Massa presidente (del club de pasivos remunerados)

Sergio Massa. Imagen ilustrativa / Archivo
Sergio Massa. Imagen ilustrativa / Archivo

Contra la remanida excusa de la multicasualidad del fenómeno inflacionario, cada vez se torna más evidente la incidencia dirimente del exceso de emisión monetaria.

Martín Guzmán se ha transformado en el nombre maldito que explica todas y cada una de las desgracias del Gobierno nacional. La excusa oficial es que Guzmán estafó a todos y se dio a la fuga. Como el hábil impostor de una estafa piramidal.

Hasta allí las coincidencias, porque después se bifurcan los caminos: Cristina Kirchner lo acusa de haber mentido para hacer un ajuste; Sergio Massa le reprocha haber engañado para no hacerlo. Alberto Fernández lo despidió con lógica cuántica: por las dos razones y ninguna de las dos, al mismo tiempo. Un fundamentalista del principio de incertidumbre.

Esa contradicción central todavía deambula en el Gobierno. De su resolución depende la evolución de la crisis. Pero a medida que pasan los días asoma la herencia que dejó el exministro, con la anuencia del Frente de Todos. Sobre todo, la inconsistencia conceptual de su gestión. A la que, pese a todo, el oficialismo todavía se aferra en su discurso público.

Cabe anotar la remanida excusa de la multicausalidad del fenómeno inflacionario, cuando cada vez se torna más evidente la incidencia dirimente del exceso de emisión monetaria. Y la gran prestidigitación con la que Guzmán convenció, sin mucho esfuerzo, a sus mandantes: la única deuda relevante es la deuda en dólares.

Sergio Massa acaba de chocar contra esos dos errores. La primera acción concreta de su gestión fue una gigantesca operación de renovación del endeudamiento interno, con una corrección simultánea de la tasa de política monetaria que habla por sí misma de la gravedad de la crisis.

Lucas Llach, exvicepresidente del Banco Central, se permitió recordar que a su gestión se la cuestionaba por fijar la tasa anual de política monetaria en el 28%. La de hoy es 69,5%. Puede argüirse que entonces la inflación era sustancialmente más baja. “De eso se trata, precisamente”, responde Llach. La remuneración exorbitante de pasivos del Central termina demandando una emisión monetaria enorme, que agrega combustible a la inflación.

Hay una cifra que pone en evidencia la profundidad de ese abismo: las Leliq se acercan a un costo anual de cuatro billones de pesos. Un 4 seguido de 12 ceros. Mientras, no es menos significativo el mecanismo utilizado por Massa para reprogramar los vencimientos internos: un nuevo menú de bonos duales. De rendimiento atado a la inflación. Mientras promete no devaluar.

Aquella patria financiera

Si en el imaginario populista todavía existe algo así como la “patria financiera”, conviene advertir que está celebrando en el club de los pasivos remunerados. Viene a sincerar un nuevo problema, tan grave como el del déficit fiscal que Massa promete reducir: el del déficit cuasi fiscal. Un concepto clave en la crisis hiperinflacionaria que tuvo Menem; objeto de debate en los tiempos del Plan Bonex.

Massa intentó maquillar al velociraptor. Mostró un ínfimo gesto de austeridad: le devolvió al Banco Central el 0,6% de todo el financiamiento monetario de los últimos 12 meses. Desde el FMI le enviaron señales de trato cordial. Pero en la próxima revisión del acuerdo vigente no sólo deberá exhibir metas cumplidas sobre recomposición de reservas y reducción del déficit. También explicar cuánto de los objetivos comprometidos de política monetaria se han desviado con el nuevo jubileo de los pasivos remunerados.

Massa quiere llevarle a Kristalina Georgieva un ajuste tarifario real, no la “sarasa” que le imponían a Martín Guzmán desde el Instituto Patria. El economista liberal Ramiro Castiñeira puso en relación ese objetivo, con la expansión del déficit cuasi fiscal que acaba de promover el superministro: “El Estado se desespera por hacer un ajuste de 500 mil millones anuales en tarifas. El Banco Central aumenta el gasto a 500 mil millones mensuales”.

Vindicados

Pero, aunque por el momento Massa sólo haya encarado como agenda prioritaria el legado de deuda interna que para Guzmán era irrelevante y el tarifazo que le piden las empresas que lo circundan, la expectativa inicial que generó explica el revuelo que hay en la oposición.

Juan José Aranguren se siente vindicado por el ajuste tarifario que promete Flavia Royón. Federico Sturzenegger por la política monetaria que ejecuta Miguel Pesce. En la vanguardia de esa revisión, Macri reivindicó aquella desazón histórica que confesó después de las Paso en 2019. De la que tuvo que arrepentirse para poder entregar en fecha el gobierno.

Elisa Carrió olfateó ese nuevo debate: Massa gestionando redefine la polarización interna que persiste entre los opositores. Entre los que promueven un amplio acuerdo político de salida a la crisis, en diciembre de 2023; y los que sostienen precisamente lo contrario: que la crisis devorará a los que lo intenten.

Para Carrió son panperonistas los primeros y panrepublicanos los segundos. Pero dió a entender que no es una diferencia política, sino ética, la que divide a las partes. Puso una mecha explosiva en Juntos por el Cambio. La criticaron por inoportuna. Pero Carrió calculó su salida: en medio del juicio en el que Cristina Kirchner se ahoga en un mar de pruebas en contra.

Las crisis suelen tener esa virtud esclarecedora. El Gobierno está en cuenta regresiva: está obligado transformar el humo en plan. La oposición, hasta ahora unida, también. Por eso no crujen los clavos.

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