se arman rencillas o que se provoca con malas palabras. Análoga es la expresión “darle a alguien el diablo ruido”, que significa “hacer un disparate”. Y cuando de un hecho o circunstancia decimos que es “del diablo, de mil diablos o de todos los diablos”, estaremos diciendo que es malo o incómodo. En Mendoza, usamos mucho una locución adverbial: “Donde el diablo perdió el poncho”. Significa “en un lugar muy distante, poco transitado”.

Si estamos impacientes, pero también si deseamos expresar admiración, usamos con valor interjectivo la locución “¡qué diablos!”; y cuando una persona es muy astuta o muy revoltosa se dice que “tiene el diablo/ los diablos en el cuerpo”. Otra locución coloquial que designa a un ser muy despreciable y de ningún valor es la que dice “no valer un diablo alguien o algo”.

¿A quién se lo llama “abogado del diablo”? Es aquel que opera como contradictor de buenas causas; también, se llama así al que tiene como deber suscitar dudas y oponer objeciones, aunque después vote a favor, con arreglo a su conciencia.

Al sustantivo “diablo”, le corresponde el adjetivo “endiablado”, que significa “muy feo, desproporcionado”, pero también, “sumamente perverso, malo, nocivo”: “Era un rostro endiablado, daba miedo”. “El lugar parecía endiablado”. Otro adjetivo relacionado es “diabólico”, que se puede interpretar como “enrevesado, muy difícil”, además, “siniestro, perverso”: “Habían pergeñado un plan diabólico”.

Nos sorprende encontrar dos diminutivos, registrados con entradas separadas en el diccionario: “diablillo” y “diablito”, que no tenían los mismos significados. “Diablillo” se define como “la persona que se viste de diablo, en las procesiones o en carnaval”; coloquialmente, “persona aguda y enredadora”: “Es un verdadero diablillo”.

En cambio, “diablito” tiene otras acepciones diferentes: puede ser un esclavo negro, vestido al modo de su tierra africana de origen, que bailaba por las calles, especialmente en el día de Reyes; pero, además, “aparato usado para robar corriente de las líneas eléctricas públicas”.

Hay dos sustantivos formados a partir de este término: “diablada”, danza tradicional del noroeste argentino y Bolivia, de tono carnavalesco, en que los participantes se disfrazaban de diablos: “Eran vistosos los trajes de la diablada”.

El otro sustantivo es “diablura”, como “acción que puede ser reprendida por molesta, pero que carece de mala intención”: “Todavía nos reímos de las diabluras de Lucía”.

“Mandar todo al diablo” es una frase que figura en el glosario de modismos argentinos para significar que hay que abandonar todo para empezar de nuevo.

Nos detendremos en algunos refranes que toman el sustantivo “diablo”: “Más vale un pan con Dios que dos con el diablo”: en desuso, significa que es preferible conformarse con poco, pero con virtud, que tener mucho, con la ayuda demoníaca. Una locución comparativa es la que dice “como alma que lleva el diablo”, en la que se quiere poner de manifiesto que alguien anda con mucha prisa y nerviosismo, con el ánimo perturbado y agitado.

“Cruz en los pechos, diablo en los hechos”, llamado de atención a los hipócritas que, aparentando ser religiosos, en la realidad, obran con maldad.

“El hombre propone, Dios dispone, llega el diablo y todo lo descompone”: A pesar de los planes humanos y de la mediación divina, muchas veces, el azar y la fatalidad pueden cambiar el curso de los hechos.

“El diablo hace la olla, pero no la tapa”: En todo acto malo, por más perfecto que parezca, puede haber fallas y, a causa de ellas, se descubre al autor y se desmorona un proceso.

*La autora es Profesora Consulta de la UNCuyo.

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