Las niñas, los niños, los días: de la guerra y otras infamias

En el subsuelo donde el estruendo hace vibrar los huesos y las madres abrazan a sus hijos para salvarlos y caen con ellos en un musgo de oscuridad, de gritos, de preguntas.
En el subsuelo donde el estruendo hace vibrar los huesos y las madres abrazan a sus hijos para salvarlos y caen con ellos en un musgo de oscuridad, de gritos, de preguntas.

¿Quién avanza sobre los escombros de una ciudad? ¿Qué hay dentro de quien se atreve a caminar sobre los huesos de los otros?

Hemos andado siglos de extrañas travesías y ahí estaban, las niñas y los niños. Quebraban el pesar de los días, alumbraban oscuridades, señalaban las bandadas, preguntaban por los secretos de las flores y por los misterios abstractos. Hemos andado siglos de aventuras y descubrimientos, uniéndonos a la obra de algunos gigantes de dulce corazón. Y ahí estaban, entre nosotros, nuestras niñas, nuestros niños.

Hemos conquistado desiertos y riberas, medanales y ciénagas, hemos bordeado el precipicio, atravesado dunas. Y ahí estaban, a veces colgados en la espalda de las madres que limpiaban las pisadas de los otros, mirando de cerca el madurar de la uva, el resplandor de los libros, el amarillo de los maíces, el ácido verdor de las manzanas. Estaban en el fondo arenoso de los tazones de una leche no siempre cierta, en el fondo transparente del mate cocido demasiado acuoso para alcanzar los cumpleaños, en la tela que estiraba su fibra para cubrir la escasez y dar espacio para el salto.

Y al lado de su corrida y sus juegos de manos estaban las marcas de los otros, los gestores de la infamia. Los capaces de quebrar la historia de sus días, las diáfanas miradas, la cercanía del pan.

Las niñas, los niños, los días. De la guerra y otras infamias.
Las niñas, los niños, los días. De la guerra y otras infamias.

En el fondo de sus ojos las niñas y los niños juegan, en el respirar de los días aún juegan, aún se acercan a las mesas ajenas para ver cuánto han crecido, aún se trepan a la casa del árbol para ver cómo es la vida desde otra altura. Aún siguen descubriendo sus manos trémulas como aves nuevas. En el fondo de sus voces existe aún la música, existirá siempre la música.

Pero a veces hay que huir, en largas caravanas donde algunos se convierten en recuerdos de arena, en lentas travesías para acampar en lugares extraños. En la vulnerable barca que atraviesa el mar en busca de otra orilla, mendigando un mínimo espacio para sobrevivir. En la patera que tantas veces sucumbe y deja pequeños cuerpos inertes en la orilla.

A veces, en la propia tierra hay que habitar en lugares donde el agua no ha aprendido a llegar, donde las rodillas se vuelven transparentes a fuerza de hambre y abandono. Donde los ojos se hacen grandes mientras crecen, exigidas por la nada, las pancitas.

En el subsuelo donde el estruendo hace vibrar los huesos y las madres abrazan a sus hijos para salvarlos y caen con ellos en un musgo de oscuridad, de gritos, de preguntas.
En el subsuelo donde el estruendo hace vibrar los huesos y las madres abrazan a sus hijos para salvarlos y caen con ellos en un musgo de oscuridad, de gritos, de preguntas.

Otras veces hay que refugiarse. Respirar un humo fétido y esconderse en refugios del subsuelo, del subsuelo de todo lo esperado, del subsuelo donde temen las raíces, del subsuelo de los edificios que alguien construyó sin saber que serían una carcasa vacía, con ventanas heridas, donde el espectro de un violín insiste con su última sonata.

En el subsuelo donde el estruendo hace vibrar los huesos y las madres abrazan a sus hijos para salvarlos y caen con ellos en un musgo de oscuridad, de gritos, de preguntas.

Corre después alguien sobre los escombros, corren los que tenían hijos y amigos y una historia pasada y una historia por venir. Corren y la que fuera vida es un campo de agujeros, quebrado en su derecho de semilla, en sus siglos de cultura, quebrado en todas las simientes. Corre un hombre con su hijo que ya no tiene voz, ni mirada, ni castillo de arena, ni cuaderno caminado de letras. El polvo de muerte llena el aire, cae como ceniza de un gigante candil apagado, como respiración perversa que hiede a pólvora, mientras pasan los soldados que una vez fueran niños.

¿Crecerán las voces un día, las voces de niñas y niños, distantes de un mandato de muerte?
¿Crecerán las voces un día, las voces de niñas y niños, distantes de un mandato de muerte?

¿Quién avanza sobre los escombros de una ciudad? ¿Qué hay dentro de quien se atreve a caminar sobre los huesos de los otros? ¿Qué recibió al crecer el que es capaz de acorralar a seres humanos con las manos en garras, con las manos en armas? ¿Qué naciones son las que golpean? ¿Qué poderes son los capaces de erguirse sobre el miedo de los niños? ¿Qué triunfo es el que corona a quienes ponen la muerte en la boca del que pide alimento, la muerte en el cuerpo que nació para ser amado, cuidado, acompañado? ¿Quién es el que se suma a una maquinaria de muerte que hace del ser humano el gran predador, el sádico temido, el inconsciente burlador?

¿Crecerán las voces un día, las voces de niñas y niños, distantes de un mandato de muerte? Crecerán, tal vez, hasta unirse con las voces de los hombres y las mujeres que no olvidamos que la muerte es muerte y hemos de seguir eligiéndonos a favor de la vida, de la vida que venimos a caminar, de la vida que todas y todos merecemos. Una vida con una cotidiana posibilidad de trabajo y de alegría, de arte y de salud, de esperanza y realizaciones, de lugares donde todo, aunque difícil, sea posible. Cantar y construir, escribir y silbar y reír y aguardar la madurez de los frutos mientras el sol inaugura otra vez el día para cada árbol, para cada cisne, para cada espacio de aire donde una niña o un niño se decida a dar su primer paso. El paso que hay que cuidar, ese que puede redefinir nuestra dudosa humanidad.

*La autora es escritora mendocina radicada en Neuquén

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