Las peripecias de Alberto para defender a Maduro

Los cambios de posición de Alberto no pueden explicarse con lucidez y honestidad intelectual.
Los cambios de posición de Alberto no pueden explicarse con lucidez y honestidad intelectual.

En Venezuela triunfó la represión. Falta ver si, con la ayuda del kirchnerismo, entre otros, logra también triunfar la impunidad.

Según Alberto Fernández, “el problema de los Derechos Humanos en Venezuela poco a poco fue desapareciendo”.

¿Qué significa eso? ¿Puede desaparecer un crimen? ¿Qué evento causó que “poco a poco” las violaciones a los DD.HH. del régimen de Maduro “fueran desapareciendo”? ¿Acaso resucitaron los más de ocho mil asesinados en ejecuciones extrajudiciales y los cientos de manifestantes muertos por las balas de las fuerzas represivas?

Antes de acordar con Cristina Kirchner su postulación a presidente, Alberto Fernández denunciaba los crímenes de Maduro con argumentos lógicos y entendibles. Ahora, desde la presidencia, sostiene absolutamente lo contrario recurriendo a argumentos desopilantes.

Alguien reprochó cierta vez a John Maynard Keynes haber planteado una tesis exactamente opuesta a la que había sostenido tiempo atrás. El economista respondió que se había dado cuenta de que estaba equivocado y que, sencillamente, había corregido su error.

El de Keynes fue un cambio virtuoso de posición, porque podía explicar con lucidez y honestidad intelectual por qué antes estaba equivocado y cuál era el fundamento de su nueva tesis.

Por el contrario, los cambios de posición de Alberto no pueden explicarse con lucidez y honestidad intelectual. Las posiciones que hoy sostiene sobre el pacto con Irán y sobre la violación de Derechos Humanos en Venezuela, son totalmente contrapuestas a las que sostuvo cuando estaba distanciado de Cristina. Y al intentar explicarlas, se extravía en laberintos surrealistas.

Decir que las violaciones de DD.HH. en Venezuela son un problema del pasado porque “poco a poco fueron desapareciendo”, implica decir que los crímenes cometidos pueden desaparecer.

Es obvio que no es así. Si se cometieron crímenes de lesa humanidad, esos crímenes están, permanecen, no desaparecen. Sostener lo contrario es una manera absurda de reclamar impunidad.

Lo que debe haber querido decir, es que los asesinatos extrajudiciales, los encarcelamientos arbitrarios y las torturas fueron disminuyendo en cantidad, hasta dejar de ocurrir. Es posible. Al menos en el último año y medio, el régimen dejó de perpetrar asesinatos, torturas y detenciones ilegales en el marco de la represión. Pero eso no hace desaparecer los crímenes cometidos y por los cuales los responsables deben rendir cuentas. Sostener lo contrario es justificar la impunidad.

Si un asesino serial en determinado momento deja de asesinar ¿qué ocurre con los crímenes que ha cometido? ¿empiezan a desaparecer a partir del día en que dejó de matar?

Alemania se hizo cargo de un genocidio cometido hace más de un siglo. El Estado alemán admitió que los colonos germanos en el África Sudoccidental, la actual Namibia, exterminaron en la primera década del siglo 20 a dos etnias nativas, los hereros y los namas. Por aquellas masacres que fueron ignoradas por el mundo, y sin que mediara presión internacional, el gobierno de Angela Merkel indemnizará con mil cien millones de euros a los descendientes de los hereros y namas asesinados.

Alberto tendría que explicarle a Merkel que aquellas violaciones de DD.HH. cometidas entre 1904 y 1908 fueron desapareciendo “poco a poco” a partir del final del colonialismo alemán en Namibia.

En realidad, lo que intenta el presidente es consagrar la impunidad al régimen que llevó a cabo una represión criminal para sofocar las masivas protestas que lo desafiaron durante largos meses.

Impulsa la impunidad de dos modos: desentendiéndose del documento que acompañó la denuncia ante la Corte Penal Internacional y argumentando, desde el pensamiento mágico, que las violaciones a los DD.HH. han desaparecido.

El presidente seguramente se refiere a que, desde que las masivas protestas contra el régimen fueron sofocadas, ya no hubo manifestantes caídos por la represión y han dejado de producirse crímenes extrajudiciales y detenciones ilegales.

Que los aparatos represivos, que incluyen a los llamados “colectivos” (versión chavista de lo que la dictadura de Videla llamaba “grupos de tareas”) hayan cesado sus actividades criminales, no es consecuencia de que el régimen esté dando pasos hacia la restauración del Estado de Derecho. Es consecuencia de la victoria de la represión sobre las protestas. Eso ocurrió en Venezuela: la represión venció a la protesta social.

No siempre triunfa la represión. En Chile, por ejemplo, Sebastián Piñera respondió a las protestas de manera aberrante: con represión y militarización. Pero, finalmente, en Chile la represión no triunfó. Lo prueba el hecho de que Piñera haya tenido que sentenciar el fin de la Constitución de Pinochet, reemplazándola por lo que será la primera carta magna surgida de un proceso democrático. Y lo reconfirma que, en los comicios constituyentes, el oficialismo haya sido derrotado por la izquierda y por los independientes.

En Venezuela triunfó la represión. Falta ver si, con la ayuda del kirchnerismo, entre otros, logra también triunfar la impunidad.

*El autor es politólogo y periodista.

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