jueves 3 de diciembre de 2020

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Opinión

Más preguntas para la vuelta a las aulas

Los docentes, desde que arrancó en marzo el aislamiento social y obligatorio, tuvieron que ser más creativos para llegar a sus alumnos y las familias pusieron de lo suyo para no caer en la marginalidad del sistema educativo.

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Ya se ha dicho bastante en estos días, aunque muchos sigan sin entenderlo. Desde que arrancó en marzo el aislamiento social y obligatorio, y los niños dejaron de asistir a las aulas, tanto docentes como familias se las ingeniaron para adaptarse al nuevo tipo de educación. Ninguno tenía ninguna experiencia. Apenas conocían algunas herramientas y aplicaciones tecnológicas que aprovecharon de acuerdo con las posibilidades que brindaban internet, los paquetes de datos y los dispositivos disponibles en el hogar.

No ha sido fácil. Y si bien ya estamos todos de acuerdo en que esta etapa está lejos de lo que se denomina “educación virtual” o “a distancia”, sí tenemos claro que ha marcado un antes y un después. También ha ratificado que existe una importante brecha educativa, que a pesar de que algunas escuelas reciben de las instituciones oficiales mayor cantidad de recursos educativos, ese material no sirvió de mucho en estos meses de aislamiento.

Los docentes de estas instituciones tuvieron que ser más creativos para llegar a sus alumnos. Las familias pusieron de lo suyo para no caer en la marginalidad del sistema educativo. Aún así un bajo porcentaje -pero que en números absolutos puede resultar importante- quedó fuera del sistema.

Entonces, desde el primer piso de Casa de Gobierno quieren entender las ausencias que ven en el GEM y piden planillas a las supervisoras, que piden planillas a las directoras, que piden datos a las docentes. Todo eso con la promesa de que otra área del Gobierno contactará a esas familias. Sin embargo, pasa poco porque no dan abasto.

Si bien la mayoría de los escolares decía que disfrutaba esta etapa de aprender desde casa, muchos ahora blanquean que extrañan la experiencia educativa que implica la escuela: la “seño”, los recreos, los compañeros, las clases en sí.

La fundación Cimientos (una organización de la sociedad civil que trabaja a favor de la igualdad de oportunidades educativas acompañando, mediante una tutoría y una beca económica, a jóvenes en contexto de vulnerabilidad) realizó un informe a partir de indagar en las condiciones de estudio a distancia, conectividad y hardware presente en cada hogar donde tenemos presencia.

En ese informe nacional, la fundación -que también acompaña a 80 jóvenes de Mendoza y Godoy Cruz, en su trayectoria por la escuela secundaria pública- recogió sensaciones, pensamientos y situaciones de los adolescentes. Y observaron, por ejemplo: estados de ánimo tales como el aburrimiento o el cansancio que provoca el encierro, lo cual se relaciona con extrañar la escuela, la rutina y las actividades habituales; valoración de los profesores y la expresión del deseo de recuperar la interacción del aula y sus explicaciones; exceso y/o dificultades de las tareas que reciben de la escuela, lo que puede provocar cierto estrés; problemas de conectividad y preocupación por no acceder a tiempo a los materiales enviados por la escuela; preocupación sobre el cuidado de la salud propia y de familiares en el contexto del coronavirus; preocupación frente a las dificultades económicas que atraviesan sus hogares; valoración del tiempo compartido en familia, si bien hay quienes señalan que la convivencia de una familia numerosa.

Estos argumentos y sobre todo la situación epidemiológica en cada jurisdicción del país invitan a desarrollar diferentes escenarios para el retorno a las aulas y ver cómo seguimos: si vuelven primero quienes pasan de un nivel a otro, los que están en situación de vulnerabilidad o no han podido seguir con el proceso durante el aislamiento, los estudiantes rurales, etc. Y una vez más son las escuelas (los equipos directivos con sus propios docentes) quienes tienen que diseñar su propio retorno (tal como les dieron libertad para decidir si cerraban o no los establecimientos en la semana previa al 20 de marzo, aunque después tuvieron que dar varias explicaciones por la decisión tomada).

Las preguntas que surgen son varias según la realidad de cada escuela: ¿cuántos alumnos de cada curso?, ¿cómo serán los recreos?, ¿habrá que reorganizar los horarios?, ¿qué pasará con los docentes que están en grupos de riesgo?, ¿se llamará a suplencias para reemplazar a esas maestras?, ¿será el barbijo un elemento más de los estudiantes para cuidar que no se pierda, no se saque, no sirva para burlas? ¿será responsable el directivo si un alumno aparece contagiado?, ¿los que se manejan en colectivo -tanto docentes como alumnos- quedarán exceptuados de retornar a la escuela?, ¿puede la evaluación tradicional dejar verdadero registro de aprendizajes de un modo diferente?

Asimismo, los padres de alumnos de sexto grado y de cuarto año que ven en el emblema nacional un premio a su trayectoria educativa están ansiosos por saber cómo esta situación influirá en su promedio y aspiración. Los padres de quienes tienen niños en sala de cinco, en séptimo grado o en el último año de la secundaria se preguntan sobre cómo será el paso al nuevo nivel.

Los aprendizajes han sido muchos, tal vez no los que estamos acostumbrados y que se suelen repetir año tras año -a pesar de que hay varios docentes que se desviven para actualizar su tarea-. Entonces… ¿puede la evaluación tradicional dejar verdadero registro de aprendizajes de un modo diferente?, ¿será hora de replantear cuál es el objetivo de elegir abanderados y escoltas de la manera que se hace?, ¿qué capitalizará la escuela de esta experiencia para incorporar al día a día del trabajo aúlico?