martes 11 de agosto de 2020

Mendoza, si quiere recuperar parte de su grandeza perdida, debería ponerse a la cabeza de un país federal en serio e ir convocando al resto de las provincias a la misma gesta / Archivo
Opinión

Mendocinos al borde de un ataque de nervios

Mendoza, si quiere recuperar parte de su grandeza perdida, debería ponerse a la cabeza de un país federal en serio e ir convocando al resto de las provincias a la misma gesta.

Mendoza, si quiere recuperar parte de su grandeza perdida, debería ponerse a la cabeza de un país federal en serio e ir convocando al resto de las provincias a la misma gesta / Archivo

La posibilidad de pensar en el separatismo provincial que insinuó esta semana Alfredo Cornejo no es es una alternativa buena hoy, ni mañana ni nunca (y quizá ni siquiera posible), pero lo positivo es que el ex gobernador haya podido lograr, al menos por unas horas, que el federalismo sea tema de debate nacional. Ahora hay que mantenerlo, pero en serio.

Es cierto que a veces, como en esta ocasión, pareciera que a algunos gobernantes, Mendoza no les importa y que les daría lo mismo que estemos o no, pero justo por eso es necesario reafirmar nuestra identidad nacional en vez de rendirse y dejarla de lado. Mendoza es parte indisoluble de la Argentina aunque muchos políticos la agredan respondiendo más a la facción que a la nación o al centralismo más que al federalismo.

Pero vamos a los contenidos del debate. No es que el separatismo sea una propuesta más avanzada que la autonomía, sino que son conceptos opuestos. Lo correcto es que a mayor autonomía haya mayor integración, no mayor aislamiento. No se trata de pelear por ser cabeza de ratón sino por ser parte de la cabeza del león aunque hoy estemos en la cola. Esto sigue siendo una utopía pero mucho menos utopía que la separación.

En los orígenes de la patria, San Martín debió alejarse del puerto para realizar su misión liberadora continental, pero vino a Mendoza no a separarse de Buenos Aires, sino a pelear desde aquí para que no lo molestara en su magna tarea el aislacionismo porteño al que no le importaba la liberación americana porque estaba más interesado en pelearse con las facciones adversas del interior. San Martín fue integracionista, nunca quiso dividir al país, sino unirlo más a América, sumando incluso a Buenos Aires. Y eso que el puerto lo que le obstaculizaba era liberar América, algo bastante más grande que impedirle hacer Portezuelo.

El gran General era independientista a nivel continental y federalista en lo nacional. E integracionista en lo nacional y continental. Integraciones que aún siguen pendientes.

Los que tenían el puerto, en cambio, desde los orígenes buscaron achicarse y ceder territorios del virreinato porque se suponía que de ese modo ellos instalarían “su” civilización separándose de la barbarie de los otros. Pero mientras Argentina cedía territorios, Brasil los aumentaba.

Luego de Caseros se impusieron más en este tema las ideas porteñas que las alberdianas que veían la centralidad del país en las provincias y no en el puerto. Pero Alberdi nunca pensó en separarse. Los que pensaron en separarse fueron los del puerto. Si al fin se constituyó el Estado nacional fue porque las provincias, con el general Roca al frente, avanzaron sobre el poder central. Pero aún así el Estado que se construyó fue más centralista que federal. Y sigue siendo.

Podríamos, incluso algo más que metafóricamente, decir que en la Argentina hay más de un “país”, que el centralismo ocultó. Uno tiene su epicentro en Mendoza. Ése es el país que imaginó, entre tantos otros, un mendocino llamado Manuel Olascoaga, que dijo que hacer sólo el ferrocarril pampeano incrementaría la dependencia de Buenos Aires, como un embudo que potenciaría al puerto y no a las integraciones provinciales. Por eso proponía crear también el tren andino que cubriría de muchos oasis, como los mendocinos, a toda la zona que limita con la Cordillera de los Andes. Luego, Emilio Civit rescató la idea de ese ferrocarril del país cordillerano, pero no pudo concretarlo.

En la reforma de la Constitución Nacional de 1994 el verdadero debate no fue el pacto de Olivos por la reelección de Menem porque eso ya estaba cerrado desde antes al haberlo acordado peronistas y radicales. El verdadero debate, no tan conocido, se dio por la relación provincia-nación. Se impuso un proyecto lavado que propone una nueva ley de coparticipación que es casi imposible de concretar porque en el esquema actual ninguna provincia cederá un punto para dársela a otra.

En cambio, hubo una propuesta alternativa (apoyada por la UCR, el Frente Grande, los partidos provinciales, el peronismo renovador mendocino y el kirchnerismo santacruceño) que llegó a sumar más votos que el oficialismo, lo que obligó a la intromisión alevosa del cavallo-menemismo en la Convención. Lo que sugería ese proyecto era tender a una inversión de los esquemas, que en los hechos implicaba una refundación del país: que en el mediano plazo las provincias fueran las que recaudaran los impuestos hoy nacionales (salvo excepciones limitadas) y que luego se los coparticiparan a la Nación, mejor dicho al Estado Central, porque allí las provincias sumadas serían la Nación y ese Estado central dejaría de ser una entidad al servicio de sí misma como es hoy, que recauda mucho pero mal, gasta peor y mantiene a las provincias sometidas a su decisionismo.

Las provincias más desarrolladas, entre las que se encuentra Mendoza, podrían pasar prontamente de un sistema a otro porque están preparadas para cobrar todos los impuestos ya que la mitad de sus gastos los cubren con tasas propias. Las más chicas y más feudalizadas deberían contar por un tiempo con el apoyo de ese nuevo Estado Central que se nutriría de los aportes que le ceden las provincias. Así se lograría más autonomía en las provincias grandes y de a poco, en la medida que fueran cobrando sus propios impuestos, las provincias chicas deberían aprender a vivir de su propio esfuerzo impositivo y no del subsidio federal.

Claro que hablamos de algo tan o más difícil que apostar al separatismo, pero en el sentido contrario. Mayor autonomía provincial para mayor integración nacional. No se podrá hacer hasta el día en que las provincias, hastiadas de ser dominadas por el poder central, decidan avanzar a la toma del mismo. Que eso sí es una revolución y no la de creer que se puede ser mejor si se abandona el país.

Ya lo sabía San Martín cuando se separó de los aislacionistas porteños para acercarse a los integracionistas cuyanos, esos que supimos sumar tan bien el institucionalismo chileno (pero no elitista, sino popular) con la movilidad social argentina.

Hoy Mendoza, si quiere recuperar parte de su grandeza perdida, debería ponerse a la cabeza de un país federal en serio e ir convocando al resto de las provincias a la misma gesta. En ese nuevo país Mendoza sería una provincia grande y no sólo por su tamaño. Separada sería un país muy pequeño y no sólo por su tamaño.