La violencia imbécil

Juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa en los tribunales de Dolores.
Juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa en los tribunales de Dolores.

Son tiempos de muchos tipos de violencia. Una de ellas es la violencia imbécil, que alude a lo que no tiene sustento, no se apoya en nada, carece de fundamento.

Es una sensación inquietante. Perturbadora. “Cuando miras largamente un abismo, el abismo también mira adentro de ti”, escribió Friedrich Nietzsche, tratando de explicar que quien enfrenta monstruos puede convertirse en otro monstruo.

La advertencia del autor de “Así habló Zaratustra” ronda la Argentina que mira, espeluznada, a ocho muchachos ostentando una frialdad monstruosa.

Los malevos que fascinaron a Borges, a Macedonio Fernández y Evaristo Carriego tenían la pulsión de la violencia, pero también tenían códigos. Y en esos códigos no está el linchamiento, porque es una expresión brutal de cobardía y porque lo genera una pulsión abyecta.

La presenció Córdoba en la tribuna del Kempes cuando, en abril del 2017, hinchas de Belgrano golpearon a un joven que acababa de ser marcado como hincha de Talleres y lo arrastraron gradas abajo hasta el balcón desde donde lo lanzaron al vacío, matándolo. En ese vía crucis en descenso, hubo un puñado de golpeadores y hubo decenas de testigos. Lo que no hubo es quien defienda la víctima.

Hace tres años, en Villa Gesell, se repitió la escena atroz de un linchamiento. Hoy, sus autores están en el banquillo de los acusados. Desde el crimen, la prensa los llama “los rugbiers”, como si el deporte que practican como aficionados fuese la clave de la obtusa bestialidad que parece caracterizarlos, o como si el rugby fuera el rasgo principal de sus desoladoras vidas.

Igual que en tantos otros países, la violencia es un flagelo en Argentina. Y la violencia sin causa, esa que emana de hastíos y vaciedades, hace estragos entre los jóvenes. Pero los asesinos de Fernando Báez Sosa resultan más perturbadores que la multitud de matones que todas las noches, en las puertas de los boliches, se expresan con trompadas y patadas. En los linchadores de Villa Gesell asoman las señales de una naturaleza aún más deplorable.

Son tiempos de muchos tipos de violencia. Una de ellas es la violencia imbécil, o sea la que se explica en la raíz etimológica de ese término, que alude a lo que no tiene sustento, no se apoya en nada, carece de fundamento. Los llamados “rugbiers” expresan como pocos el flagelo de la violencia imbécil.

En la puerta de Le Brique, al sufrir un feroz “ataque piraña” de ocho contra uno, la víctima fue asesinada con una saña inexplicable. Sin siquiera conocerlo, le pegaron como poseídos por un desprecio justificado en algún motivo poderoso. Y ahora que ha comenzado el juicio, el país entero contempla durante horas de televisión los rostros imperturbables de los asesinos, con los ojos reflejando un vacío oscuro y abismal.

Parecen no entender nada. Como si, poseedores de una negligencia abrumadora, ni siquiera pudieran darse cuenta de que, aunque no lo sintieran, les convendría pedir perdón, mostrar algún dolor, dar alguna señal de arrepentimiento, argumentar algo que pudiera atenuar el escozor que provoca mirarlos, lo aberrante que resultan las imágenes del crimen cometido, lo estremecedoras que son las descripciones de la violencia que descargaron en ese ataque contra un desconocido que no los estaba atacando ni resultaba una amenaza para ellos. Deshabitados por cualquier vestigio de conciencia y sensibilidad, el vacío parece ocupado por un supremacismo hueco que no les permite ni siquiera darse cuenta que atacar a uno entre varios no requiere coraje, ni fuerza, ni destrezas especiales, sino abyección.

Quienes lincharon a Fernando Báez Sosa no serían aceptados por los malevos de Borges, Macedonio y Evaristo. Los despreciarían.

El rating muestra que una legión inmensa de argentinos reparte su tiempo de televidente entre dos vacíos pavorosos. En uno, los participantes de un reality show exhiben su tedio existencial. En el otro, ocho personajes despreciables afrontan con la frente en alto un proceso que evidentemente no comprenden.

Miran fijo, impertérritos, evidenciando no entender nada de nada; la incapacidad de darse cuenta que son vistos como monstruos, como personajes espantosos que irradian hasta convencimiento de que también sus padres deben ser seres insensibles y nulos; que manchan el deporte que practican y dejan a la vista que las autoridades y los entrenadores del club en el que juegan no están capacitados para desempeñar esas funciones.

Pareció corroborar tal incapacidad el fundador de la entidad deportiva al asegurar, con torrencial negligencia, que los que mataron un pibe a patadas en el suelo, sin que medie razón alguna, “no son asesinos” y que lo ocurrido “fue totalmente un accidente”.

Aun no está el veredicto de los jueces. Pero, sin dudarlo, los asesinos de Fernando Báez Sosa son peligrosos, incluso para el país que se asoma a sus miradas abismales, corriendo el riesgo sobre el que alertó Nietzsche.

* El autor es politólogo y periodista.

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